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CAMBIA LA TECNOLOGÍA: ¿CAMBIAMOS NOSOTROS?

CAMBIA LA TECNOLOGÍA: ¿CAMBIAMOS NOSOTROS?

Internet, como ninguna otra invención moderna, nos pone ante la terrible paradoja de nuestro tiempo: el desarrollo científico vuela, mientras la sociedad sigue viviendo su prehistoria humana. El gran reto de Internet no es tecnológico, sino político y filosófico. Una cuestión ética.

Lic. ROSA MIRIAM ELIZALDE,
Editora de Cubadebate.
Intervención en el Festival de la Prensa Escrita, 2002.

Internet despierta el estupor y la adoración, según la perspectiva desde la cual se mire, como lo hicieron en los sublimes años 60 la generación de Bob Dylan. «Acepto el caos, pero no estoy seguro de que el caos me acepte a mí», alerta una de sus canciones y esta frase, hija del asombro frente a un mundo que no se comprende —y que no nos comprende—, es una síntesis magnífica de la relación que se establece entre el ser humano y la red, la niña mimada de lo que se ha dado en llamar las nuevas tecnologías.
 
Demasiado se teoriza, sí, y hay quien se adelanta a la ciencia-ficción y nos dice que en cualquier momento la máquina nos apaga a nosotros, como ironiza Joseph Weizembaum, un sociólogo norteamericano experto en estas lides [1]. Alrededor de las nuevas tecnologías gravita una literatura de tipo milenarista que en lugar de brujas parlotea acerca de los chips, con la misma perspectiva cultural con la que hace 500 años se hablaba de hechicerías. Que tengamos en la boca permanentemente a Internet no significa que seamos modernos. Muchas veces, detrás de la manera en que se populariza esa herramienta todopoderosa en el ámbito de las comunicaciones y los negocios, lo que en realidad se está transmitiendo es un pensamiento conservador y refractario de esa nueva tecnología.
 
De hecho, la primera actitud de los profesionales de la prensa ante la digitalización —y no solo en Cuba— ha sido la de establecer una postura defensiva: tienen conciencia de una cierta marginación en un ámbito que, al principio, parecía exclusivo de especialistas de la computación y de adolescentes noctámbulos, sospechosos de ejercer la piratería informática. ¿Qué ha cambiado, en realidad? Mucho y nada.
 
Mucho, porque ha aparecido un canal que inaugura una modalidad comunicativa totalmente inédita: la interactividad. Se funden el  lector, el oyente, el televidente y, además, cada uno de ellos, en un mismo cuerpo, es también un ser «replicante». Es decir, la máquina permite que se complete todo el ciclo de la comunicación oral, escrita y visual a veces en fracciones de segundos. Por supuesto, se ha producido ante nuestras narices y en muy poco tiempo una verdadera revolución que amenaza con cambiar muchas cosas.

Pero poco ha cambiado, si lo miramos desde otro ámbito. Ernest Hemingway, por ejemplo, es un hombre de la Internet, a pesar de que murió en un año en que todavía nadie soñaba con ella. Cuando tiraba la máquina de escribir por la ventana del Toronto Star, porque un título se le resistía y vociferaba: «no quiero adjetivos, sino verbos; quiero hechos», nos estaba dictando la regla número uno del lenguaje en Internet, donde lo más importante no es la extensión, sino la profundidad, y donde el periodista tiene el mismo rol que en la era de Gütenberg: mediar entre el acontecimiento y otros seres humanos, entre la verdad y su espejo, entre la razón y la acción.
 
Lo que quiero decirles es, sencillamente, que estamos ante una disyuntiva similar a la que vivieron nuestros antepasados cuando apareció la rueda, la imprenta, la máquina de vapor o el avión... Estamos ante el dilema de la relación, a veces incestuosa, del hombre y la máquina, de quién domina a quién, pero sobre todo, ante el dilema de la creatividad y de la información.  ¿Para qué nos sirve? ¿Cómo la usamos? ¿Basta con tener una página en Internet? ¿Internet es solo Web? ¿Quién nos asegura que podamos tener un diálogo con otros? ¿Conocemos el universo de nuestros potenciales receptores? ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que significa la palabra red? ¿Son computadoras que se enlazan para felicidad de las arcas de la Microsoft, o son seres humanos que intentan darse la mano con otros, que buscan voces y experiencias humanas?
 
El ser humano es lo único que verdaderamente importa, e incluyo en esta consideración a los fabricantes del soporte tecnológico que miran el futuro al ritmo de sus ganancias. El ser humano importa, porque la Internet no es una cosa gigantesca y anárquica, como mucha gente imagina. No es un diálogo de algoritmos. Ni una mera base de datos de contenidos, por más extraordinaria que sea.

Internet son millones y millones de nichos verticales que se suman debajo de ese sombrero, y que pueden hablar entre sí, que dialogan cotidianamente, de manera individual o por grupos. Internet es la primera gran herramienta igualitarista que permite que una empresa grande (una multinacional) pueda parecer pequeña, en tanto que una minúscula semeja a un gigante, y que un medio local se convierte en global, y viceversa. La Internet hay que verla como lo que es: un canal para construir comunidades —de personas en torno a intereses— y de serles útiles; una herramienta que es fruto de un contexto competitivo y que en un 80 por ciento se dirige, no al corazón del ser humano, sino a su víscera más rentable: el bolsillo.
 
Por eso, este canal se transforma a una velocidad vertiginosa —cada 18 meses aparece un producto nuevo— y hace rato dejó de ser solo computadoras conectadas entre sí y mensajería electrónica, para instalarse en casi cualquier objeto que facilite el servicio a una comunidad: un teléfono celular, una terminal de aeropuerto, el quirófano de un hospital, un lapicero... Estamos a las puertas de una Internet sin cables ni fibras: todo a través de ondas hertzianas. Se estima que en el 2004 los usuarios en el mundo de la tecnología de datos inalámbrica sumen 13 000 millones, frente a los 170 millones que la utilizaban en el año 2000.  Pero «la forma de las cosas que vendrán» —parodiando el título de un libro de Eliseo Diego—, no es algo que se decide en un laboratorio, sino en la práctica de la comunicación. Lo deciden las personas. Lo decide el usuario. 

EL USUARIO

Empleo con total responsabilidad la palabra usuario —el sacrosanto target de los analistas de la red—, porque no se trata de un receptor cualquiera, sino de alguien que además de recibir un mensaje y replicarlo, lo usa. Las empresas del mundo digital saben muy bien que Internet, como medio de comunicación, no se guía por la lógica de la radiodifusión para las masas. En el mundo de la Net, los mismos usuarios pueden difundir y son ellos quienes estimulan la aparición de la información que quieren.

Por eso, las empresas de la economía y de la comunicación que han descubierto el gran filón de Internet, antes de gastar un centavo en tecnologías, contratan a expertos en marketing para que estudien el terreno: piensan todo el tiempo, obsesivamente, en la relación con los clientes, y solo se aventuran en productos y servicios que satisfagan necesidades del usuario de Internet, que no es cualquier usuario —el 61 por ciento cuenta con tarjetas de crédito.  El razonamiento es simple: quien puede pagar, manda.
 
Tras esta lógica aparece el concepto de «personalización de masas»: un público masivo, para un producto no masivo, sino personalizado. Esto es muy importante para nosotros, porque estamos habituados a hablarles a todos por igual, a multitudes, sin diferenciar el lenguaje para unos y otros. Ahora mismo está ocurriendo algo sin precedentes: las empresas del mundo digital abordan a las «masas», a la población, de un modo nuevo: se responde a las demandas de información específicas de cada usuario en particular. Es un modelo que tienden por definición a eliminar los referentes comunes, a individualizar, a dirigir el mensaje por perfiles: demográficos, profesionales, culturales, económicos.

Las empresas encaran a la Internet como si fuera clientocéntrica, como un mercado de mercados personales —el mercado de cada uno. Por supuesto, sacándole todo el partido posible a lo que ha sido la regla de oro de la publicidad: la síntesis gráfica. La razón es muy sencilla: en Internet el tiempo vale dinero. La gente mira —le bastan siete segundos—, y si lo que ve no es digno de atención, le quedan todavía 800 millones de páginas por explorar. ¿Adónde emigrará? Allí adonde sienta que le hablan mirándole directamente a los ojos.
 
Por eso, la frase más conocida en la red —atribuida a Picasso— es «Yo no busco, encuentro». El encuentro es, por así decirlo, anterior a la búsqueda: no hay más que conectarse a la Internet y cualquier «home» o portada que incorpore por defecto el navegador ya nos ofrece infinidad de «bits» de información que, muy posiblemente, no nos interesen en absoluto… ¿Qué decide? La creatividad, que en Internet supone un distanciamiento de la manera en que hasta ahora hemos concebido la comunicación. En vez de decirnos constantemente «tenemos una verdad que todo el mundo está esperando», respondámonos una pregunta muy sencilla: ¿qué podemos hacer para satisfacer una necesidad, para ofrecer una solución a un grupo concreto y para ayudar a reducir esa intoxicación por sobredosis de información que es el mayor enemigo del navegante de la red?
 
Visibilidad no es solo presencia en las arañas digitales de la Red, como a veces se piensa. Visibilidad es responder otra pregunta clave: ¿Por qué nos seleccionarían a nosotros entre 800 millones de páginas registradas en los buscadores? ¿Por qué nos leerían a nosotros entre seis billones de caracteres de texto? (Para tener una idea de lo que esta cifra significa, baste decir que la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, con sus 856 kilómetros de estanterías posee 20 billones de caracteres.)
 
El obstáculo técnico cada vez será menor, aunque en nuestra cotidianidad —muchas veces lidiando con la Robotron— esto nos parezca un delirio futurista. Buscar información, filtrarla, contrastarla, editarla y publicarla de acuerdo con su relevancia, oportunidad e interés, era hasta ayer una facultad única de nuestra profesión. Ya esto no permanece en el terreno exclusivo de los comunicadores. Cualquiera puede hacerlo y en la práctica cada día las herramientas se adaptan más y mejor a las exigencias de los usuarios de la Internet, cualesquiera que estos sean. Se pueden encontrar en la red espacios para que una persona diseñe sin costo alguno su página personal, hasta plataformas de Content Manager System (Manager de Administración Remota), a precios millonarios, que pueden personalizarse e incorporar todas las novedades de la red. Y que funcionan con la simplicidad y la eficacia de una diligente secretaria. [2]
 
Uno de los mayores atractivos de Internet es su capacidad para asimilar casi cualquier proyecto de comunicación y diálogo, y esto obliga a un permanente cambio, a la superación inmediata. La novedad cuenta. Las nuevas ideas deciden. Según un estudio reciente realizado por el Departamento de Investigación Económica de Estados Unidos, el ritmo de aparición de nuevas ideas en la Humanidad ha crecido de forma excepcional en los últimos cinco años. Hace 25 mil años, eran necesarias varias décadas para que surgiese y se aplicase una sola idea que fuese capaz de hacer progresar a la humanidad, mientras que en el siglo XIX, con el comienzo de la Revolución industrial, el progreso se aceleró notablemente hasta la media de 3 840 ideas innovadoras al año. La media de ideas en lo que va de siglo XXI fue de unas 110  000 al año, básicamente asociadas a las llamadas nuevas tecnologías.
 
Todo el mundo apuesta a que Internet ayude a incrementar estas estadísticas a un ritmo vertiginoso. El tiempo cuenta y el éxito aquí nunca llega tras la improvisación o el azar. La Red es lógica, método y esfuerzo, aunque desde afuera pueda parecernos anárquica y una invitación al caos cantado por Bob Dylan.  En el océano del mundo virtual, al anarquista nadie lo ve, como no se distingue una ola de otra en un mar encrespado. Prácticamente en todos los foros internacionales relacionados con la Red, se ratifica el concepto de que la comunicación es un hecho histórico y cultural, que puede ser construido. Si usted no lo intenta, no se preocupe: otros lo harán. Cada día se registran en Internet 10 000 nuevos sitios.
 
El caso Google es paradigmático, un clásico de la importancia de llevar a la práctica conceptos y no dejarse deslumbrar (o amilanar)  por la técnica. Dos estudiantes de la Universidad de Standford, Segey Brin (23 años) y Larry Page (24) crearon un sistema de búsqueda casi perfecto, después de estudiar las virtudes y los defectos de todos los buscadores que existían en la red en 1997. Le llamaron Google, por la palabra que en inglés significa «10 elevado a 100». La primera gran diferencia con respecto a los demás buscadores estaba en el diseño: una pequeña ventana, con una gran economía de recursos y ninguna publicidad. En poco menos de un año, el proyecto  terminó convertido en el buscador número uno de la red, con más de 25 000 000 de páginas registradas y ganancias millonarias. Detrás de Google solo hubo una máquina convencional y dos talentosos estudiantes. Hoy tiene una plantilla de ocho personas.
 
NADA HUMANO ME ES AJENO
 
La información solo nos hace más sabios y más sensatos si nos acerca a los humanos. Pero con la posibilidad de acceder a todos los documentos que necesitamos, aumenta el riesgo de la deshumanización. Y de la ignorancia. La clave de la cultura ya no reside en la experiencia y el saber, sino en la aptitud para buscar la información a través de los múltiples canales y yacimientos que ofrece Internet.
 
Se puede ignorar el mundo, no saber en qué universo social, económico y político se vive, y disponer de toda la información posible. La comunicación deja así de ser una forma de comunión. «¿Cómo no lamentar el fin de la comunicación real, directa, de persona a persona?» —se dolía José Saramago. Pronto sentiremos nostalgia de la antigua biblioteca; salir de casa, hacer el trayecto, entrar, saludar, sentarse, pedir un libro, tenerlo entre las manos, sentir el trabajo del impresor, del encuadernador, percibir las huellas de los lectores precedentes, sus manos, palpar los signos de una humanidad que ha paseado su vida por ellas, de generación en generación.» [3] Y en otro memorable ensayo advertía: «No nos olvidemos nunca los escritores —y los periodistas, claro—que sobre el papel en blanco se puede hasta llorar. Pero nunca sobre la pantalla de una computadora.»
 
Internet, como ninguna otra invención moderna, nos pone ante la terrible paradoja de nuestros tiempos: el desarrollo científico vuela, mientras la sociedad sigue viviendo su prehistoria humana. El gran reto de Internet no es tecnológico, sino político y filosófico. Una cuestión ética.
 
Siempre habrá fanáticos del entusiasmo que nos dirán que alcanzamos la ribera de la comunicación total. Mentira. Solo el 10 por ciento de los pobladores del planeta tiene acceso a la computadora [4]. Siempre habrá apocalípticos, pesimistas profesionales, que mirarán la Internet como un engendro diabólico. Démosle su justo lugar a la Red: No es ni una cosa ni la otra. Eso sí, Internet es una esperanza. Internet es en estos momentos la vía más expedita para entablar puentes con las redes sociales que han tejido su propio entramado en la telaraña electrónica, y para catapultar nuestra verdad por encima de los muros de silencio que ha impuesto el pensamiento imperial a todo aquello que se le resista.
 
Y esto es posible, además, por otro elemento del cual no hemos hablado: en la Red no cabe la censura. Se puede vigilar, pero no se puede impedir que alguien navegue por donde quiera en Internet desde un país cualquiera y mande mensajes electrónicos o los deje en páginas Web. No hay manera de impedir que se publique lo que quiera por Internet, salvo que se corten todas las comunicaciones con el exterior. Pero, incluso si se recurre a una medida tan drástica, sería insuficiente con la telefonía móvil, que permite la navegación desde los celulares con una tecnología, la WAP, que se ha desarrollado en muy poco tiempo a un ritmo mucho más acelerado que el llamado protocolo IP (la forma de comunicación básica de la red).
 
Finalmente, aparece Cuba en el horizonte de la posibilidad de una Internet  solidaria.  Su proyecto tiene mucho más que aportarle a la Red, que lo que nosotros mismos hemos sabido ofrecerle. Quiero repetir algo que ya dije en este mismo lugar, cuando inauguramos el sitio Antiterroristas.cu: contrariamente a lo que afirman los ingenuos (todos lo somos alguna vez), no basta decir la verdad. La verdad sirve muy poco en el trato con las personas si no es verosímil, y tal vez debiera ser esa su cualidad principal. La verdad es apenas la mitad del camino, la otra mitad es la credibilidad.  En el caso de Internet, donde las reglas para la comunicación no difieren esencialmente de los medios tradicionales, la credibilidad pasa por la aplicación de esas normas en el contexto de la interactividad. Hay que tener muy claro que se puede estar en la Red y existir solo para quienes diseñan y administran la página Web.
 
Antiterroristas.cu y el periódico Vanguardia, de Villa Clara, con su manager de administración creado por estudiantes de la Universidad de Las Villas, prueban que este país puede dialogar, tecnológicamente hablando, con lo más avanzado que se produce hoy para navegar cómodamente en Internet. El Quipus News de los Chasqui es un trasatlántico, un insumergible, y hay talento suficiente en nuestras universidades para hacernos de una flota poderosa y resistente, tan buena o mejor que la que cualquier transnacional pueda proponernos. Conviviendo con la edad de piedra de la comunicación, el futuro de Internet, desde el punto de vista técnico, ya está entre nosotros. El reto sigue siendo el mismo que con la máquina de escribir y la pluma de ganso: comunicar.
 
No es el trasatlántico lo que hace falta, son los navegantes. El desafío está en la marinería y en los timoneles de los barcos. El desafío está en conocer el mar y adivinar sus tormentas, en comunicarnos con esa Torre de Babel que es el mundo y descubrir y enlazar nuevas islas, en rescatar al náufrago y mover, si es preciso, nuestra propia tierra para hacerla navegar mar adentro. El desafío somos nosotros.
 
Citas:

1. Joseph Weizembaum en «Usos y Abusos de la Internet».

2. El problema fundamental no es ni será el acceso a la tecnología digital. Para que se tenga una idea de cómo van las cosas, un estudio de la Universidad de Stanford da cuenta que para llegar a los 50 millones de usuarios, la radio demoró 38 años; la televisión, 14, e Internet, solo 4 años.

3. José Saramago: ¿Para qué sirve la comunicación?

4. DATOS ESTADÍSTICOS DE USUARIOS DE INTERNET EN EL MUNDO:

--Población Mundial: 6 267 262 700

--Usuarios Internet (Dic/2000): 360 942 100

--Usuarios de Internet (15 de julio del 2002): 590 103 094

--Crecimiento de Dic/2000 a Jul/2002: 63.5 %

--Los usuarios pasan un promedio de 10.4 horas en línea semanalmente

--El 76 por ciento accede a Internet desde su casa

--El 13 por ciento se conecta con dispositivos inalámbricos

--La edad promedio del usuario es de 27 años

--El 67 por ciento tiene entre 18 y 34 años, y son mayoritariamente estudiantes y profesionales

--El 78 por ciento pertenece al género masculino

--El 61 por ciento dispone de tarjetas de crédito


 

PROYECCIÓN DE LA IMAGEN CORPORATIVA DE LA UNIVERSIDAD BOLIVARIANA DE VENEZUELA, SEDE FALCÓN

PROYECCIÓN DE LA IMAGEN CORPORATIVA DE LA UNIVERSIDAD BOLIVARIANA DE VENEZUELA, SEDE FALCÓN

Lic. JAIRO ALBERTO CORONEL MORILLO,
Universidad Bolivariana de Venezuela,
sede Falcón.

En los últimos 10 años un gran número de personas se han sentido motivadas a cursar estudios superiores en las diferentes casas de estudios del país y como es bien sabido, la república Bolivariana de Venezuela ha estado viviendo innumerables transformaciones en el aspecto político, económico, social, cultural y educativo.

Dichas transformaciones han permitido que los venezolanos adquieran un sentido de pertenencia nacional; por tal motivo nace la Universidad Bolivariana de Venezuela, la cual es un proyecto enmarcado en atender la matricula estudiantil flotante y futuros egresados de las instituciones de educación diversificada existente en el país.

En tal sentido, la misma necesita contar con una imagen corporativa que le permita promocionarse y proyectar su imagen a los públicos objetivos, comenzando por los internos que son los que le dan vida, y continuando por todas las personas interesadas en ingresar a la universidad tanto estudiantes como docentes que pueden prestar sus servicios a la misma.

Es por ello que la imagen corporativa o institucional es uno de los elementos de relevancia estratégica que le permiten crecer a las diferentes organizaciones públicas y privadas; por tal motivo, la Universidad Bolivariana a sus años de vigencia, prestando sus servicios a la comunidad, le resulta preocupante conocer cómo son percibidas sus actividades, mensajes sociales, proyectos comunitarios y trabajos sociales, entre otros, ya que por ser un proyecto socialista, ha sido punto de criticas por ciertos sectores que no conocen la filosofía institucional de la universidad, ni el documento rector que va acorde con el socialismo del siglo XXI.

En cuanto a la importancia social y comunitaria, esta investigación pretende proporcionar estrategias que permitan proyectar una imagen corporativa a través de la radio, prensa y televisión con el fin de trasformar e impulsar las fortalezas de la institución tanto para su público interno (estudiantes regulares, docentes, personal administrativo y obrero) como para el publico externo (bachilleres, profesionales, instituciones) ya que dentro del ciclo evolutivo de la universidad se encuentra la necesidad de ser aceptada como una institución prestigiosa y con egresados de alta calidad dispuestos a enfrentar los retos que el país presenta a diario.

Es importante destacar que a juicio de Costa J. (2006), la imagen corporativa, “es la imagen que tienen todos los públicos de la organización en cuanto entidad, es la idea global que tienen sobre sus productos, sus actividades y su conducta”. Es lo que Sartori (2005) la define “como la imagen comprensiva de un sujeto socioeconómico público”.

En este sentido y tomando en cuenta las definiciones anteriores, la imagen corporativa es la imagen que se le debe dar a la organización que busca presentarse no como un sujeto económico, sino mas bien, como un sujeto integrante de la sociedad, así mismo es importante señalar que para la creación de una imagen corporativa se debe tomar en cuenta la identidad corporativa que tienen los públicos internos, su estructura mental de la institución, idea de recepción, comunicación y realidad.

En la Universidad Bolivariana, la imagen no debe pensarse como una máscara externa que puede adaptarse convenientemente a las situaciones de la institución, por el contrario, la imagen debe ser una prolongación o proyección de la estructura y comportamiento de la institución, para lo cual su público interno es el primer encargado de revelar esa imagen y darla a conocer, por medio de comportamientos, y actividades relacionadas a la misma, que le permita a la comunidad conocer las bondades y virtudes de la universidad.

Desde esta perspectiva hay que tomar en cuenta que la identidad corporativa, se define como la personalidad construida por los entes internos de la institución, esta no viene inerte en la creación de la misma, sino que es el resultado de un esfuerzo consistente por descubrir las fortalezas, debilidades y potencialidades mediante operaciones de auto evaluación y definición de la singularidad empresarial. Al conocerse, entonces, el clima organizacional y a partir de allí concluir sobre las fortalezas y debilidades en la cultura, es la forma más eficaz de conocer y afectar positivamente la identidad de una empresa (Pizzolante, 1999).

En tal sentido, para crear una imagen corporativa acorde con la realidad y con el socialismo del siglo XXI, en la Universidad Bolivariana hay que tomar en cuenta sus públicos internos, como principales autores y encargados de divulgar las fortalezas de la institución, lo cual de acuerdo con la observación directa se puede decir que su fin institucional y socialista para la que fue creada no es conocido en su totalidad por sus empleados y estudiantes, ya que muchos no entiende su filosofía y documento rector, siendo esto perjudicial para el crecimiento y avance de la institución

Dentro del marco de la creación de estrategias de la imagen corporativa para la Universidad Bolivariana, hay que tomar en cuenta la planificación estratégica de la misma, por lo cual se debe reconocer la creciente importancia de la imagen corporativa en el éxito de la institución, haciéndose indispensable realizar una actuación planificada y coordinada con los medios comunicacionales inmediatos, para lograr que los públicos tengan una imagen corporativa que sea acorde a los intereses y deseos de la entidad y que facilite y posibilite el logro de sus objetivos, proporcionando una base sólida y clara, permitiendo una acción eficiente.

De acuerdo a Coste J. (2006), la “planificación estratégica de una imagen corporativa, parte de la relación que se establece entre los tres elementos básicos sobre los que se construye la estrategia de imagen.

- La organización: que es el sujeto que define la estrategia, quien realizará y planificará toda la actividad dirigida a crear una determinada imagen en función de su identidad como organización.

- Los públicos de la organización: que son los que formaran la imagen corporativa y, por tanto, hacia quienes irán dirigidos todos los esfuerzos de acción y comunicación para lograr que tengan una buena imagen.

- La competencia: que será la referencia comparativa tanto para la organización como para los públicos, ya que dichas organizaciones también harán esfuerzos para llegar a los públicos, y en muchos casos pueden ser contradictorios con los realizados por nuestra propia organización”.

De acuerdo al autor, la realización de las estrategias está fundamentada en las tres vertientes nombradas anteriormente a la cual se sumaria la filosofía socialista que es el principal motor de la universidad, partiendo de que la solidaridad, producción social, generosidad, colectivismo, emancipación, criticidad en la diversidad, trabajo como praxis de construcción y potenciación integral humana, equidad, integración, amor, autodeterminación, democracia participativa, multidimensionalidad y pensamiento crítico, hegemonía del poder popular emancipador, sujeto político e inclusión, son los principales ejes que maneja el plan de inserción laboral para los egresados de la Misión Sucre y Universidad Bolivariana de Venezuela.

De igual forma, el socialismo bolivariano se fundamenta en el pensamiento de Ezequiel Zamora, Simón Rodríguez y Simón Bolívar, es decir, el árbol de las tres raíces, por consiguiente, el proyecto socialista bolivariano estipula un nuevo tipo de educación basado en el tercer motor de la revolución "Moral y Luces", para iniciar un proceso de "desaprender valores capitalistas y aprender valores sociales con una conciencia transformadora de la realidad."

El proyecto socialista bolivariano tiene sus raíces en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en su artículo No.1 establece la consolidación de: "valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político...”.

Es por ello que la Universidad Bolivariana basa su funcionamiento a una ideología netamente socialista, por lo cual el personal que en ella labora y que estudia, deben ser ciudadanos íntegros, con visión de cambio a las nuevas tendencias sociales que se quieren para el país, las cuales permitirán el desarrollo endógeno de la nación.

Con el propósito de reimpulsar y fortalecer estas nuevas tendencias, surge de carácter importante y pertinente, implementar estrategias que permitan la identificación y a la vez el sentido de pertenecía entre los públicos internos (profesores, obreros, administrativos y estudiantes) que conforman la Universidad Bolivariana de Venezuela sede Falcón, los cuales constituyen la imagen que proyecta a los públicos externos (colectividad en general) el concepto y buen funcionamiento que actualmente tiene esta joven institución en la palestra de la educación superior en Venezuela; lo que nos hace inferir como lo dice Costa J. (2006), el cual cita a Marion cuando dice que la imagen es "la construcción forjada por un grupo de individuos, los cuales comparten un proceso común de representación." Partiendo de los criterios y puntos semejantes que puedan manejar estos públicos internos, se podría lograr una mejor proyección y posicionamiento de la institución en la sociedad.

Considerando la necesidad de impulsar esta casa de los saberes, y tomando en cuenta los recursos comunicacionales y de organización que se tienen en la misma, una de las actividades dentro de la estrategia comunicacional que se pudiesen activar a corto plazo para la construcción de un discurso basado en las líneas ideológicas, organizacionales, y de buena planificación, son un seriados de micros televisivos que a través del departamento de prensa, se pueden producir para instruir, orientar y a su vez proyectar la imagen corporativa de la institución, lo cual permitiría también reactivar de manera inmediata dicho departamento que actualmente no está en su completo funcionamiento.

De igual forma, con sentido de involucrar y motivar al personal que allí labora, se estaría considerado la participación directa de estos públicos internos en la realización de dichos micros, mediante el desarrollo de las etapas de producción (realización de guiones, grabaciones y ediciones), protagonismo de micros (actuación de personajes) y cualquier otra actividad necesaria para la realización final del seriado.

La proyección de estos micros televisivos se estaría realizando a través del departamento de prensa que en la actualidad cuenta con un circuito cerrado para difundir cualquier información de carácter institucional.

Por otra parte, dentro de la misma estrategia que pudieran fortalecer la imagen y a la vez el sentido de identidad en los públicos internos de esta casa de estudios sería a través de un periódico, donde con el apoyo de profesores del programa de formación de grado de Comunicación Social y público interno en general, estaría realizando y difundiendo mensualmente informaciones de carácter institucional donde también se presentaría documentos que hablen de las bases, líneas, visión, mecanismos de cambio, propuestas de reflexión, recomendaciones para el triunfo y la mejora, en fin, documentos que a través de los géneros periodísticos (entrevista, noticia, reportaje, artículo de opinión, encuesta, crónica) puedan fortalecer y reimpulsar la Universidad Bolivariana de Venezuela sede Falcón.

En unión con el departamento de relaciones interinstitucionales se estarían realizando permanentemente conferencias, campañas publicitarias, foros, reuniones bilaterales para fortalecer aún más los vínculos con las diferentes instituciones, logrando con esto una mayor solidez y respaldo con otros organismos del estado Falcón.

A mediano plazo, se pretende realizar en conjunto con el programa de formación de grado de Informática para el desarrollo local, una innovadora página web, donde los públicos internos y externos tendrán acceso a información y a su vez participar con sugerencias y comentarios en las diferentes actividades a seguir en la Universidad.

De igual forma, a través de esta actividad comunicacional, el público interno que conforma esta casa de estudios, podrá verse reflejada y a la vez proyectada mediante espacios fotográficos de las diferentes actividades y trabajos de importancia donde son partícipes en su día a día, esto con el fin motivacional y resaltar las funciones que tienen dentro del organismo.

A lo largo y con el fin de proyectar la imagen corporativa de la Universidad Bolivariana de Venezuela, con la construcción y acabado de la nueva sede de esta universidad, y considerando que dentro del proyecto está la existencia de una emisora de radio, resulta pertinente destinar los espacios de este medio para difundir información que venga en pro de dar a conocer aún más esta institución.

Con programas en vivos y seriados de micros radiales, se pretende generar un impacto motivacional, de identidad, pertenencia, en los públicos internos y externos que conforman esta máxima casa de estudios. Considerando la comunicación alternativa comunitaria en el nuevo concepto de comunicación, se busca vincular a la comunidad entera en este tipo de proyectos para fortalecer y resaltar el protagonismo que tienen los públicos o sociedad en general en los medios de comunicación.

Bibliografía:

Ethos de la Revolución Bolivariana.

Capitalismo neoliberal vs Socialismo Humanista y poder popular del siglo XXI.

Gobierno Bolivariano de Venezuela.

Guía practica del plan de inserción laboral de los egresados del PNFE de la misión sucre. Pág. 17.

Costa J. (2006). Imagen Corporativa.

LA OBJETIVIDAD PERIODÍSTICA: ENTRE EL MITO Y LA UTOPÍA

LA OBJETIVIDAD PERIODÍSTICA: ENTRE EL MITO Y LA UTOPÍA

Dr. FRANK GONZÁLEZ GARCÍA,
Decano de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En 1921, el entonces editor del diario británico The Manchester Guardian, Charles Prestwich Scott, escribió: “El comentario es libre, pero los hechos son sagrados”1. Casi un siglo después, The Guardian destaca la vigencia de tal afirmación al señalar que “ha perdurado como la máxima expresión  de valores para una prensa libre y continúa sustentando las tradiciones del periódico Guardian hoy”2.

La frase de Scott reflejó -como ninguna otra en su tiempo- la creencia en la objetividad periodística proclamada por  la prensa liberal burguesa a partir de finales del siglo XIX  como mecanismo de autolegitimación, hasta convertirlo posteriormente en paradigma y principio ético del periodismo.

En 1960, el fundador y primer director de Prensa Latina, Jorge Ricardo Masetti, se refirió a la objetividad periodística desde un ángulo  diferente al de Scott y The Guardian cuando afirmó: “Nosotros somos objetivos pero no imparciales. Consideramos que es una cobardía ser imparcial, porque no se puede ser imparcial entre el bien y el mal. Nos llaman agitadores, pero eso no nos asusta…” (MASETTI: 2006, 238).

Tanto Scott como Masetti creían en la objetividad, pero desde posiciones muy distintas; y no podía ser de otra manera si se considera la actuación de los medios como un proceso de construcción social de la realidad, enmarcado en una pugna permanente por el poder. Mientras para el primero la objetividad significaba reflejar los hechos desde una óptica de aparente neutralidad, para el segundo el ejercicio del periodismo implicaba una toma de posición.

Esta negación de la imparcialidad no significa –como señala Víctor Ego Ducrot- la aceptación de una parte en detrimento del todo, sino la  “asunción de una posición propia del periodista y/o del medio ante el complejo y multifacético entramado de hechos sobre los que trabaja la práctica periodística”. (DUCROT: 2004b)

El paradigma de la objetividad periodística está asociado a los procesos que contribuyeron a la consolidación de la burguesía como clase hegemónica a partir de mediados del siglo XIX; entre ellos el auge de la prensa de masas, el establecimiento de la empresa periodística moderna, con la noticia como mercancía, y el progresivo ascenso del periodismo informativo en contraposición al ideológico o de opinión, prevaleciente hasta entonces.

La objetividad periodística se convirtió en un mito que caló profundamente en la comunicación de masas y sirvió de fundamento a la supuesta imparcialidad y universalidad del discurso mediático.

 La objetividad periodística ha sido abordada desde dos ángulos: el epistemológico, según el cual el periodista debe y puede limitarse a reflejar fielmente los hechos sin interferencias subjetivas; y el ético, interpretada como un ideal imposible o muy difícil de alcanzar, pero por el cual vale la pena luchar dada su función reguladora de la actividad periodística.

El debate en torno al enfoque epistemológico llegó al punto de saturación hace varias décadas, debido a la inconsistencia demostrada por el concepto original de objetividad periodística, tanto en el ámbito académico como en el profesional. Sin embargo, muchos periodistas y medios siguen creyendo en ella y en su correlato la imparcialidad como fundamentos de la profesión, ya sea por convicción o por conveniencia.

La inconsistencia conceptual y práctica de la objetividad periodística, basada en la presunta independencia entre el sujeto y el objeto, ha sido demostrada desde las ciencias sociales, “pues cada observador aprehende la realidad desde determinadas estructuras cognitivas y desde una determinada visión del mundo que fraguada individual y socialmente le acompañan[…] De forma más clara: un sujeto sólo puede observar el mundo subjetivamente y es inútil pedirle que se comporte objetivamente, tal si fuera un objeto…” (RODRIGUEZ: 1998).

En el plano ético, la objetividad  no demanda del periodista seguir siendo un espejo al borde del camino, sino honestidad y responsabilidad social en la búsqueda de la verdad como ideal supremo.

La influencia del positivismo

La objetividad periodística es deudora del positivismo decimonónico y su obsesión por someter el estudio de los fenómenos sociales a métodos de verificación científica como única validación posible. Desconocía la bipolaridad sujeto-objeto en el acto de conocimiento y sólo reconocía la validez de éste si provenía de la observación imparcial de los hechos, a fin de evitar la contaminación de los juicios fácticos, reales y objetivos, con los de valor, espirituales y subjetivos en “una derivación reduccionista del concepto de verdad, que acaba por deformarlo” (MUÑOZ-TORRES: 2002).

A la participación activa del sujeto en la aprehensión de la realidad se refirió Marx en 1845 cuando escribió que “el defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo…” (MARX: 1973). Es decir, el individuo es un ser social que no sólo capta, sino también construye la realidad en su actividad práctica mediante relaciones dialécticas permanentes tanto objetuales como intersubjetivas, y no puede ser de otra forma pues “…la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales” (MARX: 1973).

La concepción marxista sobre la relación sujeto-objeto se enlaza con su interpretación materialista de la historia –en la cual la producción ocupa un lugar central- y con su aplicación de la categoría de totalidad al estudio de  la sociedad. La sociedad, para Marx, es un todo estructurado y dialéctico a partir del cual pueden y deben ser comprendidos y explicados los fenómenos sociales, no como hechos aislados, fragmentados y estáticos, sino como partes estructurales del todo.

Al referirse a la presencia de una producción predominante en todas las formaciones sociales, que le asigna a las demás su rango e importancia,  Marx recurre a su concepción de totalidad para señalar que en ese proceso se obtiene “una iluminación general que baña todos los colores y modifica su totalidad particular; dicho de otro modo: un éter especial determina el peso específico de cada una de las formas de existencia” (MARX: 1970, 48).

El conflicto planteado por el positivismo entre la objetividad y la subjetividad tenía como aspecto central el antagonismo entre lo verdadero y lo falso, entre lo útil y lo inservible.

Orden y progreso fueron los fundamentos del conocimiento enarbolados por el positivismo para recomponer la sociedad posrevolucionaria y asegurar el desarrollo ilimitado y sin tropiezos del capitalismo, asentado en el predominio de la ciencia y en el auge de la industria (MATTELART: 2000, 127).

El control sobre las Ciencias Sociales se convirtió en una prioridad para la burguesía con vistas a consolidar su hegemonía sobre toda la sociedad, después del dominio alcanzado sobre las Ciencias Naturales.

El positivismo surgió en el siglo XIX en Francia, desde donde se expandió al resto de Europa hasta convertirse en paradigma epistemológico de la sociedad industrial moderna. Su máximo exponente, y a quien debe su nombre, fue Augusto Comte (1798-1857).

La pretendida independencia entre la realidad y la percepción humana como recurso metodológico, ganó rápidamente adeptos en todos los campos del saber, dado el prestigio alcanzado por la aplicación del método científico experimental en las ciencias naturales, cuyo vertiginoso desarrollo había sido un factor determinante en el descrédito y repliegue definitivo del pensamiento metafísico del Ancien Régime. “Conocer científicamente se convierte en el paradigma del verdadero conocimiento y, por consiguiente, los principios filosóficos verificacionistas del positivismo se van aceptando socialmente, sin que sean sometidos a discusión crítica, como si se trataran de evidencias incontestables” (MUÑOZ-TORRES: 2002).

Atrás quedaba la interpretación de la realidad a través de  la religión y la tradición “en la que primaba un orden que intentaba legitimarse pretendiendo un carácter de objetividad, previa al propio individuo. El liberalismo tenía que provocar un giro en la representación ideal de lo social, que consistía en llegar a pensar todo el problema de la existencia social a partir del individuo. Lo colocó como un a priori respecto a la sociedad, sujeto de la representación y del orden, productor del saber y del sistema político-jurídico que regirá su vida en sociedad” (ACANDA: 2000, 101-102).

El proyecto político-social del liberalismo buscó su legitimación en nuevos presupuestos epistemológicos, el primero de los cuales fue “la comprensión del objeto no como expresión o coagulación de un sistema de relaciones sociales, sino como cosa, algo independiente con respecto al sujeto y contrapuesta a éste” (ACANDA: 2002, 103).

Al decir de Alain Touraine, “cuanto más entramos en la modernidad, más se separan el sujeto y los objetos, que en las visiones premodernas estaban confundidos” (TOURAINE: 2006, 204-205).

La despersonalización del poder

Al considerar al individuo como principio y fin de todas las cosas el liberalismo logró la despersonalización del poder, premisa indispensable para su legitimación, mediante la cual se logró establecer “una visión del Estado y el poder que los presenta como desvinculados de todo nexo concreto, con intereses o grupos específicos, como máquina cuyo solo propósito es la conservación del orden…” (ACANDA: 2002, 102).

Partiendo de la concepción  del poder despersonalizado y de las reglas de la objetividad periodística, los medios construyeron su imagen de independencia  y neutralidad respecto a grupos y tendencias de diversa índole. Sobre esa imagen bondadosa y de servicio público se erigieron otros mitos de la prensa liberal burguesa, entre ellos el de simple ente mediador y regulador de la sociedad.

Con Víctor Ego Ducrot, considero que tras la pretendida universalidad del discurso mediático liberal se oculta su intencionalidad como disciplinador social y herramienta de construcción y conservación del poder (DUCROT: 2004a).

Por su parte, Manuel Vázquez Montalbán es categórico al afirmar que “en el momento en que la prensa se convierte en un fenómeno de masas se establece ya su carácter de aparato ideológico al servicio de las clases dominantes” (VAZQUEZ: 2005, 88).

El largo siglo XIX

Hasta bien entrado el largo siglo XIX, el de la modernidad triunfante (TOURAINE: 2006, 102), la prensa conservaba el discurso doctrinario, moralizador y proselitista propio del periodismo de opinión de aquella época.

Sucesivos acontecimientos relacionados con la política, la economía y la tecnología crearon las condiciones para el progresivo desarrollo de los medios y su transformación en organizaciones industriales complejas y dinámicas movidas por el afán de lucro, con inusitada influencia en la sociedad. Esta evolución, acelerada en la segunda mitad del siglo XIX, fue resultado de la conjunción de tres factores: la consolidación del proyecto político-social liberal, la vigorosa expansión del capitalismo y la revolución científico-técnica.

Una vez liquidado el régimen feudal, el liberalismo perdió el fulgor de la etapa revolucionaria y se convirtió en una fuerza conservadora, cuya preocupación fundamental era garantizar la producción y reproducción del capitalismo como sistema y la consolidación de la hegemonía de la burguesía. El desarrollo, la profesionalización y la institucionalización de los medios, y el periodismo, fueron aspectos centrales de la estrategia liberal.

La publicidad y la creciente demanda de información por parte de un público urbano ávido de noticias para satisfacer necesidades relacionadas con la política, los negocios y el entretenimiento, devinieron las principales fuentes de ingresos de publicaciones periódicas enfrascadas en una feroz competencia. Fue así como los medios lograron una relativa autonomía respecto a sus mentores del pasado y se integraron, por derecho propio, a las clases y grupos dominantes de la sociedad.

A partir de la década de 1880 se produce “un salto a la ‘fase superior’ del capitalismo informativo” (ALVAREZ: 2005, 31) con la irrupción en el mercado de medios cuantitativa y cualitativamente superiores a los anteriores. Aumentan las tiradas, disminuyen los costos de producción y se introducen innovaciones de forma y contenido que hacen más atractivo el producto. La nueva forma de hacer periodismo, le permitió a los medios, y a los periodistas ganar en credibilidad al presentarse ante sus audiencias como independientes y objetivos. A esas ansias de respetabilidad, y  de ser la voz de la opinión pública, atribuye Rodrigo Fidel Rodríguez Borges (1998) un papel catalizador en la cimentación del mito de la objetividad periodística.

“Los periodistas ascienden a honrados cronistas que cuentan lo que pasa. Son testigos objetivos de una realidad que trasladan a sus lectores, son –nada más, pero tampoco nada menos – espejos al borde del camino” (RODRIGUEZ: 1998).

Un aspecto importante en esta etapa es la transformación de la comunicación de masas en un sistema organizado según las normas de cada estado nacional, limitado entonces a la letra impresa, aunque sometido a constantes modificaciones y momentos posteriores de ruptura, ante el empuje de nuevos medios.

Se trata de un sistema heterogéneo en el cual la tecnología determina la forma de producción, circulación y consumo de información en cada medio, aunque al mismo tiempo es “un sistema bastante homogéneo que viene a cumplir las mismas funciones sociales” (RODRIGO: 2005, 61-62).

Aunque el sistema se adecuó a las peculiaridades de cada país, su diseño general siguió los postulados del modelo liberal sustentado en la libertad de expresión individual y colectiva; el respeto a la gestión empresarial y a la libre circulación de información, según las reglas de la oferta y la demanda; y la posibilidad de la intervención estatal, “de modo que siguiendo caminos indirectos, sin afectar la letra de las leyes ni el espíritu liberal, los gobernantes fueron capaces, con esa fórmula, de mantener un intervencionismo y un control a veces férreo sobre la información y los periódicos” (ALVAREZ: 2005, 32).

El nuevo escenario propició el florecimiento del periodismo informativo a ambos lados del Atlántico, con mucha más fuerza en Estados Unidos que en Europa. Sucesivos avances tecnológicos relacionados con las comunicaciones en general y con la prensa en particular, como el telégrafo, el teléfono, la fotografía, la radio, el gramófono, el cinematógrafo, el linotipo, la rotativa y la aparición de nuevos medios como las agencias de noticias, propiciaron el afianzamiento del periodismo informativo y su paradigma: la objetividad.

Las agencias de noticias

Uno de los momentos más importantes en el desarrollo y consolidación del periodismo objetivista fue el surgimiento de las agencias de noticias en Europa y Estados Unidos, a mediados del siglo XIX.

La francesa Havas (1835), la estadunidense Associated Press (1848), la alemana Wolff (1849) y la británica Reuter (1851) fueron las pioneras de un sistema informativo internacional incorporado al proceso de globalización de las relaciones capitalistas de producción y su visión del mundo, sin descuidar la defensa de los intereses específicos de sus países de origen.

Las agencias de noticias fueron las primeras organizaciones mediáticas de alcance mundial y estuvieron, además, entre las primeras organizaciones globales productoras y distribuidoras de “conciencia”, mediante la mercantilización de la información, con implicaciones significativas para nuestra comprensión y reconocimiento del tiempo y el espacio. (BOYD-BARRET: 1998).

Los relatos generalmente breves, sin opiniones ni adjetivos, redactados de forma impersonal, con lenguaje llano, directo y preciso, formaron parte del estilo asumido por las agencias para que sus productos y servicios informativos pudieran ser utilizados por medios y otros abonados de los más variados formatos, tendencias y líneas editoriales. Ese modelo discursivo, que en líneas generales aún perdura, ha sido, en gran medida, el principal argumento de las agencias de noticias a favor de la pretendida objetividad e imparcialidad de sus relatos.

La búsqueda de la verdad

Tanto en el plano epistemológico como en el ético, la objetividad periodística ha estado asociada a la búsqueda de la verdad, en un intento por saciar “el anhelo de certeza que caracteriza al ser humano”, al extremo de que hemos llegado a entender por objetivo lo verdadero, lo incuestionable, lo que puede ser conocido al margen del sujeto (MUÑOZ-TORRES: 2002).

En su afán por convencer a los receptores de la autenticidad de los relatos, los periodistas recurren a  marcas de veracidad. La referencia entrecomillada a declaraciones de testigos y protagonistas de los hechos, a fechas, horas, fuentes, cifras y detalles sobre su presencia en el lugar forma parte del arsenal persuasivo del periodista, acompañado por un lenguaje preciso, sin adjetivos ni adverbios innecesarios.

Gay Tuchman, por su parte, denomina ritual estratégico la manera en que los periodistas se apoyan en el concepto de objetividad para protegerse de presiones, críticas o reclamaciones, al tiempo que identifica “tres factores que ayudan a un periodista a definir un ‘hecho objetivo’: forma, contenido y relaciones interorganizativas” (TUCHMAN: 1972).

La moral, la ética y la deontología

El establecimiento de mecanismos de regulación y autorregulación sobre la actividad periodística es una práctica cada vez más extendida en todo el mundo, ya sea mediante disposiciones jurídico-legales o a través de códigos deontológicos, generalmente aceptados como el compendio de  principios que deben caracterizar el ejercicio de la profesión. Estas normas responden a contextos sociales y culturales específicos, en los cuales juegan un papel fundamental el sistema social imperante en cada país.

La moral es un constructo histórico concreto, sobre la cual surgen y evolucionan los principios y normas que reflejan las necesidades, intereses y valores de los seres humanos en su devenir social. La ética es la rama de la filosofía dedicada al estudio “del origen, estructura, esencia y regularidades del desarrollo histórico de la moral” (LOPEZ BOMBINO: 2004, 88) en tanto la deontología o código de ética profesional es “el conjunto de principios, normas y exigencias morales adoptado en un medio profesional determinado” (LOPEZ BOMBINO: 2004, 94).

Para entender la capacidad reguladora y autorreguladora de la moral es necesario tener en cuenta sus tres componentes: el cognoscitivo, el afectivo y el conductual (GARCIA LUIS: 2005, 51). En el plano cognoscitivo, la moral le aporta al individuo una visión del mundo; en el afectivo está presente en sus sentimientos y emociones, y en el conductual le sirve de orientación y pauta en su comportamiento.

En un plano más general, la moral individual se integra a sistemas de valores adoptados de manera voluntaria y consciente por grupos sociales de diferente naturaleza, desde el nivel familiar hasta el universal, lo cual no anula la responsabilidad individual en el acto moral.

Algunos de esos sistemas de valores sobreviven, de alguna manera, al momento histórico en que surgieron, en una relación dialéctica con la época actual, lo cual explica la existencia de valores morales universales pues el hombre es  “una especie única que ha vivido una historia única” (GARCIA LUIS: 2005, 55).

Al periodismo le ha tocado vivir también su historia hasta convertirse en la fuente principal de información a partir de la cual los seres humanos construyen sus representaciones de la realidad, en medio de tensiones y conflictos de creciente complejidad.

En esas circunstancias, la responsabilidad individual sobre el acto moral adquiere una importancia mucho mayor en la búsqueda de la verdad como  valor supremo en nuestra profesión.

Ahora bien, si después de tanta polémica ha sido necesario considerar la “objetividad periodística” como un desiderátum ético para preservar de alguna manera su vigencia, algo similar parece suceder con la noción de verdad. Tal vez por eso cada día es más frecuente el uso de su correlato, veracidad, aunque en los códigos deontológicos de diferentes países se empleen indistintamente los términos “objetividad”, “verdad”, “verdad objetiva” y “veracidad”, con cierto grado de sinonimia.

La veracidad se presenta como un requisito para caminar en dirección hacia la verdad, lo cual entraña un compromiso moral de los periodistas y por extensión de los medios. En ese sentido, José Guillermo Ánjel subraya que “la certidumbre es muy difícil de establecer, pero no así la veracidad”, pues el contrario de la verdad es el error y el de la veracidad la mentira (ÁNJEL: 2004). Para el profesor colombiano, la veracidad implica honestidad, sentido crítico, sensibilidad humana y aprendizaje constante  para interpretar el acontecimiento.

De cualquier forma y al margen de la referencia abstracta a la verdad para sustentar el discurso de pretendido valor universal de la prensa liberal burguesa, su búsqueda es parte del repertorio ético del periodismo, como aspiración principal. García Luis (2004, 58) señala que esto es así porque el significado del concepto varía en dependencia del sentido en que se utilice, ya sea filosófico, político o en la comunicación pública, donde puede ser interpretado como acuciosidad u objetividad.

El problema fundamental radica, entonces, en quién traza el sendero hacia la verdad y en manos de quién se encuentran los medios para socializarla. Es decir, cuál es la intencionalidad del acto comunicativo, desde la producción hasta el consumo. Vista de esta manera, y sin caer en el relativismo posmoderno de considerarla una quimera de la razón, la verdad se convierte en una utopía, entendida como una visión de futuro para satisfacer necesidades humanas presentes y, por lo tanto, realizable.

DEL ACONTECER AL ACONTECIMIENTO

DEL ACONTECER AL ACONTECIMIENTO

MsC. HUGO RIUS BLEIN,
Premio Nacional de Periodismo,
periodista de la Agencia Prensa Latina,
profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Probablemente el acontecimiento represente la prenda más preciada del proceso de comunicación masiva.  Por lo menos parece ser una obsesión común para los dos fundamentales protagonistas de ese fenómeno.

Para el periodista que se detiene selectivamente ante el hecho real y lo construye como mensaje mediático destinado a públicos identificables.

Para el receptor del mensaje que rastrea los medios en procura de la singularidad relevante capaz de proporcionar un vuelco a su consumo rutinario de realidades construidas mediáticamente.   

Uno y otro convergen  de continuo en el interés de difundir y recibir respectivamente. Aunque no siempre, y a veces precariamente, ambos actores coincidan en catalogar un hecho de acontecimiento si como ocurre en ese proceso de dimensionamiento, median necesidades, intereses, expectativas, circunstancias, ámbitos e interpretaciones culturales.

En este sentido considero preciso, en mi criterio, establecer una diferenciación entre esas dos categorías mencionadas. De lo que llamaría el hecho a secas, es decir lo que ocurre, lo que sucede en cualquier momento y lugar, el devenir fluido y cotidiano en el que intervienen seres vivos, en pocas palabras, el acontecer dialéctico,  a lo que se suele identificar como acontecimiento se interpone  un holgado trecho de intervenciones valorativas y de construcciones de sentidos.   

Por lo tanto el acontecimiento, tal como lo concebimos,  puede resultar ambiguo o ambivalente, en dependencia de un conjunto de factores tales como los deontológicos, las necesidades, los intereses y en grado intenso el de las mediaciones,  las rutinas productivas y su concomitante repertorio de valores y en importante medida  los hábitos de las audiencias.

Habrá que empezar subrayando que sin la intervención mediática intencionada el hecho primario recogido en el acopio informativo no llegará a convertirse en acontecimiento público y masivo, que trascienda restringidos círculos de poseedores de la información.

Si nos atenemos a la definición de Miquel Rodrigo Alsina en lo mucho que aporta en “La construcción de la Noticia”, esta última constituye una representación de la realidad que “se produce institucionalmente”.  Luego la noticia existe sólo a condición de que sea objeto de transmisión mediante cualquier sistema comunicativo humano propagador, desde el elemental boca a boca rumoroso de persona a persona hasta los medios tecnológicamente instituidos.  En consecuencia el hecho y la noticia devienen acontecimiento cuando se le dimensiona, se le otorga connotada significación, trascendencia, relieve y previsible repercusión, se le visualiza con reiteración y hasta se le sesga en la selección enfática subjetiva de sus componentes factuales.

Visto así, los medios consiguen imprimir una inevitable dosis de manipulación, mayor o menor, hasta el punto de generar potenciales dudas en lo que se presenta como acontecimiento, y que a mi juicio consiste en un suceso noticiable que va más allá de lo que rompe la normalidad porque es capaz de conmocionar y desatar reacciones perdurables  por su evidente impacto y consecuencias sociales de cierta reconocible envergadura.

Catapultar un suceso a la altura del acontecimiento impone ante todo una actitud ética respecto a la veracidad de los hechos registrados y la responsabilidad social, como para evitar pasarle al auditorio gato por liebre.

Pero aún así, y en el mejor de los casos, ningún medio puede sustraerse de toda un gama de mediaciones en la puja de la portería por ingresar hechos noticiables y elevarlos al rango de acontecimientos.

Si bien es cierto que los valores-noticias que impregnan las ideologías profesionales, tienen un fuerte peso casi automático en los procesos selectivos, todos ellos terminan supeditándose a emanaciones de las líneas editoriales trazadas por los centros rectores de las instituciones mediáticas, a su vez mediadas por ideologías  e intereses clasistas, y en última instancia por los núcleos de hegemonía política y sistemas y escenarios sociales y culturales puntuales.

Al detenerme en eso último llamo la atención sobre la diversidad de lo que los medios signan y el público acoge como acontecimiento en específicos entornos nacionales.

Que en algunos espacios lo sean por ejemplo el parto en una familia real europea, anhelante de heredero,  o la infidelidad conyugal  de un famoso jugador de golf estadounidense, u otros cotilleos relativos a figuras de la farándula a las que se le otorgan fama, así como denigrantes concursos de belleza femenina carecen en realidad de importancia en Cuba y en otros muchos países del llamado tercer mundo, sumidos en otras prioridades informativas.

Por el contrario el fin de la libreta de abastecimiento en nuestro país, que emite señales de importantes cambios económicos,  probablemente no clasifique para las grandes ligas de los cintillos espectaculares de los diarios del mundo rico que prefiere vernos aletargados en carencias dependientes, del mismo modo que tienden a minimizar las escandalosas hambrunas.

Sin embargo medios poderosos dominantes consiguen imponer sus propias agendas de acontecimientos en entornos nacionales y sociales ajenos, mediante la puesta espectacular de episodios frívolos y banales, y llegan a fomentar enajenados públicos consumidores, a la caza ansiosa de semejantes  productos mediáticos que desvían la atención que merecen los asuntos sustanciales para la vida.     

Con estas comparaciones y contraste pretendo señalar la relatividad y las aberraciones de lo que llamamos acontecimientos mediatizados.

Cuando con toda justeza colocamos en la picota denunciadora lo que merece llamarse tiranía mediática mega corporativa dedicada a imponer visiones y pensamientos únicos al público receptor, incluyo todo un repertorio de acciones dirigidas al silenciamiento de lo que podrían constituir legítimos acontecimientos, como la fabricación de otros, insertados en estrategias propagandísticas hegemonistas. 

La historia contemporánea muestra un amplísimo recetario para “cocinar” acontecimientos aplicados cada vez que algún entorno o proceso nacional, político o social desafía el designio hegemónico. Tantos son los ejemplos, que requieren a estas alturas un voluminoso prontuario de canalladas mediáticas, sostenidas por variados instrumentales que van desde burdas falsificaciones hasta sutiles distorsiones de la realidad factual, entre otros procedimientos manipuladores como el ocultamiento de la historia y la satanización reiterativa de todo lo que huela a contra hegemonía. Por lo pronto, y por suerte, el escritor uruguayo Mario Benedetti aportó hace escasas décadas algunas eficaces herramientas de análisis desmontadoras y en los últimos años el español Pascual Serrano, ha continuado adelantando significativo tramos en esa necesaria ruta.

Uno no puede dejar de evocar entre los “clásicos” contemporáneos aquel del  estudiante de Checoeslovaquia asesinado por la policía que nunca existió, y que  la poderosa maquinaria mediática, sin ningún respeto a la verdad, lanzó a los cuatro vientos, en vísperas del desmantelamiento del socialismo en ese país, a finales de los 80. O las inexistentes fosas comunes de opositores políticos en Rumania, con idéntica finalidad. Y en fecha posterior, en el 2003, las armas nucleares, químicas y bacteriológicas en poder del régimen de Sadam Hussein en Iraq, que nunca nadie encontró allí, pero ofertadas a la opinión pública como un libreto-acontecimiento que merecía el desencadenamiento una guerra de ocupación de ese país árabe.

Sin ir tan lejos, el ayuno de un prisionero cubano por delitos comunes, en reclamo de preferibles condiciones de reclusión, lo que ocurre con mucha frecuencia en penitenciarias en Estados Unidos y Europa pero sin beneficios de cintillos ni estelares televisuales, fue colocado intencionalmente en la pasarela de los acontecimientos, exponiendo así un doble discurso respecto a donde se debe silenciar un hecho o donde debe convertirse en escándalo otro similar.       

Creo, o por lo menos echo en falta, una mayor aproximación al tema, que apenas intento abrir hacia una reflexión cuidadosa en torno a la relación entre la categoría acontecimiento y los hábitos de consumo de la información masiva, que sospecho asignatura pendiente.

El público existe porque los seres humanos que lo constituyen  experimentan una imperiosa necesidad de saber en cual contexto social se encuentran y que les depara, y para satisfacerlo requieren la información cuyo suministro pasó a formar parte de las funciones legitimadas de los medios masivos, y en particular los periodísticos.

Creo identificar un grupo de fundamentales franjas de necesidades e intereses de hombres y mujeres comunes sobre los cuales se han estado erigiendo las tramas informativas y con un alto grado de predictibilidad, los acontecimientos.  Sin tomarlos en cuenta parece difícil, por no decir imposible, el establecimiento de las agendas mediáticas, cualesquiera que sean sus signos.  Son, a mi juicio:

1.- La supervivencia humana, que cubre una amplia gama de sucesos vitales  como  los eventos y calamidades naturales, el estado del medio ambiente,  el hambre, las enfermedades y epidemias, los accidentes, y las guerras.

2.- La seguridad social que debería expresarse en garantías de empleo estable adecuadamente retribuido, protección contra la vejez y violencia criminal y la existencia de instituciones reguladoras garantes del orden y de representatividad legítima, que una vez alteradas provocan incertidumbres e intensifica la conflictividad.

3.- La expectativa de bienestar, que penetra en las áreas de la economía,  por cuanto potencian desarrollo y consumos accesibles,  la ciencia y la tecnología con sus consejos,  descubrimientos y hallazgos, y la conquista y disfrute de tiempo libre  en diversos campos de actividad para la reproducción de la fuerza de trabajo.

4.- La adquisición de nuevos conocimientos que contribuyan a una más certera orientación sobre la vida cotidiana, las relaciones sociales y los entornos nacional e internacional.

5.- El reforzamiento del protector sentido de identidad y pertenencia grupales que se puede encontrar en relatos e interpretaciones históricas, tradiciones, leyendas y mitos, en el arte y la literatura, en discursos políticos, disertaciones académicas y ceremonias, en la competitividad deportiva.

6.- El enriquecimiento de la vida espiritual y estética que se busca en las llamadas secciones culturales, si bien torpedeado por las aberraciones faranduleras sensacionalistas introducidas editorialmente con intenciones comerciales y enajenadoras.

7.- Disponer de modelos éticos de conductas, que se espera encontrar en relatos sobre actitudes sobresalientes, semblanzas  y  entrevistas a personalidades destacadas que se erijan en patrones.

8.- Incorporar la noción del éxito personal, que varía según los sistemas de valores de cada sociedad, desde el honor enaltecido hasta el enriquecimiento rapaz.

9.- La compulsiva identificación con las más sentidas necesidades, exigencias y desgracias de otros seres humanos, que en unas sociedades se encauza en la solidaridad y en otras en la morbosidad.

10.- La predictibilidad del futuro con sus apremiantes interrogantes, para lo que se apela a lo científico y racional, al juicio probablemente orientador del periodismo investigativo y de opinión.  Pero también a lo etéreo difuso como presunta tabla de salvación cuanto más incierto se presenta el entorno, que muchos medios bajo las égidas del enajenamiento y la “venta” de emociones fuertes, ofrecen sin escrúpulos en sus espacios.

Pasar mediáticamente del acontecer al acontecimiento entraña un posicionamiento conceptual, un sagrado apego a la veracidad, una misión esclarecedora, y en fin de cuenta una batalla de ideas. 

 

EL ANÁLISIS Y LA INTERPRETACIÓN PARA ENTENDER EL MUNDO

EL ANÁLISIS  Y LA INTERPRETACIÓN PARA ENTENDER EL MUNDO

MSc. IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ,
profesora de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana, y del
Instituto Internacional de Periodismo José Martí.
Editora de mesadetrabajo.
islalsur@yahoo.es

Un cuarto de siglo después de John Müller haber publicado sus preocupaciones sobre el periodismo interpretativo en tanto contrabando ideológico que se propicia mediante ese estilo, y la convicción de muchos reporteros de que pueden difundir sus propias opiniones o perjuicios disfrazándolos de forma adecuada en la construcción de los mensajes (1986), tal problemática sigue en pie.

Incluso, me atrevo a comentar que la dificultad del cómo interpretar está hoy aún más arraigada en las prácticas profesionales, toda vez que el periodismo parece subsistir en la desprofesionalización de un gremio peligrosamente mediatizado por imposiciones externas y rutinas internas, con escasos deseos de retroalimentarse por las vías de la Academia y apegado a un decir y dividir penosos que se reducen a la conocida frase de “deberes y haceres”. 

En su momento, Müller llamó “motivos distintos” al poco interés de los periodistas por asumir las exigencias del periodismo interpretativo, la actuación de manipular deliberadamente la información, y la propia naturaleza del estilo en ese lugar intermedio entre la información y la opinión que aporta su buena dosis de desconcierto (1986).

De esos aspectos medulares planteados por el teórico, me declaro partidaria. Pero el tono de esta indagación se deslinda hacia los campos del análisis dentro del periodismo interpretativo y que constituye uno de los conflictos fundamentales en la intríngulis ya casi sempiterna que no deja asentar en los medios –sobre todo impresos-, un estilo llamado a catapultar al periodismo de la inmediatez a lo trascendente, del trazado descriptivo al reconocimiento humano, del frío registro de los hechos, a la suma de los aconteceres que los hicieron posibles. Todos juntos construyeron una historia, en medio de tanta información superficial y descontextualizada que termina por confundir al receptor y hasta lo amilana, ante la incomprensión del universo en el que se inserta.

Entrando en mayor segmentación, intentamos también tratar de desentrañar las mediaciones que ejerce el análisis en la nota interpretativa, un género que todos los autores coinciden en afirmar que el periodismo interpretativo le tributa, pero que pocos han dejado registros teóricos y priorizado las aristas del cómo hacer, en manuales orientadores que agradecerían la Academia, los estudiantes y los reporteros. 

Esa insistencia viene porque, en mi opinión, el análisis en el periodismo interpretativo rebasa estilo y técnica para asentarse en una de las vías que más puede propender al conocimiento, toda vez que la mayor aspiración del periodismo debiera ser ir desde el informar-saber, hasta el conocer-comprender de los públicos, de manera que los mensajes alcancen la máxima efectividad.

En ese sentido, la posibilidad del análisis desde los haceres profesionales y desde las consideraciones que los destinatarios logren hacer terminada la lectura, es contribuir al aprendizaje, al pensamiento profundo, a la reflexión acerca de las decisiones que se toman, ya apartadas de la emotividad, entusiasmo, o de la propia rutina que consciente e inconscientemente impone un modo de percibir el mundo.

El análisis de los acontecimientos facilita al lector la riqueza de datos y las múltiples voces que devienen invitación permanente a sacar conclusiones propias sobre los fenómenos de los que da cuenta la prensa. De él deriva la interpretación que, en cualquiera de sus niveles, valida la labor y la intencionalidad del periodismo. 

Este será, entonces, el hilo conductor para abordar el análisis, modo psicológico y técnica de trabajo que ayuda a entender la realidad como una construcción intersubjetiva, elaborada a partir de procesos de interacción y comunicación mediante los cuales los seres humanos comparten y experimentan mutuamente. Una realidad que se expresa como conocimiento dado, naturalizado, por referirse a un mundo que es común a muchos hombres, tal como asentaron Berger y Luckman (1991: 39), y que sitúa al acontecer en el devenir de muchas voces y no la de un solo gurú destinado a predecir el mundo de los otros que no es más que el de todos.

Aproximaciones al análisis

Según el académico cubano Julio García Luis, el análisis supone un proceso cognoscitivo consistente en separar las partes constitutivas de un fenómeno, a fin de estudiarlas, descomponerlas, y luego regresar mediante la síntesis a una nueva visión, más profunda, de la totalidad (2010). Los autores y expertos consultados coinciden que es la piedra angular de la interpretación. Sin él, ésta no cobra vida.

Los análisis diseccionan los sucesos, los temas, asuntos o procesos en un intento por explicar qué está sucediendo o qué sucederá en el futuro y al mismo tiempo deben tratar de ahondar en la importancia de los hechos y sus contextos, afirma David Randall, quien también asevera que esos textos deben presentar datos e interpretaciones sobre la información y que estas últimas pueden ser las del propio periodista o, preferentemente, de autoridades o expertos cuyos nombres se faciliten (1999: 204-205). Randall nos sitúa en una de las dos caras del análisis, la explicativa.

Paul White, por otra parte, ahonda al describir al análisis como muy apegado al periodismo interpretativo a partir de la presentación de los antecedentes y el material tangencial que permita al lector llegar a sus propias conclusiones, una vez en poder de los elementos de juicios necesarios. El autor delimita la valoración entendiéndola como la explicación personal y subjetiva de lo que una persona cree que significa la noticia (citado por Charnley, 1971: 436). En esta apreciación encuadra la segunda cara del análisis, vista desde la evaluación y valoración personal del autor o las fuentes.

Sin embargo, ¿qué ocurre hoy, por lo general? Sucede que la opinión gana de manera drástica en el análisis, ya sea de forma explícita o encubierta. Con avidez, ocupa un espacio que ya no se limita a los juicios de valor que puedan aportar las fuentes dentro de un trabajo interpretativo, o el propio periodista, pero en menor proporción. Con más frecuencia que lo deseado se suelen encontrar en los medios impresos trabajos que lindan en la seudointerpretación y en los que el tufo opinático, de orientación marcadamente sesgada por la valoración directa, lo percibe el lector menos avezado en técnicas de periodismo, pero escarmentado de tanta frase hecha, de palabras construidas desde el simbolismo maniqueísta y consignas que a fuerza de trazar un único camino, dejan de surtir efecto.

Alex Grijelmo considera que en tanto el editorialista dice qué debería hacerse o haberse hecho, el analista debe explicar lo que alguien ha hecho y razonar el por qué, desapasionadamente (1997: 119), y esa tesis la apoya Martínez Albertos cuando sostiene que si el texto se desarrolla apoyándose en razones probatorias objetivas, entonces tendremos un análisis interpretativo, en tanto si es con razones probatorias de carácter persuasivo y puntos de vista personales, se está ante un comentario periodístico (1997: 206).

En esa voluntad de analizar las causas de los hechos, sus implicaciones y relaciones contextuales se inserta todo análisis que pretenda ver el mundo en la totalidad de los acontecimientos, como de alguna manera nos induce a reflexionar Ludwing Wittgenstein (online); es decir, el mundo visto a partir de todos los datos que circundan al hecho noticioso, lo enriquecen y aclaran, de forma tal que el receptor sienta que se respeta su inteligencia para asir y entender la realidad que se le propone.

Cuando así no ocurre, cuando al análisis se le adiciona copiosa valoración –encubierta o no-, se niega su sustancia nutricia para explicar los hechos. Luisa Santamaría plantea al respecto que “el fundamental punto de contacto se da cuando el análisis se basa en razones probatorias de carácter persuasivo para sustentar una tesis. En este caso, el análisis es prácticamente un artículo de opinión” (citada por Benito, 1991: 636). 

Cabe preguntarse, ¿qué ocurre cuando se disminuye la importancia de la vestidura de los hechos y solo se entregan en versiones inmediatas, informativas, factuales, descriptivas, apenas contextualizadas y generalmente desde una sola voz? ¿O cuando están sesgados los acontecimientos por opiniones personales del reportero que, en tanto acto individual, los hace portadores de su ideología, concepción del mundo, cultura, en una interminable lista de representaciones subjetivas que son inevitables en el periodismo, mediador de su sociedad, del mundo en su conjunto?

Es el largo dilema de la interpretación: buscar el punto del equilibrio, el espacio exacto en que confluyan todas las miradas, todas las voces, todos los criterios en busca de una balanza que no margine los acontecimientos al “toma o deja” del blanco y negro. La interpretación está llamada a potenciar ese análisis que aún es un “deber ser”, un desideratum, en tanto no logre liberarse de la carga editorializante que la mayoría de los periodistas se sienten en la necesidad de aportar.

Ahí está presente, visible y áspero, el angosto camino que aún se reserva en los medios a la interpretación, un estilo todavía marginado a pesar de su nacimiento periodístico hace más de medio siglo, un estilo que debería redimirse –sobre todo en los impresos- cuando el acontecer se da a conocer con velocidad vertiginosa de YA y AHORA. Es ese medio término que no se acaba de demarcar y requiere afincar sus límites, hoy conceptualizado por los teóricos, pero no abrazados por los hacedores con total integridad. 

Omar Valenzuela juzga acerca de cómo se manipula la información en beneficio del poder dominante y de los efectos que producen los medios masivos dentro de la sociedad. Para el autor, los medios masivos de comunicación reflejan una visión del mundo que con el transcurrir del tiempo se transforma en “historia oficial”. Está reafirmando así que los medios también contribuyen a la normativización pública, a garantizar el status quo de lo que para la hegemonía debe ser noticiable (online).

Es justo en ese entramado donde el análisis de los hechos -desde su perspectiva interpretativa-, puede molestar a esa hegemonía porque va a ser un análisis plural y la pluralidad contiene los juicios lógicos y los juicios de valor que provengan de múltiples y diversas fuentes. Ya no se trata de relatar un hecho o de exteriorizar desde la persuasión comunicativa sobre cómo debe enfrentarse. Ahora el nudo gordiano está en abordar y dar el suceso en toda su complejidad, en su maderamen profundo, lejos de la institucionalidad de los procesos de construcción social de la realidad.

Manuel Ángel Vázquez subraya que el periodismo siempre enmascaró otras redes de intereses de control y prevalencia social que han permanecido, si no del todo ocultas, por lo menos solapadas y en segundo plano; e insiste en que no hay una noticia sin punto de vista, por lo que se deriva que el periodista es un intermediario social que mira, observa, analiza, donde los demás no pueden, y difunde mediante la palabra, hechos que consiguen formar parte del escenario mental del colectivo (online). Para él, por definición, toda realidad es construida, y dirime ese hacer de puente entre el acontecer y el público al plantear que el periodista reconstruye claves para aclarar los hechos que la limitada competencia interpretativa de los receptores no es capaz de alcanzar, al no conocerlos en toda su magnitud.

¿Y cómo explicar esas claves si éstas no provienen de diversas vías? Unas parcializadas, otras más especializadas, unas directas, otras apenas sensibilizadas, pero todas tributando miradas, razonamientos, en un percibir que contribuirá a que esa realidad construida se acerque lo más posible a la realidad dada, o lo que es lo mismo: lograr una equiparación entre la realidad y la realidad objetivada o realidad construida.

Si siguiéramos el pensamiento lacaniano acerca de lo que distingue “la realidad” y “lo real”, nos acercaríamos en términos interpretativos a que la primera, para el teórico, es “el conjunto de cosas tal cual son percibidas por el ser humano”, en tanto lo real son “las cosas, sean percibidas o no por el ser humano” (online), aunque siempre las personas tendrán algo que decir, incluso cuando callen o se abstengan,  en su condición de sujetos activos capaces de discernir ante las mediaciones sociales. 

Si bien los medios desde su nacimiento han pretendido y logrado mostrar, de cierta manera, el mundo,  también es cierto que en esa narración consciente lo han reconstruido ajustado a sus concepciones, respondiendo a cada período histórico, político, económico y social en el que se haya desenvuelto la clase hegemónica. Hoy, en un planeta cada vez más globalizado, donde lo local y universal parecen querérnoslo fundir en los mismos fuegos o deslizar por idénticas aguas borrando las raíces que hacen auténticos a los pueblos, el desafío está en emplear los medios para renovar el mundo que habitamos desde nuestro personal espacio que es la prensa: la palabra puesta en el oficio de lo útil y de lo bello, quintaesenciada en función de esos yo otros que existen y tienen también algo que decir. Como nos convocó Kapuchinski, nuestro oficio consiste en dar voz a los otros.

El análisis en la nota interpretativa

El periodista y profesor cubano Hugo Ríus afirma que la nota interpretativa fomenta y ayuda al análisis en un deseable modelo de periodismo dialógico: “Puede constituirse en espacio de análisis primario o de primer nivel, que encuadre y contextualice los hechos relatados. Pero por sus propios límites, no creo que llegue al reconocido análisis a fondo, donde el periodista debe realizar un estudio del fenómeno y proceso que se propone develar o desmontar, según el caso, aproximándose a una tesis, en la que emite, mediante la estructura de un artículo o ensayo periodístico juicios de valor de su propia cosecha, y aquí la información funciona sólo como fuente o pretexto (2011). En esa misma cuerda moderada transita García Luis, para quien la nota interpretativa puede aportar algunos elementos informativos que sirvan a la capacidad de análisis del lector en relación con un tema, pero no puede proponerse ella misma constituir un análisis completo de éste, pues su propósito primordial es informar, con mayor riqueza y contexto, pero sin desbordar ese límite (2010).

Ya se declaró antes el desabrigo conceptual que soporta la nota interpretativa, apenas mencionada por los teóricos, y no explicitada ni siquiera desde las prácticas profesionales. Por tanto, es un campo en construcción donde se presentan con fuerza asunciones diferentes, encontradas, similitudes, convergencias, en gran calidoscopio de entendimientos para tratar de llegar a criterios con densidad reflexiva. Por eso, tras una práctica continuada desde la docencia, el primer razonamiento se acerca demasiado a la tesis del análisis como proceso opinático, en tanto el segundo escinde en parte a la información, dejándola solo en su utilidad de conocimiento primario y no en sus legítimas potencialidades para explicar los hechos en su real magnitud y aún con pronósticos de posibles desenlaces.

Desde la experiencia de la docencia se ha intentado demostrar más ampliamente la utilidad del análisis y la interpretación en notas que rebasen los límites de la factualidad, a partir de una construcción donde el análisis quede explícito en el desmontaje del hecho –enfoque explicativo-, e implícito en el balance y propuesta final de la lectura –enfoque valorativo-. En ella, el periodista será el hilo conductor de su arquitectura y los juicios lógicos y de valor manifiestos estarán en boca de fuentes variadas, heterogéneas, disímiles.

Si bien el teórico venezolano Enrique Castejón no comparte este criterio, pues para él, si el periodista no interpreta y esa labor la realizan las fuentes, entonces no habrá nota interpretativa, sólo habrá una nota informativa (2011), para la mayoría de los expertos y periodistas cubanos sí es una fórmula viable en el hacer de las redacciones y una solución seria a la problemática que enfrenta el género de la información en medios impresos, a los que la competencia de la radio, la televisión e Internet apenas dejan lugar para salir en las mañanas con alguna noticiosa realmente propia. Estos profesionales discurren que la nota interpretativa y en ella el análisis de los hechos a partir de disímiles fuentes, es otra manera de respetar al receptor al ponerlo a pensar, a repensar con sentido común los acontecimientos por encima de sus registros fríos.

“La interpretación es básicamente un análisis; es decir, el despiece de un acontecimiento estructurado de modo que produzca una inevitable y determinada interpretación”, apunta el periodista y profesor cubano Luis Sexto al validar su presencia en la nota (2010). También cubano, el periodista y profesor Joel García León reconoce que es posible el análisis en la nota interpretativa, aunque sea en menor escala que en el reportaje: “De hecho, al presentar el periodista antecedentes y la documentación adecuada, el lector podrá formar su propia opinión o componer las predicciones que correspondan. Eso sí, siempre deberá estar fundado en fuentes u observaciones citadas correctamente. Las notas interpretativas sirven también para resaltar informaciones de calidad escritas por expertos o por alguien relevante en el tema al que se refieran, y en ellas habrá siempre análisis” (2011).

El análisis proporciona a la nota interpretativa su sostén, el equilibrio informativo que la hace inteligentemente trascender y no morir con la siguiente edición de un diario. En esas notas y en esos análisis habrá una vocación interna del periodista por aprender a pensar –él y sus receptores- desde el conocimiento, y a evitar rutinas instrumentales consagradas por el uso. Si la información es poder, entonces hoy –muy en especial en la prensa impresa y sin desestimar lo puramente noticioso que siempre tendrá espacio en los diarios- es forzoso estimarla en su verdadera dimensión, con todos sus datos, con todas sus fuentes, con todos los soportes de hechos, antecedentes, contextos, fuentes, que la hagan ser el registro de una realidad que se propone explicar y proyectar.

“De hecho, el análisis en sus más diversas densidades está presente a lo largo de la construcción de todo mensaje periodístico, y el interpretativo, por ser un estadio superior, adquiere una sustanciación mayor dada las formas y procederes  que la dan idea y vida. En la nota interpretativa el análisis es ineludible, lo que en este caso el periodista queda en una segunda dimensión, implícito, respetando las propias leyes de la nota informativa. Serán las fuentes las encargadas de desarrollarlo, de aportar los datos y las validaciones que lleven después al lector a sacar sus propias deducciones. Hay una visible diferencia en el empleo del análisis en la nota, en el reportaje, en la entrevista, cada género le imprime sus propias características, sus signos vitales. Pero negarlo sería continuar condenando a la información a su vertiente factual”, sostiene Roger Ricardo Luis, periodista, profesor y director de Investigaciones del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

Si en la producción de mensajes interpretativos –y recalco, en la nota- se conjuga el relacionar, confrontar, cotejar, concertar, asimilar y dilucidar en un proceso que se completa en el acto de interpretar la información ofrecida por los medios, estamos asistiendo a una genuina construcción de conocimientos que incluye desde la aportación de datos hasta la comparación de estos que harán los receptores a partir de sus experiencias. No podemos creer, a estas alturas del siglo XXI y sus alucinaciones de era de la información y las comunicaciones, que podemos contribuir al crecimiento de una sociedad más equilibrada, más íntegra, más plena, si no entendemos desde nuestra pequeña posición ciertamente influyente y no determinante, que debemos a los públicos el respeto ante su capacidad de análisis y de producir conocimiento autóctono. La teoría hipodérmica de públicos pasivos es hora ya de desterrarla de las redacciones. Ellos nos toman o nos dejan, nos consideran o no, en la misma medida en que sientan que están en una doble vía de reconocimiento.  

Y he ahí una cuestión redundante en cualquier espacio de debate profesional: más de lo deseado hoy se entregan a los públicos mensajes unidireccionales: o duramente informativos, o latosamente editorializantes. Es infrecuente esa media salvadora que proporcionan el análisis y la interpretación con su carga explicativa y valorativa, las dos en equilibrio, las dos consustanciadas, las dos portadoras de conocimientos, significados, alternativas.

Nos referimos a un análisis y una interpretación que propicien tres momentos básicos al receptor: su antes, durante y después del mensaje, de forma tal que asimile éste como un continuo reflexivo que se asienta en lo que esperó, en lo que encontró y en lo que valoró y expandió en otros estadios sociales con los que se relaciona. Estamos hablando de procesos que, provocando el pensamiento, contribuyan a repensar el espacio y el tiempo de la sociedad en que vivimos y en cómo insertarse a ella de manera fructífera e innovadora.     

Al dictado de los ángeles hay que ayudarlo

La interpretación -y la nota interpretativa en particular por la contención que requiere en tanto sigue los cauces de la información en el lenguaje, tono y espacio disponible aún cuando sea más amplio-, es una manera de enfrentar el periodismo desde una dimensión que demanda entrega, estudio, investigación, por parte del reportero. No son fáciles los caminos que llevan a esclarecer conflictos que están conviviendo en la sociedad y toca a la prensa explicarlos y proyectarlos hacia el futuro.

Pero para esa tarea no solo se requiere de un “querer hacer”, de una inspiración, de una voluntad empirista. El periodismo interpretativo precisa de técnicas, de metodologías, de capacidad para soportar los rigores de la investigación con sus altas y bajas proporcionadas por las fuentes y sus amparos o abandonos; de una disposición para saber persistir y contenerse en aras de que las lógicas emerjan en los textos, que nada quede en la ensambladura de lo impuesto por una u otra voz, y muchos menos que cabos sueltos en la indagación hagan sentir a los lectores que faltó información oportuna.

A ello se suma un requisito indispensable del buen periodismo: que cualquier trabajo no solo exponga fehacientemente los hechos, sino que también sean portadores de un lenguaje y una estética de largo alcance. Es decir, tiene que haber una disciplina, un orden, unas pautas conductuales en las que la ética también esté presente como brújula consejera.

Pese a lo que muchos decisores piensan, para formar a un periodista competente no basta solo con la voluntad o la necesidad de integrarlos de inmediato a una redacción. Se requiere de una acertada capacitación técnica y profesional que desde finales del siglo XX y ya en el XXI, no surge del empirismo de los diarios urgidos de pirámides invertidas, de las horas nocturnas en cafetines bohemios debatiendo el presente y el porvenir de la sociedad, o de lógicas instrumentalistas del cómo hacer. El periodista de hoy precisa de una sólida preparación cultural, de una cosmovisión holística del  mundo en que vive si aspira entenderlo y colaborar en su mejoramiento. 

El hecho periodístico, afirma el brasileño Adelmo Genro, no es una objetividad tomada aisladamente, fuera de sus relaciones históricas y sociales, sino que, por el contrario, es la interiorización de esas relaciones en la reconstitución objetiva del fenómeno descrito. Este teórico plantea que no se trata de reducir la noticia a mercancía y el periodismo a manipulación. Tampoco apuesta por la visión técnico-empirista que considera el periodismo como una actividad neutra, imparcial y capaz de revelar la auténtica “objetividad de los hechos” (2010: 131-146).

Sobre esa base, el análisis, entonces, aparece como expresión del conjunto de conocimientos que se han ido adquiriendo de una manera, la mayor de las veces ordenada, pues la interpretación se constituye en un estilo periodístico que por más contraproducente y compleja que sea la información a diseccionar, debe ofrecerse de manera que contribuya a la reflexión del problema que plantea. Y un conflicto requiere preguntarse acerca de cuál es el tema en cuestión que se quiere abordar, su propósito o problema, viabilidad, objetivos primarios y colaterales, las fuentes que pueden tributar al esclarecimiento del mismo, los juicios lógicos y de valor que se buscan o suponen puedan aparecer en el transcurso de la investigación. Si estas cuestiones no están claras en el intervalo de la búsqueda -de manera que sea la arquitectura pensada del trabajo-, difícilmente se llegará a entregar el mensaje en su entera madurez. 

La interpretación a partir del análisis –ya sea este último exhaustivo como puede darse en el reportaje, o más sucinto en el caso de la nota interpretativa-, es trabajar en función de lo que seriamente se debe demostrar y no quedarse en las medias tintas de lo que se pudo lograr. Este aspecto requiere de muchas condicionantes, entre ellas y rememorando a Eduardo Ulibarri, preguntarse el periodista si realmente es un tema que pueda interesar a los demás, cuál es la intención esencial del relato, cuál es puntualmente el problema, hasta dónde puede influir en la vida de sus públicos, qué efectos en el razonamiento y en la emotividad desea recabar, qué presencia en el texto exigen las fuentes en cualquiera de sus niveles –ellas son determinantes toda vez que otorgan credibilidad o no a lo que se expone-, cómo se ha abordado el asunto en ocasiones precedentes y lo nuevo que se puede aportar; si la historia es suficientemente veraz como para que los receptores se impliquen en ella o involucren en la misma a personas conocidas que atraviesan semejantes circunstancias, si es una historia que termina o continúa con otras aristas contextuales. 

Como puede observarse, para analizar e interpretar en el periodismo no basta  con desear hacer un buen trabajo. Realmente hay que apoderarse de técnicas y estilos propios que permitan desarrollar la investigación de manera oportuna, segura, conveniente y eficaz, hasta evaluar la profundidad de los asuntos que necesitan ser develados y expuestos a la mirada de los públicos. Pero en esta línea, es doloroso reconocerlo, también andan los déficits de la interpretación y con ella del análisis, más agravado aún en la nota interpretativa, apenas conocida y cuando más asumida como “nota ampliada”, “nota comentada”, “nota cronicada”, “nota de datos adicionales”, entre otras denominaciones que intentan acercarse al fundamento del asunto, pero que no lo contienen en su esplendor.  A lo que más se llega de manera recurrente es a aproximaciones parciales en el abordaje del género.   

Entonces, una vez más, hay que insistir en la necesidad de un periodista provisto con técnicas adecuadas y cultura, no un repetidor de declaraciones. Se requieren hoy profesionales que indaguen y contrasten hasta la saciedad, pues el mejor proyecto de nota interpretativa perdería validez si sus basamentos no son sólidos, no se saben comunicar, no hay exactitudes y precisiones, en fin, si la sustentabilidad de la información carece de juicios, fuentes, antecedentes, contexto, hechos colaterales.

Y este aspecto se articula con la credibilidad de los públicos hacia el trabajo de la prensa, eje capital para la permanencia de los medios como mediadores de la sociedad y portadores de los valores establecidos en ella. Cabe destacar en este orden, que cada vez más los índices de apreciación acerca de lo que se comunica son más altos en los destinatarios, pues ellos ya no dependen de uno u otro medio, sino que la combinación de vías con que retroalimentar el conocimiento informativo sobre un suceso alcanza posibilidades ilimitadas y complejas.

Vivimos en un espacio y tiempo donde no basta informar sobre lo que aconteció. Ahora el receptor necesita el análisis del fenómeno dado por un profesional de la información que cuenta con las técnicas, teorías y métodos necesarios para ello. Darle todas las miradas posibles, hacerlo sentir que forma parte del entramado en cuestión,  que se ha contado con él porque se identifica con las voces que emiten juicios, es otra manera de ir arrimándonos a la deseable doble vía a la que siempre aspiran los periodistas con sus públicos; es decir, que su mensaje no solo interese y llame la atención, sino que sea capaz de fomentar el diálogo si no de manera personal, al menos el diálogo de los otros a partir de una determinada propuesta periodística. Así, el mensaje se vuelve efectivo en su dimensión de crear matrices de opinión acerca de determinados temas de la agenda pública.

Esa es también la responsabilidad interna del periodista y los medios al difundir mensajes, y la responsabilidad externa que pone en manos del ciudadano, ahora convocado a repensar sobre lo que se le dice, a tomar partido, a motivarlo hacia una responsabilidad social porque él es también parte de un entorno, de un tiempo, de una época histórica. Y esto no puede hacerse solo desde la descripción factual del reportero o desde la opinión personal marcadamente subjetiva del editorialista. Ambos modos siempre van a subsistir en un medio porque son necesarios y porque ningún estilo en el periodismo barre a otro, sino que se juntan para hacer más rica y diversa la comunicación. Pero más se logra cuando, respetando las inteligencias, se provoca un impacto a partir de análisis e interpretaciones concienzudas, plurales y complejas, que preparan a los públicos para comprender su entorno, y les ayudan a ampliar su capacidad de discernimiento.

La pregunta de David Livingstone cuando en 1871 fue encontrado en el lago Tanganica, en la ciudad de Ujiji, por el periodista Henry Stanley, del New York Herald: ¿Qué pasa en el mundo?, ahora parece variar la tónica en los millones de receptores agobiados de tanta información descontextualizada, disgregada, por momentos banal. Ellos, ante ese universo disperso y contradictorio, hoy parecen exigirnos: ¿Cómo entender el mundo?

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LABOR EDUCATIVA Y POLÍTICA DE FÉLIX VARELA

LABOR EDUCATIVA Y POLÍTICA DE FÉLIX VARELA

Lic. EMILIO ANTONIO BARRETO RAMÍREZ,
profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Propongo tres períodos para el estudio del legado educativo y político de Félix Varela, estos son, primero: el anterior a su vida, es decir, la Cuba del siglo XVII, segundo: los años de Varela como hombre de la docencia y de la gestación de la cultura cubana, o sea, hasta casi cumplido el primer cuarto del siglo XVIII, y, tercero: la etapa del exilio, o lo que es lo mismo, los años vividos en los Estados Unidos de América.

Primer período

En el siglo XVII se va produciendo un fenómeno de marcado interés que, a posteriori, se revelará como un instante esencial en la formación de la nación cubana: la emergencia de una clase terrateniente de criollos de esmerada educación, esto es, universitaria, que asciende a los rangos de la aristocracia en los sectores de la ganadería, la industria azucarera, y la industria cafetalera.

Esa burguesía, formada por hombres y mujeres que vieron la luz en Cuba, comenzó a ser llamada criolla. Criollo era el nacido en Cuba de padres españoles. El criollo tenía formación española, es decir, estudios a la usanza de la vieja Europa: un doctorado en la Universidad de Salamanca, o en la de Sevilla, ambas en España, o en la Universidad de San Gerónimo, en la villa de San Cristóbal de La Habana. Muy a pesar de esta formación de notable raigambre española y de los ascendientes peninsulares (así eran distinguidos los nacidos en España de los nacidos en Cuba), los criollos, cuyo punto de referencia ideológico ya venía siendo la asunción de las ideas liberales, tal vez comenzaban a soñar con una Cuba, aunque española, con una pujanza autóctona económica y cultural bien visible.

Así, en el ocaso del XVIII, surge el primer movimiento de pensadores cubanos. Ese grupo se movió con inteligencia sobre la vorágine de la economía esclavista y de la fastuosa quintaesencia de las “Lumieres”, o sea, el Siglo de las Luces. En concreto, me refiero a todo aquello que servía para la Ilustración Reformista Cubana.

Al decir del doctor Eduardo Torres-Cuevas, en Cuba, el Iluminismo se desplazó paralelo a la llamada “fundamentación racial y social”, empeño que fructificó en la elaboración de los primeros tratados de economía, filosofía, ciencias, educación y ética. Los primeros iluministas cubanos fueron el economista y político con madera de estadista Francisco de Arango y Parreño, el filósofo de ribetes teológicos José Agustín Caballero, el científico y humanista Tomás Romay y el no menos literato Manuel Tiburcio de Zequeira y Arango, entre otros. Todos ellos calibraron este movimiento que comenzó a fundar la Razón para la causa cubana.

No hizo falta tan siquiera media centuria para que estos iluministas criollos elevaran a la todavía isla de Cuba al nivel de la primera región productora mundial de azúcar y en la cosechadora del “mejor tabaco del mundo”. Las nociones de estos cubanos contribuyeron también en la eficacia de la exportación de maderas preciosas, así como de las mieles destinadas a la fabricación del ron cubano. Finalmente, la gestión de este grupo posibilitó la aparición del café cubano en el mercado mundial. El café cubano era procurado ya en otras latitudes por el aroma, el sabor y, por si fuera poco, por la facilidad que otorgaba su precio.

Del mismo modo, antes que salieran a la palestra las textileras catalanas, los cubanos que ya mencioné se ocuparon en instalar por todo el Caimán antillano la máquina de vapor, que fue el sello distintivo de la Revolución Industrial. Con idéntico altruismo hicieron traer a Cuba el ferrocarril, incluso antes de que la Metrópoli consiguiera hacerlo tanto en España como en las demás colonias de ultramar. Esa empresa fue sufragada con capital generado en Cuba.

Conseguido tal grado de bonanza económica, así como los dividendos académicos y literarios que facilitaron en primer lugar los docentes del Real y Pontificio Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio y la Pontificia Universidad de San Gerónimo, así como los oradores, conferencistas y expositores que ascendían a las tribunas de la Sociedad Económica de Amigos del País, a la postre casi los mismos que se desempeñaban como columnistas del Papel Periódico de la Havana, fue que Francisco de Arango y Parreño, sin albergar el más mínimo índice de pudor –probablemente como consecuencia de la cierta desmesura que a ratos suele caracterizarnos a los cubanos–, declaró que su aspiración era lograr, con notable rapidez, una Cuba con el talante y el progreso de Inglaterra. Hasta aquí he narrado el sueño de la primera burguesía genuinamente cubana.

En 1797 José Agustín Caballero publicó lo que puede considerarse como la primera obra filosófica cubana. El título sorprende y cautiva: Filosofía electiva. Para nuestros historiadores y pensadores de la nacionalidad cubana, el tratado de José Agustín Caballero ha quedado como el punto de partida para la hermenéutica de alto vuelo en Cuba. José Agustín Caballero –no lo podemos pasar por alto– era presbítero, profesor de filosofía de San Carlos y San Ambrosio, y quién sabe si ello fue razón para que hoy nos llegue como el autor de propuestas incompletas, pues lo caracterizaban, según el doctor Torres-Cuevas, la sagacidad, la osadía de su cultura y al mismo tiempo el temor de la religión. Medardo Vitier, estudioso de la cúspide del pensamiento cubano, padre del escritor Cintio Vitier, definió a Caballero como “un pensador fronterizo”, o sea, un exegeta no totalmente abierto o aperturista en la amplitud de su obra.

"Es más conveniente al filósofo, incluso al cristiano –dice José Agustín Caballero citado por Max Henríquez Ureña–, seguir varias escuelas a voluntad, que elegir una sola a la cual adscribirse." Entonces, lo que puede calificarse como el procedimiento electivo propuesto por Caballero, se nos muestra más como una actitud, una conducta, que como un programa o un universo sistémico. Se trata, a derechas, de una remodelación en el discernimiento para quien no esté dispuesto a someter su pensamiento a la esclavitud de un sistema.

Transcurridas apenas dos décadas, Félix Varela, partiendo de la idea de la filosofía electiva, desarrolló todo un amplio universo sistémico que sirvió de base al pensamiento filosófico del XIX cubano, así como a las orientaciones que quedaron reservadas para el siglo que recientemente hemos clausurado.

Segundo período

Félix Varela nació en 1787 en la villa de San Cristóbal de La Habana en el seno de una familia con algunos recursos. Muy temprano entró a estudiar en el Seminario San Carlos y San Ambrosio, donde fue incorporado al Orden de los Presbíteros. Luego, se doctoró en filosofía y obtuvo, por oposición, la Cátedra de Filosofía del Seminario San Carlos y San Ambrosio. Desde allí fungió como preceptor o mentor de toda una hornada de grandes hombres del intelecto que más tarde desplegarían una enorme labor cultural a favor de la nacionalidad cubana. Estos hombres fueron: José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, José María Heredia y Domingo del Monte, entre otros.

En la obra de Varela se fragua la primera propuesta que podemos denominar coherente para el pensamiento de la cubanidad. Esas obras fueron Lecciones de Filosofía, Miscelánea filosófica, los ensayos periodísticos incluidos en El Habanero y los ensayos teofilosóficos conocidos como Cartas a Elpidio. Esos compendios delinearon el comienzo de una etapa y un modo diferente de pensar a Cuba. Pero, no es menos cierto, la noción vareliana parte, se nutre con avidez y finalmente bebe con fruición del concepto de la electividad formulado por José Agustín Caballero.

La electividad tiene un germen: la definición volteriana contenida en el Diccionario Filosófico. En el corpus creado por Félix Varela la filosofía electiva es “aquella que elige libremente sin atarse a un pensador o sistema alguno”, esto es, “sin estar sujeto a autoridades”. Varela se dedicó, en sus años como profesor de San Carlos y San Ambrosio, al enorme esfuerzo de zafar al pensamiento cubano, en primer lugar de la prisión de lo más arcaico de la escolástica, pero sin renunciar a las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, aunque concediéndole toda su confianza “a la Razón y a la experiencia”.

Después, el otro empeño de Varela consistió en una segunda liberación. Esta vez se trataba de no fomentar dependencia alguna a pensamientos de otras latitudes. El concepto que rige a la electividad es la libertad, “sin la cual no hay elección”. Esta acotación precisa resulta ineludible a la hora de conferirle un contenido nuevo y novedoso a la vieja esgrima verbal que hasta entonces perduraba en torno al sentido de la filosofía latinoamericana.

Entonces se expandió una constante: la filosofía latinoamericana era una filosofía ecléctica. Ciertamente, lo que radica en la esencia de esta cuestión es el aspecto creativo o no de la filosofía ecléctica. De Varela a la fecha, sin que sea necesario adentrarnos en el campo de las estocadas semánticas producidas en torno a la filosofía ecléctica, podemos dar cuenta de que el concepto ecléctico se ha visto arropado por diversas connotaciones. Inicialmente, con la penetración de las nociones del filósofo francés Víctor Cousin en Latinoamérica, se consideró pertinente –diría más bien prudente y beneficiosa– la destreza del término que restaba creatividad al pensamiento.

Cuando Varela, aún a pesar del contraste entre el origen griego y latino del término ecléctico y del término electivo, se asumió lo de ecléctico en el sentido de lo electivo, a contrapelo del contenido que Víctor Cousin le dio al término en cuestión. Por eso, el doctor Torres-Cuevas ha sustentado en diversos trabajos que la filosofía cubana había visto la luz y sostenido ese elemento esencial, es decir, “nació como filosofía electiva y no ecléctica, en tanto su base y aspiración es la libertad de pensamiento y la elección inteligente determinada por una realidad diferente.

Y esa libertad solo resulta posible en el constante correlato entre la realidad autóctona, el discurso expresivo descargando y recargando los conceptos a partir de las necesidades cognoscitivas del lenguaje con su referente (significado-significante) y del estrecho intercambio y entrecruzamiento entre las propuestas universales con esa realidad autóctona” (Torres-Cuevas, 1999).

Finalmente, la filosofía electiva fundó la base teórica y filosófica para la conformación de los contenidos de lo que se ha dado en llamar la Filosofía de la Liberación Cubana. Por su amplitud y temas-problemas que dilucidó, sobre todo en el espectro de la metafilosofía, fungió, en el mismo espacio y tiempo, como la liberación del pensamiento y el pensamiento de la liberación.

Varela busca y aprehende en la ideología francesa de Destutt de Tracy para seleccionar los ingredientes que le facilitaran una codificación teórica, acaso mucho más que filosófica, para darle un giro a su realidad a partir del conocimiento de ésta. Léase con mucho cuidado el Elenco de 1816 y se focalizará la molécula principal de la electividad.

Otro estudioso del XIX cubano, Roberto Agramonte, definió de la siguiente manera el objetivo de Félix Varela: “crear una sophía cubana que sea tan sophía como lo fue la griega para los griegos”. Tanto la ideología, como la reflexión acerca de la producción de las ideas, partiendo de una realidad dibujada por lo sensorial, facilitan el acceso al estudio de los sistemas de pensamiento que permiten proyectar líneas de enlace entre esa realidad y la creación de la conciencia. Por eso Varela decidió abandonar el sendero de la metafísica.

“Los filósofos hablan de una substancia; ellos dicen más lo que piensan que lo que saben” -consiguió atisbar Varela (Torres-Cuevas, 1999). El señalamiento viene dado por la búsqueda y la creación de un método racional y experimental de conocimiento de la realidad. En el método está la ciencia y sobre la ciencia se levanta la conciencia. Y esta sentencia es del doctor Torres-Cuevas. ¿A qué conciencia se refiere? A la existente en la realidad cubana. Visible únicamente si se estudia. ¿Y para qué se estudia? Pues por dos razones; la primera: para ser transformada; la segunda: para, desde un sitio seguro, favorable, del conocimiento a obtener, lograr un aporte, más bien modesto, para el conocimiento universal. Hay además otro sentido: dejar bien establecida la no contradicción entre la Razón y la Fe, esto es, “la Fe para las cosas de Dios; la Razón y la experiencia para el mundo natural y social”.

Así llegó Varela a la idea de que la ciencia era necesaria para entender a Cuba y la conciencia para modelarla libre e independiente y para que la sociedad cubana fuese justa y protagonizada por actores sociales hechos a la manera de los hombres iguales. Estos conceptos, como es lógico, no son inexpugnables e infalibles, pero constituyen un paradigma, o el paradigma: Varela ideó, soñó la sociedad del deber ser.

Esto fue lo que los varelianos llamaron el Plan Ideológico. En ello trabajaron y produjeron los más significativos filósofos, científicos, literatos y docentes cubanos de la primera mitad del XIX. Me refiero a José Antonio Saco, a Felipe Poey, a José de la Luz y Caballero, a Domingo del Monte, quizá otros más. En el meollo de este afán, la definición más precisa es de la autoría de José de la Luz y Caballero, donde la conjugación del verbo ser constituye un enroque magistral: "todo es en mí fue, en mi patria será".

Tercer período

He realizado esta explanación para carenar en el periodismo de Varela: en mi opinión el summun del legado político del pensador cubano. El periodismo realizado por Félix Varela primero a través de El Habanero, una publicación cubana, realizada fuera de Cuba, desde el exilio de Varela en New York, y más tarde en la compilación de ensayos intitulada Cartas a Elipidio, son el resultado de la electividad.

De El Habanero ponderaré en estas líneas la presencia de dos ensayos periodísticos de factura exquisita, en lo que a estilística se refiere, y de pensamiento de cubanía acendrada. Estos ensayos son: "Bombas habaneras" y "Máscaras políticas", ambos ejemplos los traigo a colación para señalar en ellos el logro de una síntesis codificadora desde la filosofía electiva, que es la liberación del pensamiento y el pensamiento de la liberación, hasta la relación entre ciencia y conciencia, y que halla su culmen en la frase de José de la Luz y Caballero que he citado hace solamente unos breves instantes.

La síntesis codificadora que acabo de enunciar como salidas de las páginas de El Habanero, estimo ha quedado muy bien explicitada a partir de los empeños en el ensayismo histórico de Enrique Gay-Calbó y Emilio Roig de Leuchsenring. Este binomio ocasional consiguió nuclear en tres puntos esenciales lo que puede considerarse el programa emancipador de Félix Varela para Cuba.

Primeramente, Varela consideraba que la entonces isla de Cuba no podía esperar de la Metrópoli indulgencia alguna en cuestiones relacionadas con cualquier variante de autonomía. La razón: la corona española no podía ofrecer ni conceder a ultramar aquello que no podía instaurar en su propia casa del Mediterráneo ibérico. La negativa española no era del carácter de un iluminismo escaso, sino de voluntad precaria, de estilo político amorfo, muy a la zaga del talante negociador que ya evidenciaban la Francia posterior a 1789 y la Inglaterra inmersa en las modernidades de la Revolución Industrial.

En segundo término, dada la ceguera política de la realeza española, Varela formuló la certeza que comenzaba e enrumbar su propio pensamiento hacia la liberación nacional según la propia gestión de los cubanos en la Isla. Ipso facto apareció el tercer aporte del periodismo de Félix Varela según el dueto intelectual Gay Calbó-Emilio Roig: los esfuerzos nacionales por la emancipación o, más bien, la independencia cubana de España, no debía esperar por la consumación de los proyectos libertadores que estaban teniendo lugar en Suramérica; más bien, en todo caso, la gesta independentista debería tener como protagonistas, o como únicos actores, a los cubanos en un derroche de esfuerzo propio.

El pensamiento emancipador de Félix Varela se concreta a partir de la liberación del pensamiento, pero no precisamente en el tratado filosófico sino en el periodismo que movía los resortes patrióticos a partir de los sucesos de la inmediatez. La humildad editorial de El Habanero aglutina la sumatoria educacional de Félix Varela; precisamente en estas páginas y en las de Cartas a Elpidio se puede hallar el corpus que llevó a José Martí a llamarlo el patriota entero que nos enseñó primero en pensar, es decir, en el arte del discernimiento.

Bibliografía:

Gay-Calbó, Enrique, Roig de Leuchsenring, Emilio: "Tres conceptos básicos en la ideología política de Varela". En: Comunicación y sociedad cubana. Selección de Lecturas. Colectivo de autores. Editorial Félix Varela, La Habana, 2005.

Henríquez Ureña, Max: Panorama histórico de la literatura cubana.

Torres-Cuevas, Eduardo: "El sueño de lo posible". En: Utopía y experiencia en la idea americana. Ediciones Imagen Contemporánea. Casa de Altos Estudios "Don Fernando Ortiz", La Habana, 1999.

 

CIERTO PERIODISMO TELEVISIVO PUEDE MATAR… AL HOMO INSIPIENS

CIERTO PERIODISMO TELEVISIVO PUEDE MATAR… AL HOMO INSIPIENS

La real -e inevitable- contaminación del periodismo televisivo con la espectacularización y otras tendencias audiovisuales que han venido degradando sus haceres en gran parte del mundo, hacen afirmar a prestigiosas voces en este terreno la decadencia del teleperiodismo hoy y, peor aún, la irreversibilidad de tales propensiones.

Dra. MARIBEL ACOSTA DAMAS,
jefa del Departamento de Periodismo,
Facultad de Comunicación.
Universidad de La Habana.

Ignacio Ramonet fija el “ver para comprender” como el asiento de la ininteligibilidad con que el festival de las imágenes sin explicaciones dotan al periodismo televisivo. José Luis Martínez Albertos anuncia la desaparición del periodismo tradicional ante las nuevas tecnologías y delimita -coincidiendo con Ramonet- que el infoentrenemiento y la teoría del rumor han transformado a la profesión en empresa para el consumo. Giovanni Sartori denuncia la incultura del audiovisual al convertir al homo sapiens en homo videns y por involución, en homo insipiens.

Sí y no

Ciertamente, las tendencias audiovisuales marcan una realidad que decide los rumbos de la información televisiva, y es ahí donde se expresan las alternativas, nacen los nichos de contracorriente, y se precisan las miradas ideológicas y profesionales en los nuevos escenarios.

Comencemos por aproximarnos a algunas de las tendencias actuales del teleperiodismo:

La instantaneidad  (heredera de la rapidez que el periodismo audiovisual refuerza) abre una perspectiva compleja en la actualidad, al fundir cada vez más los tiempos de ocurrencia, elaboración y transmisión de la noticia. Así la velocidad marca el contenido.  Y ello puede condicionar su calidad sin una mediación profesional y ética elevadas.

Hoy la información televisiva resulta cada vez más contagiada con la aceleración y multiplicación de planos por minuto. Tal tendencia puede observarse también en los tratamientos informativos en noticias y reportajes muy breves.

Esta llamada “exhuberancia” puede entorpecer la decodificación de todos los datos de la realidad mostrada, que llega a ser imprecisa e impresionista con fuerte primacía de lo sensorial en detrimento de lo racional. Este es un argumento que pone en duda la capacidad  del audiovisual para transmitir una información seria de la realidad.

Inmersa en el festín de la velocidad y los recursos informáticos, la información audiovisual enfrenta el lance de la alta visualidad que conlleva al uso de todos los recursos tecnológicos disponibles y el despliegue de un atractivo visual sin precedentes para la construcción informativa. En su reverso, esta tendencia se podría denominar como sobrestimación visual, resumida por Ignacio Ramonet en la tan conocida como posesionada sentencia de “ver para comprender”, donde tiende a dejarse a las imágenes la comprensión de los hechos, subestimando la palabra y, por tanto, se invierte la lógica del juicio cabal del acontecimiento.

Representada en la cadena multinacional CNN a partir  del discurso periodístico televisivo de la Guerra del Golfo (que marcó el inicio de una era de ostentación tecnológica incluidos todos los recursos infográficos para noticiar privilegiadamente el bando norteamericano), la tendencia preformativa de la información audiovisual está marcada por el despliegue tecnológico visible que construye una imagen anticipada del acontecimiento mismo. Subraya una construcción iconográfica, en la cual predomina “la seducción del ver-hacerse, en tiempo real, la imagen ante nuestros ojos” (Abril: 1991: 127), que se sirve de  la experiencia tecnológica y entrenamiento del ciudadano de hoy en el videojuego, convierte al hecho en virtual y lo despoja de su verdadero sentido informativo, su impacto movilizador.

En la actualidad, existe una tendencia al dramatismo, a la espectacularidad, que convierte hechos informativos en espectaculares, a la búsqueda de lo extraordinario en todos los ámbitos de la vida humana, con acentos en la cotidianeidad y la intimidad. Ello puede generar  sensacionalismo e informaciones sin relevancia como ciertamente afirman  muchos autores y es evidente en la pantalla informativa televisiva. Pero vigoriza a su vez la potencialidad emancipadora si es esgrimida en bien público,  desnuda de consumismo y se respeta la dignidad humana al convertir al público en hacedor y partícipe comprometido de la vida de todos, donde la emoción no ciegue la razón; y en cambio la movilice.

Algunos autores señalan (para ratificar lo inevitable de tal tendencia), que de la espectacularización del acontecimiento deriva  la participación, imprescindible a la empatía que pretende conseguirse a través de la relación directa telespectador-acontecimiento.

Sin embargo, contrario a esta aseveración, es posible desplegar el espectáculo de las imágenes sin generar espectacularización y obtener la empatía requerida. Baste usar los elementos del lenguaje audiovisual sin menoscabo de ninguno. Por otro lado, los públicos aman también los descubrimientos edificantes, la búsqueda del conocimiento, la prueba de la inteligencia humana, las acciones generosas y altruistas ¿Qué mejores referentes para participar y lograr la empatía?

Consideramos que la búsqueda de la empatía por la espectacularización es un elemento deformante de la información audiovisual, que rebaja su potencialidad en un legítimo propósito dialógico.

Relacionada con la influencia terminante del espectáculo en la información audiovisual, crece la cualidad local-global de ésta, condicionada por el renovado interés de saber de sí mismos y el entorno, así como de extenderse hacia los otros, en tanto similares y diferentes ante las antológicas interrogantes de la existencia humana y la vida común. Elemento que ha dado lugar a tanto rito de lo banal y lo vulgar, pero con potencialidades exactamente contrarias.

Igualmente puede suscribirse hoy una elevada capacidad dialógica, sellada por las posibilidades que las tecnologías dan al uso de entrevistas y a la participación en acontecimientos informativos -incluso simultánea- de públicos cada vez mayores, diversos y distantes.

Estas tendencias bien pueden ser aprovechadas en sentidos contrarios. Pongámoslas a disposición del pensamiento contrahegemónico. Probemos.

Pese a que algunos despojan al teleperiodismo de su perspectiva cultural, desde una visión simplificadora, y cierta parte de la supuesta intelectualidad de izquierda mira hoy la TV con una histeria de mal inexorable, creemos firmemente que es posible hacer una televisión generadora de valores culturales.

Somos contrarios a la aseveración de que la cultura audiovisual no es cultura. Si es parte de la creación contemporánea, la socialización de la vida humana y el acercamiento de las mayorías al conocimiento, entonces su lugar está establecido -sobre todo hoy- como imbricación insoslayable del acervo cultural del homo sapiens.

¿De qué se trata entonces? Las industrias culturales, dominadas por “los señores del aire” y la transnacionalización imperialista, están imponiendo contenidos audiovisuales que despojan a los pueblos de su cultura e historia. La subvierten. La convierten en hecho banal, racista y discriminatorio. Pero aún así no han logrado despojarnos de las alegorías y cánticos con que crecimos, de las fantasías e hipérboles con que soñamos.

Basta de sumirnos en lamentaciones estériles, tan reaccionarias como las intentonas homogeneizadoras. Si bien la televisión no es la sola responsable de la formación cultural en el mundo de hoy, mucho puede hacer por ella. Y al periodismo televisivo le corresponde otro tanto. En él los acontecimientos de la realidad cobran vida, la vida de todos se vuelve acontecimiento propio y este puede transformarse en reconocimiento de uno mismo y del otro, en acción movilizadora.

¿Por dónde empezar?

Por el fortalecimiento de la televisión pública, el respaldo a las iniciativas de comunicación emancipatorias que vienen abriéndose paso en todo el mundo, fundamentalmente en América Latina.

En nuestro continente surgen experiencias que pueden ser muy provechosas para la conformación de una práctica audiovisual verdaderamente democrática y cultural, vista, como apunta el teórico y cineasta argentino Octavio Gettino, desde la perspectiva del estado-región, o sea, desde las posibilidades de integración de saberes, fortalezas, diversidades y comunidades que tienen en Latinoamérica una expresión de máxima singularidad.

Proyectos comunes  pueden a su vez irradiar experiencias concretas hacia nuestras realidades-diversidades;  contaminados todos de la esencial sabia.

No estamos compitiendo con los poderosos. No estamos resistiendo. Estamos luchando. Entonces hay que construir caminos. Enmarcándolo en el periodismo televisivo, asumimos que debemos construir agendas propias.

Hasta hoy los intentos que a nivel  regional resultan más sobresalientes para la creación de un periodismo audiovisual riguroso y desde los intereses del Sur, no sobrepasan el esfuerzo (meritorio para empezar)  de desmontar la agenda del teleperiodismo del Norte. Dicho de otro modo, ellos colocan la agenda y nosotros “volamos” a desmontarla, a buscar nuevas interpretaciones en el mejor de los casos, a dar explicaciones, cuando mucho nos han rebajado la autoestima.

Intentamos parecernos para “ser” más contemporáneos. Traspolamos formas que implican contenidos. Esa es nuestra flaqueza y, paradójicamente, el nicho de donde pueden brotar -y de hecho vienen naciendo- nuestras potencialidades.

¿Qué significa agenda propia en nuestro teleperiodismo?

Democratización, apropiación tecnológica, construcción de contenidos con la participación popular, respeto por los públicos y sus intereses, expresión cultural de nuestra historia, sociedades y saberes y, en ello imbricado, nuestro “tempo”, modo de decir, maneras de sentir, exploración y profundización del pensamiento y sus complejas e inusitadas variables en Latinoamérica. Es también formación consciente de valores identitarios, patrones anticonsumo, voz crítica y movilizadora del entorno.  Todo eso falta en el “modelo” del teleperiodismo del Norte.

Si a la  realización audiovisual nos aproximamos desde mirada propia, como ha expresado el cineasta y teórico cubano Julio García Espinosa, “la forma no es adorno ni plumaje, conceptúa el tema, lo define”.

Asumo que el teleperiodismo se plantee el uso de los recursos audiovisuales para (in)formar, experimente visualmente en coherencia con los contenidos, aproveche las imágenes-imaginación, profundice y contextualice para asegurar la comprensión cabal e implicación del acontecimiento y otorgue la palabra a los protagonistas de este tiempo: aún somos homo sapiens.

 

LA CULTURA DEL PERIODISMO CULTURAL

LA CULTURA DEL PERIODISMO CULTURAL

Lic. JORGE LUIS RODRÍGUEZ GONZÁLEZ,
periodista del diario Juventud Rebelde,
profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
jorgeluis@jrebelde.cip.cu

Desde los mismos orígenes del Periodismo como fenómeno de comunicación social, la cultura ha sido uno de sus campos temáticos de mayor interés. En la actualidad no existe un periódico o una revista que no contenga entre sus páginas una sección de cultura; o una emisora radial o un canal de televisión que no dedique algún espacio de su programación a la difusión de la actividad cultural, ya sea a través de programas, periodísticos o no, dedicados completamente a esta área del saber y hacer; o incluyendo sus contenidos en los espacios informativos.

Uno de los problemas fundamentales que afronta una conceptualización del periodismo cultural es precisamente la confluencia y a la vez contradicción que encierran dos conceptos cardinales como son el de periodismo y el de cultura. Las preocupaciones teóricas son muchas: ¿qué entender por periodismo cultural?; ¿qué concepto de cultura subyace en esta especialidad periodística, tanto en la elaboración teórica como en la práctica profesional de los medios de comunicación?

Y es que la sola enunciación de este sintagma encierra varias contradicciones y disyunciones que “exigen un modo de acercamiento más tentativo y cauteloso que el requerido por otros géneros y productos del campo periodístico. Porque se involucra y al propio tiempo se excluye, la aproximación debe ser matizada, sin eludir ni sobredimensionar la naturaleza del dilema, esa constante pendulación entre dos modos de ver (complementándolos o enfrentándolos) los términos periodismo y cultura.” [Rivera, 1995: 9-10]

Cultura

Aunque ya en la filosofía antigua se encuentran los primeros esfuerzos por conceptualizar  la cultura, no es hasta finales del siglo XIX en que comienza a insertarse como una de las preocupaciones más trascendentales del pensamiento intelectual y científico.

“El interés por la cultura parte de que no es posible explicar el comportamiento humano sin tener en cuenta que los actores sociales, además de posiciones en redes y estructuras, además de individuos racionales y maximizadores, son agentes productores de significado, usuarios de símbolos, narradores de historias con las que se producen sentido e identidad”. [Basail y Álvarez, 2004: 26]

De esta manera se desarrollan dos perspectivas fundamentales para abordar la cultura, que llegan incluso a nuestros días: una restrictiva, la humanista - o lo que John B. Thompson (1991) denomina concepción “clásica”; y otra mucho más amplia y abarcadora, la antropológica. Aunque otras ciencias sociales como la Sociología y las Ciencias de la Comunicación también se interesarían por lograr una definición que se adecuara a sus metas como ciencia.

Una definición elitista

La concepción humanista de la cultura, denominada así por Fisher, comienza a emerger desde fines del siglo XVIII impulsada principalmente por la Ilustración francesa y con su base fundamental en la cultura vista desde una perspectiva ideal, pues la define como “el cultivo de la mente humana y de la sensibilidad”, lo cual sólo es perfectible a través de la educación.

El concepto de cultura sólo asume, entonces, a los “trabajos y práctica de actividades intelectuales y específicamente artísticas, como en cultura musical, literatura, pintura y escultura, teatro y cine" [Williams, 1976]. Se es más culto en la medida que se cultiven las manifestaciones más refinadas del espíritu y la creatividad humana en las bellas letras y artes.

Según Fischer, las personas cultas son aquellas que han desarrollado "sus facultades intelectuales y su nivel de instrucción. En este sentido la noción de cultura se refiere a la cultura del alma (cultura animi, Cicerón) para retomar el sentido original del término latino cultura, que designaba el cultivo de la tierra." [Austin Millán, 2000]

Otro de los supuestos fundamentales de esta concepción es el carácter selectivo que le confiere a la cultura en tanto por ésta sólo se va a entender a determinadas actividades humanas, o a la obra humana creativa, superior, excelsa, muy refinada estéticamente  que sólo algunas personas con la sensibilidad y el buen gusto por “lo mejor que ha sido pensado y conocido” en el arte, la literatura, la historia, la filosofía, actividades humanas que se según esta perspectiva entran en la cultura.

Los productos culturales o las obras que no reúnan estos requisitos de filtro quedan fuera de la cultura; es decir de la alta, legítima y refinada cultura, para conformar lo que se denomina baja cultura, cultura popular (García Canclini), cultura de masas (Edgar Morin) o seudocultura (Basail y Álvarez, 2004). De esta forma, la concepción humanista se constituye en un mecanismo jerarquizador y estratificador puesto que las personas cultas serán la élite y “la nobleza o prestigio de la actividad y la nobleza o excelencia del resultado consagran la nobleza y el estatus  del individuo y del grupo social que las producen  o las consumen.” [Basail y Álvarez, 2004: 27]

El concepto abre sus horizontes: visión antropológica

A mediados del siglo XIX, y conviviendo con la visión humanista, surge la Antropología, ciencia que se dice “se organizó alrededor del concepto de cultura” [Geertz, 1987, citado por María Rosa Neufeld, en Basail y Álvarez, 2004: 57], el cual aún hoy sigue siendo una de sus principales razones de ser.  El objetivo inicial fue caracterizar y analizar los diferentes pueblos -los “otros” ajenos y muy por debajo del nivel de la Europa Moderna-, en cuanto a cuestiones culturales como sus costumbres, tradiciones, religiones, mitos, historias, que, como todo lo novedoso y exótico, se revelaban como una misteriosa y atrayente realidad para el pensamiento occidental moderno.

Es así como comienzan a aparecer conceptos integradores  de la cultura que recogen toda esta serie de prácticas y fenómenos diversos, pero que en su contexto se revelan como comunes a todas las civilizaciones.

El más emblemático de estos conceptos dentro de las Ciencias Sociales es el del inglés Edward B. Taylor (1871) que reconoce a la cultura como un “todo complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, ley, costumbres y toda otra capacidad y hábitos adquiridos por el hombre en tanto miembro de una determinada sociedad”. [Citado por Neufeld, 1996, en Basail y Álvarez, 2004: 64]. Esta definición, fiel exponente del enfoque evolucionista, se ha sintetizado en la aseveración de que la cultura incluye toda clase de comportamiento aprendido.

Muchas y diversas han sido las definiciones antropológicas que sobre la cultura se han esbozado desde el clásico Taylor hasta nuestros días, aunque su denominador común ha sido la referencia globalizadora de “totalidad de modo de vida de un pueblo”, lo cual permitió mirar hacia la variedad y riqueza culturales de todas las comunidades. Por otra parte, y siguiendo esta línea, su mayor importancia y valor radica en que reconoce la presencia de tres elementos fundamentales en la cultura:

“En primer lugar, su universalismo: todos los hombres tienen culturas, lo cual contribuye a definir su común carácter humano. En segundo lugar, está el énfasis en la organización: todas las culturas poseen coherencia y estructura, desde las pautas universales comunes a todos los modos de vida (por ejemplo, las normas sobre el matrimonio, que imperan en toda cultura) hasta los modelos peculiares de una época o lugar específicos. En tercer lugar, el reconocimiento de la capacidad creadora del hombre: cada cultura es un producto colectivo del esfuerzo, el sentimiento y el pensamiento humanos (…).” [Valentine G., 1972; citado por Neufeld, 1996, en Basail y Álvarez, 2004: 57-58]

“Para la antropología cultura es todo, de manera que cuando un antropólogo llega a una etnia, a una tribu primitiva que cultura es tanto la forma del hacha como el mito, la maloca -su hábitat- como las relaciones de parentesco, tan cultura es el repertorio de las plantas medicinales. Para el antropólogo, pues, cultura es todo.” [Martín Barbero, 1999]

Muy distinto al etnocentrismo de la cultura humanista, uno de los pilares de la Antropología lo fue, y lo es, el  relativismo cultural, que no es más que el reconocimiento de una pluralidad de culturas, de comunidades y pueblos con costumbres y valores igualmente válidos. Para esta disciplina no existen los grados de lo cultural, sino que todos “los hombres tienen cultura por igual”.

Así lo refleja Ralph Linton (1971) cuando expresa que no existen sociedades ni individuos que carezcan de cultura. Toda sociedad posee una cultura,  por muy sencilla que sea y el ser humano es culto en el sentido de que es portador de una u otra cultura.” [Citado por Ron, 1977: 27] Linton se está refiriendo a la cultura en general como a la forma de vida de cualquier sociedad, y no simplemente como las zonas que la misma sociedad considera como más elevadas o deseables.

Es precisamente esta cualidad de estudiar al hombre y sus conductas independientemente de su origen lo que convierte a la antropología en una ciencia holística.

“Sin lugar a dudas, la Antropología fue la ciencia que articuló con mayor grado de plausibilidad sus discursos y prácticas profesionales alrededor del eje o concepto cultura, aunque la entendiera como “otra” y “exótica” y derivara hacia el “culturalismo” y el “relativismo”.  Esta ciencia defendió la autonomía de la cultura y sin dejar de verla como interdependiente, le dio universalidad, carácter inclusivo y  extendió el alcance del análisis cultural a múltiples áreas del quehacer humano: el deporte, el ocio, la vida cotidiana, la cocina, la política, la empresa, la organización, etc., entran ahora en el campo de investigación de los estudios culturales.” [Basail y Álvarez, 2004: 28]

Ya después de la segunda mitad del siglo XX, la antropología presenta nuevas definiciones sobre la cultura. Entre ellas se destaca la clásica conceptualización del pensamiento latinoamericano de Adolfo Colombres, para quien la cultura es “el producto de la actividad desarrollada por una sociedad humana a lo largo del tiempo, a través de un proceso acumulativo y selectivo” [Colombres, 1987, citado por Villa, 1998]

Se produce una redefinición en el término cultura como “el sentir de una comunidad”, constituyéndose en una categoría ontológica, pues refiere un ser inserto en una comunidad y la posibilidad de ese ser en cuanto interactúa con otros.

Así lo demuestran las palabras de Catalina González que hablan de la cultura “como modo de ser de un grupo social, manera de pensar, sentir y creer, saber almacenado (sin dejar por fuera la racionalidad), conducta, historia legado, normatividad. Como consecuencia, se hace posible pensar en una cultura popular o un arte popular, términos que en la ilustración se contradecían.” [Citado por Villa, 2000]

Visión sociológica

Con la emergencia de la ciencia sociológica, el proyecto de la modernidad comenzó a ser estudiado a través de sus propios procesos o movimientos culturales. Pensadores clásicos como Karl Marx, Max Weber, Emile Durkheim hicieron énfasis en la cultura vista como un proceso social que produce diferentes tipos de sociedades, formas de pensar y estilos de vida.

Una de las constantes de la Sociología ha sido el concebir a la cultura como un proceso social creador y constitutivo de “culturas” específicas con un énfasis en la producción social material. Por ejemplo, Marx teorizó sobre el papel que desempeña la cultura y la ideología en la permanencia de un orden social y sus estructuras de control y dominación; o sea su papel como garantizadora del orden y el equilibrio sociales.

Esta ciencia estudia a la producción y las prácticas culturales como procesos sociales, y no solo como  normas y valores. En ella se incluyen a los “los capitales simbólicos, los significados y los valores socialmente compartidos por actores sociales de diverso tipo, expresados en sus tradiciones, mentalidades, prácticas y/o instituciones sociales, en los modos en que piensan y se representan a sí mismos, a los hechos o productos culturales, a su contexto social y al mundo que los rodea.” [Basail y Álvarez, 2004: 36]. La cultura se construye diariamente en el complejo entramado de relaciones sociales que se establecen entre estos agentes sociales, y de manera recíproca tiene sus efectos en estas mismas instituciones.

Así, García Canclini [1995: 59] conceptualiza a la cultura como un proceso de producción: “No pensamos que la cultura sea un conjunto de ideas, de imágenes, de representaciones de la producción social, sino que la cultura misma implica un proceso de producción.”

“Ahora bien, –continua Canclini– ¿producción de qué tipo de fenómenos? Fuimos asimilando cultura con procesos simbólicos y, por lo tanto, hacemos aquí una restricción respecto del otro uso que la antropología ha establecido de la cultura con estructura social o con formación social: la cultura como todo lo hecho por el hombre.”

Al concebir a la cultura como un proceso social de producción, Canclini se opone a las concepciones de la cultura como expresión y creación del espíritu humano o como manifestación ajena, exterior y ulterior, a las relaciones de producción (simple representación de ellas).

Esta definición destaca la fuerte interrelación entre cultura y sociedad. La cultura es para Canclini un nivel específico del sistema social. “Toda producción significante (filosofía, arte, la creencia misma) es susceptible de ser explicada en relación con sus determinantes sociales. Pero esa explicación no agota el fenómeno. La cultura no sólo representa la sociedad, también cumple, dentro de las necesidades de producción de sentido, la función de reelaborar las estructuras sociales e imaginar nuevas. Además de ‘representar’ las relaciones de producción, contribuye a ‘reproducirlas’, ‘transformarlas’ e ‘inventar’ otras.” [Canclini, 1989: 42-43]

O sea, para la Sociología la cultura no constituye un campo autónomo sino que lo cultural y lo social se constituyen recíprocamente “La cultura es constitutiva de la sociedad y constituyente de las relaciones sociales. La sociedad es más que cultura pero es un hecho profundamente cultural.” [Basail y Álvarez, 2004: 38]

Dentro de esta ciencia social se destaca la Sociología de la Cultura, la cual trata de desentrañar las relaciones que se establecen entre los productos culturales y sus destinatarios, así como el contexto en el que se produce esta relación; es decir, los procesos de producción (social y material), circulación y consumo de los bienes simbólicos. Aquí cobra mucha importancia el legado marxista de introducir en este tipo de análisis cultural a las determinaciones económicas.

Un ejemplo de lo anterior es la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, quien retomando las ideas marxistas de que la sociedad es una estructura de clases sociales y una lucha entre las mismas, se dedica a investigar los sistemas simbólicos y las relaciones de poder, así como los vínculos entre producción, circulación y consumo de los bienes simbólicos.

Esta disciplina trata de ver a la producción cultural como un proceso social y material. Es decir, cómo los significados y valores simbólicos son producidos y compartidos por los diferentes actores sociales. El proceso de apropiación, compartimiento y legitimación de estas formas simbólicas se expresa a través de “las tradiciones y prácticas sociales en sus mentalidades, en los modos en que piensan y se representan a sí mismos, a los hechos o productos culturales, a su contexto social y al mundo que los rodea.” [Basail y Álvarez, 2004: 52]

El proceso de consumo de estos capitales simbólicos se produce de manera desigual entre grupos sociales e individuos. Por ello, la sociología de la cultura hace énfasis también en la lucha que se produce, por dichos capitales, entre los distintos campos culturales y entre las fuerzas internas de dichos campos, en los que se produce y reproduce estas formas simbólicas motivos de disputa.

Cultura y Periodismo

Como ya anunciamos al inicio de este artículo, y como se ha podido demostrar con la presentación sucinta de las principales posturas que sobre la cultura han esbozado las diferentes ciencias sociales, la cultura y el periodismo comprenden dos campos bastante amplios que semántica e históricamente encierran una gran relación.

Por otra parte, si tenemos en cuenta las condiciones histórico-sociales en que surge el periodismo, así como sus objetivos y procedimientos, no nos puede caber la menor duda de que todo periodismo es un fenómeno cultural. También podría hacernos pensar en que este tipo de periodismo tendría que abarcar todos los campos del saber.

No podemos olvidar que el Periodismo tiene sus orígenes en el siglo XVIII. El profesor español  Bernardino M. Hernando [1999: 130] se refiere al Periodismo como uno de los frutos más significativos de la Ilustración, movimiento que encuentra en la forma de expresión periodística un vehículo ideal a su afán de difundir los conocimientos.

“Los ilustrados no pueden limitarse a la cultura tradicional del libro y la enseñanza, cuyas estrecheces propenden ‘al dogmatismo y a la parálisis intelectual’ – refiere el profesor español citando a Francisco Sánchez-Blanco (La mentalidad ilustrada, 1999) - . La Ilustración crea al Periodismo y es recreada por él. La simbiosis Ilustración/Periodismo amplía horizontes, está atenta a los saberes extranjeros, los acerca al público que ya no es el selectísimo público lector de libros sino el cada vez más extenso lector de papeles periódicos.” [Hernando, 1999: 130-131]

El hecho de que desde sus orígenes el Periodismo haya tenido como principal objetivo la formación y educación de sus usuarios induce al profesor español Francisco Rodríguez Pastoriza afirmar que el Periodismo “nació como un género cultural antes de que fuese clasificado en cualquiera otra de las facetas informativas que hoy lo caracterizan. (…) Aún en la actualidad, es de manera destacada una forma de cultura porque en gran medida la difunde y la fomenta, la recrea y la crea y, además, termina por convertirse siempre en documento para la historia, otra de las grandes manifestaciones de la cultura.” [Rodríguez Pastoriza, 2006: 9]

Así mismo, el profesor Iván Tubau (1982), en su obra Teoría y práctica del periodismo cultural, señala: “Es difícil distinguir dónde deja de difundirse cultura y cuando empieza a hacerse cultura (…). El periodismo es cultura: no sólo la transmite, también la crea y la produce. Los medios de comunicación de masas son incluso la cultura más característica y definitoria de nuestro tiempo. Pero es una cultura que no tiene como objetivo primario e inmediato la formación de la persona, sino que esto lo alcanza de modo subsidiario, pues su fin intrínseco es dar información y transmitirla”. [Rodríguez Pastoriza: 2003: 50]

Sea relacionada la cultura con las bellas artes y la erudición, o de manera mucho más amplia sea relacionada con el patrimonio histórico de los pueblos, sus costumbres, ideas, hábitos o con las instituciones que las sociedades han creado para asegurar la convivencia de sus miembros, lo cierto es que el Periodismo o los medios de comunicación se constituyen en una institución social más que, al igual que otras como la familia y las instituciones educativas, se encarga del desarrollo cultural, ya sea de manera positiva o negativa, en la medida de que diariamente brindan información y conocimientos que enriquecen el patrimonio personal y social de los miembros de una sociedad. Y no sólo eso, sino que pueden y deben propiciar las herramientas que orienten a los seres humanos en la búsqueda de la posibilidad de ser cada vez una persona más instruida  y completa.

“Lo paradójico es que mientras para el público el periodismo es cátedra, en realidad la tarea periodística apenas sirve de guía, proporciona elementos, facilita su examen y puede convertirse en un gran divulgador de doctrinas, pero no crea ideas, ni organiza los sistemas. Y en el común denominador de lo que generalmente se entiende por cultura:

(…) la función que cumple el periodismo cuando proporciona nuevos conocimientos sobre el progreso de las ciencias y las nuevas proyecciones de la tecnología, o refleja la dimensión que los grupos humanos dan al derecho, la moral, los hábitos, las creencias, etc. No es otra que la de proporcionar cultura o valores culturales.” [Filippi, 1997: 88]

Otro matiz de la estrecha relación entre ambos términos – cultura y periodismo- es que la cultura es también producción simbólica de una sociedad. Y el periodismo, si traemos a colación cualquiera de sus definiciones tradicionales, tiene “…la función social de recoger, codificar y transmitir, en forma permanente, regular y organizada, por cualquiera de los medios técnicos disponibles para su reproducción y multiplicación, mensajes que contengan información para la comunidad social, con una triple finalidad: informar, formar y entretener.” [Castelli, 1993, en Villa, 2000]

Esta definición nos revela el mecanismo mediante el cual funciona el periodismo como institución social: el periodista como recolector y codificador de información; el medio de comunicación como canal de transmisión, publicación o circulación de la materia informativa, teniendo en cuenta sus tres primordiales funciones (informar, formar y entretener. Y esa información que nos sirven diariamente los medios de comunicación en virtud de sus funciones sociales, se traduce en “capital simbólico” (información, formación y entretenimiento), o como lo llama Rivera [1995: 16] “capital cultural objetivado de una sociedad”.

O sea, que el periodismo puede ser visto como cultura, en tanto ambos campos cumplen iguales funciones: la producción y reproducción simbólicas de una sociedad.

Por otra parte, bien singulares son los aportes del sociólogo francés Pierre Bourdieu (1990), para quien la sociedad está constituida por campos, entre los cuales se encuentra el campo periodístico, el político, el cultural, el de la religión, entre otros. Los campos tienen una relativa autonomía pues entre ellos existen estrechas relaciones. Por ejemplo, el campo literario puede estar fuertemente determinado por el campo económico, el político y el intelectual. También, el campo periodístico, específicamente los medios de comunicación, es influenciado por los campos económico y político.

Para Bourdieu (1990), los campos son espacios sociales estructurados, en el que las fuerzas que lo componen – dominantes y dominados –, con sus consiguientes relaciones de desigualdad, luchan por transformar o mantener este campo de fuerzas y sus propiedades. Sus dos elementos constituyentes son la existencia de un capital simbólico común y la lucha por su apropiación.

A su vez, muchos campos pueden ser considerados subcampos de otros. De esta forma, el periodismo puede ser considerado un subcampo del espacio cultural. Esta relación se explica mejor si tenemos en cuenta que el campo cultural está integrado por una serie de instituciones y agentes interrelacionados que ocupan dentro del mismo diferentes roles como el de la producción, reproducción y difusión de los bienes culturales de una sociedad. Y el periodismo, específicamente el periodismo cultural, asume los roles de reproductor y difusor de estos bienes, e incluso puede llegar a tener un papel de productor. 

Por ejemplo, a través de cualquiera de las formas expresivas del periodismo (información, reportaje, crónica, reseña, comentario, crítica, entre otros) que se utilicen para abordar una obra, el periodista la está incluyendo entre los bienes simbólicos que deben ser consumidos o al menos pensados por la audiencia. Y, fundamentalmente  a través del ejercicio de la crítica y la opinión culturales, géneros en los cuales se destacan los valores de la obra, el periodista está brindándole al receptor las estrategias y las armas para su lectura; o lo que es lo mismo, está facilitando su proceso de circulación y consumo.

El Periodismo, en conjunción con otras instancias como las universidades y academias, se convierte en un espacio legitimador de la cultura. Como bien asegura la profesora e investigadora argentina Silvia N. Barei (1999), “(…) el periodismo se erige en atribuidor y distribuidor de este derecho sobre la base de reglamentaciones, prescripciones, privilegios y omisiones que definen espacios de saber y redes concretas de circulación de los textos artísticos y los discursos sobre ellos. Pareciera entonces que ningún texto se hace visible socialmente si en algún momento la crítica de los medios no se ocupa de él.”


Periodismo cultural

En la medida que el concepto de cultura no fue estático y su significación fue abriendo o cerrando sus límites, así mismo ha ocurrido con lo que se ha dado en denominar periodismo cultural.

El Periodismo, como ha de suponerse teniendo en cuenta esa amalgama semántica que forma con la cultura –periodismo cultural- ha puesto y quitado su mira en y de determinadas zonas en consonancia con las principales perspectivas que sobre la cultura han emergido a lo largo del desarrollo de la humanidad. Por supuesto, de la humanidad que ya contaba con el periodismo.

Aunque muchas han sido las disciplinas que han conceptualizado la cultura, las más antagónicas resultan ser las perspectivas humanista y antropológica. De manera que también se destacaron dos grandes formas de entender y ejercer el periodismo cultural, siempre en función del concepto de lo cultural al que se adhirieran.

Es así como podemos hablar de un periodismo cultural para el cual sólo iban a ser de interés las más refinadas producciones del espíritu humano; o sea, el campo de las “bellas letras” y las “bellas artes”; y que por consiguiente estaría dirigido a un público selecto y minoritario consumidor de estas depuradas manifestaciones artísticas y literarias. Otro sería mucho más abarcador, pues acogería en su definición a las integradoras perspectivas de la antropología cultural, desde la clásica de Taylor en 1871 hasta otras más modernas como las de Boas o Linton como resultado del desarrollo que experimentó la ciencia antropológica en el siglo XX. 

El periodismo cultural al que sólo le interesaban las actividades y productos ilustrados estuvo muy presente en medios específicos que servían los más refinados manjares del arte a su limitado número de consumidores; mientras que el segundo difundió su cultura en la mayoría de los medios. Es necesario aclarar que aunque ambas visiones tuvieron su momento histórico, ya hoy conviven.

Un ejemplo de ello son aquellas publicaciones excesivamente especializadas en arte y literatura y otras mucho más ligeras (suplementos de espectáculos, revistas de divulgación, colecciones fasciculares, entre otras) que contienen amplias y variadas ofertas culturales no reconocidas por las ilustradas, y entre las que también se pueden encontrar algunas temáticas que en un primer momento sólo correspondían a los más selectos medios. 

Quizás el primer ejemplo de un periodismo cultural dirigido exclusivamente a los aficionados de las artes, las ciencias y la literatura, aunque con un concepto de cultura abarcador, lo encontramos en el periódico francés Journal des Servants, conocido como “el primer periódico científico informativo”, en el que los científicos e intelectuales comunicaban sus hallazgos en el terreno de las ciencias y sus opiniones; además de dedicarle también un espacio a la crítica literaria. [Acevedo, 2000: 30]

No obstante  las diferentes visiones de la cultura que se encuentran detrás del periodismo cultural o de determinados medios que se interesan en este campo, las actividades y los productos que históricamente por su modo de producción, consumo y recepción se han considerado culturales, son aquellos que se encuentran dentro de los marcos de la concepción cerrada, elitista y restringida de “las bellas artes y letras”. Aunque también no es menos cierto que con el desarrollo de la humanidad, la emergencia de nuevas disciplinas científicas y sociales, y el surgimiento y evolución de nuevas formas de creación espiritual, el campo cultural ha abierto sus horizontes y ha legitimado como arte a algunas de esas manifestaciones.

Es así como un terreno que desde sus inicios estuvo consagrado a la filosofía, la literatura, el teatro, la escultura, la pintura y la arquitectura, ahora asume dentro de él a otras tan antiguas también como la danza, la artesanía y a las más emergentes y novedosas dentro de la evolución histórica de las sociedades como el cine, aunque como siempre, no todos los productos van a ser considerados como puro arte o refinada expresión del espíritu humano; y para determinar esa cualidad están los patrones o filtros, los cuales no son estáticos sino que varían en función del contexto.

Al respecto, Bourdieu diferencia tres campos dentro de la cultura: el campo de la cultura consagrada, en el que se incluyen las artes plenamente consagradas como el teatro, la escultura, la pintura, la literatura o la música clásica, que se encuentran legitimadas por instituciones culturales como la universidad, las academias, los centros culturales y las publicaciones especializadas; el segundo campo corresponde a las manifestaciones legitimables, como el cine, el jazz o la fotografía; mientras que el tercer espacio es la esfera de lo arbitrario donde conviven expresiones como la decoración, el diseño y la moda, en las que intervienen instancias no consagradas de legitimación como la publicidad, los creadores de la alta costura, los rankings, entre otros.

Teniendo en cuenta estas peculiaridades del campo cultural, y aunque anteriormente haya asumido que el periodismo es por su naturaleza cultural, en la práctica no es asumido así, sino que históricamente el periodismo cultural ha sido esa “zona muy compleja y heterogénea de medios, géneros y productos que abordan con propósitos creativos, críticos, reproductivos o divulgatorios los terrenos de las “bellas artes”, las “bellas letras”, las corrientes del pensamiento, las ciencias sociales y humanas, la llamada cultura popular y muchos otros aspectos que tienen que ver con la producción, circulación y consumo de bienes simbólicos, sin importar su origen o destinación estamental.” [Rivera, 1995: 19]

Así, ampliamente, define el profesor y periodista argentino Jorge B. Rivera al periodismo cultural, del cual excluye, aunque también estén presentes en las publicaciones periodísticas, a los textos específicamente literarios ya que sus formas lingüísticas y retóricas, así como sus objetivos tienen su propia tradición cultural y equidistan de los del periodismo.

Sin embargo, la presencia de estos textos en muchas de las publicaciones del periodismo cultural, como bien asegura Rivera, es uno de los factores que complejiza el abordaje del fenómeno pues se tiende a no delimitar bien los límites entre literatura y periodismo.

“Convencionalmente se admite que un poema o un cuento incluido en una revista o un suplemento no poseen el estatuto ‘periodístico’ que sí se confiere a una nota de divulgación, a una reseña bibliográfica e incluso un ensayo, aunque en este último caso (…) la atribución posea ya una gran labilidad.

(…) los textos literarios de creación son insumos empleados por la prensa cultural, pero que sólo la definen de modo parcial. Tan parcialmente, por lo menos, como el empleo exclusivo de insumos informativos.” [Rivera, 1995: 20] 

Martínez Albertos también hace referencia a la confluencia de textos periodísticos y literarios en las secciones culturales de los periódicos, a las que denomina con el término folletón, utilizado como galicismo, vocablo utilizado anteriormente por Ortega y Gasset para referirse a la sección de crítica literaria de los periódicos. 

El folletón, según Martínez Albertos, agrupa variados géneros y estilos: “Dentro de esta sección caben de hecho todos los géneros periodísticos: noticias de hechos culturales en forma de información, reportajes, entrevistas, crónicas y comentarios. Caben también  unas manifestaciones no propiamente periodísticas del estilo ameno: trabajos de creación literaria –cuentos, novelas, ensayos doctrinales, narraciones de ficción…- o dibujos, chistes, fotografías, crucigramas y pasatiempos de cierto tono erudito o cultural.” [Martínez Albertos, 1991: 391]           

Gargurevich [1989: 115] reconoce tres acepciones al folletón: una para asignar a la sección del periódico dedicada al entretenimiento, otra para los relatos publicados en serie, y una última que lo consideraba como estilo de redacción superficial. Fue precisamente la primera de estas acepciones la que con el transcurso del tiempo se convirtió en la página o sección cultural.

A pesar de la gran variedad de opciones de entretenimiento de estas secciones, causa fundamental por la cual se considera que predomina en ellas un estilo ameno, para Martínez Albertos  lo más trascendente del folletón es el ejercicio de la opinión sobre las novedades de la vida cultural e intelectual, apreciable en secciones especializadas, de presencia regular, en las cuales se pueden encontrar críticas de arte, de cine, de teatro, de libros, de música, entre otros temas.

Esta impronta de la literatura en el periodismo cultural de los medios impresos sigue estando en definiciones de otros autores. Mary Luz Vallejo Mejía, citando a Cesar Antonio Molina, se refiere al fenómeno como prensa literaria cuya función fundamental es “la divulgación, la crítica y la creación literarias (…)”, y dentro de la misma destaca cuatro grandes grupos: periódico de las letras, revistas, suplementos literarios y páginas culturales de la prensa diaria.” [Citado por Villa, 2000]

Otro de los fenómenos que podríamos agregar es el de los suplementos culturales, los cuales se definen como una especie de separata del corpus central de los diarios tanto en contenidos como en cuestiones organizativas y directivas, pues generalmente sus redactores no son los mismos del diario, al igual que su director. Incluso su perfil editorial puede no coincidir con el del periódico del que forma parte. En estas publicaciones el tratamiento de la información cultural es diferente al de las secciones culturales de los diarios, pues no están sometidos a la inmediatez periodística de estos. Ello implica que sus páginas den una mayor cabida a la opinión y críticas culturales, e incluso a textos literarios como cuentos y poemas, por ejemplo, lo cual fomenta aún más los lazos entre periodismo y literatura.

El fenómeno de los suplementos culturales ha originado que se produzca, no sólo una mayor especialización en los periodistas que conforman su equipo de redacción, sino una subespecialización temática, es decir que cada periodista, además de tener conocimientos generales sobre arte y cultura, debe dedicarse al estudio y la especialización en una temática específica (literatura, cine, televisión, plástica, etc.).

La relación entre periodismo cultural y literatura, tan presente en los suplementos culturales, obedece también a que desde su génesis hasta la actualidad este campo del periodismo ha sido ejercido mayormente por escritores o literatos que le han impuesto al mismo el sello de…. De hecho, el periodismo cultural es asumido por muchos profesionales que aspiran a la condición de escritores, como uno de los caminos más cortos y seguros.

Así lo asegura el narrador y periodista argentino Carlos Dámaso Martínez al expresar que el periodismo cultural es para un escritor “un campo de aprendizaje, una actividad de experimentación de sus gustos estéticos, de adquisición de ciertos saberes y estrategias de escritura que más tarde o paralelamente  se ponen en juego en su producción creativa, crítica o ensayística. Este es el modelo que, consciente o por lo general de una manera más inconsciente, un escritor encuentra cuando escribe notas, reseñas o reportajes para el suplemento cultural de un diario o para la sección de una revista.” [Dámaso, en Rivera, 1995: 193]   

Por su parte, la profesora argentina Silvia N. Barei (1999) analiza el periodismo cultural, especialmente tomando como unidad de análisis a la crítica, desde una perspectiva a la que denomina “funcional”, o sea desde el punto de vista de las funciones que desempeña este tipo de periodismo dentro del gran campo cultural. Aunque el estudio de Barei toma como referencia la prensa plana, su análisis sobre las funciones que cumple el periodismo cultural dentro del campo de la cultura es extensivo a los demás medios (radio, televisión, internet, cine)

Los distintos medios de comunicación donde se practica el periodismo cultural o aquellos que son meramente especializados en cultura y arte, se insertan dentro del sistema de la cultura o campo cultural como mediadores entre el proceso de circulación de los bienes simbólicos de una sociedad y el proceso de recepción de los miembros de esa sociedad, así como en agentes transformadores de ese campo en tanto el periodismo cultural va a ser el medidor crítico de esa producción cultural.

Entre las distintas funciones que Barei (1999) concede al periodismo cultural como espacio ya canonizado por “las prescripciones y reglamentaciones sociales” propias del periodismo, se encuentran las siguientes:

1- Influir en  la circulación de los bienes simbólicos en la medida en que emerge como la voz que dará cuenta críticamente (favorable o desfavorable) de esos acontecimientos culturales (literatura, cine, teatro, espectáculos, exposiciones, conciertos, programas musicales). “Pareciera entonces que ningún texto se hace visible socialmente si en algún momento la crítica de los medios no se ocupa de él”. En este sentido Barei cita a Luz María Vallejo Mejía (1994) quien afirma que “(…) sin una reseña laudatoria en el famoso suplemento literario The New York Times Book Review, especie de biblia de la alta cultura y del mundo literario norteamericano, es difícil colocar un libro en el mercado (…)".

2- Determinar en qué forma de expresión (género periodístico) será abordada en la sección o el segmento cultural del medio el acontecimiento cultural. Aclarar que el tipo de discurso (entrevista, crónica, comentario, crítica, ensayo) que se haga eco de cualquiera de estos hechos entraña en sí mismo un grado de jerarquización. Evidentemente un hecho cultural al que el medio o el periodista dediquen una crítica es más relevante que aquel al que apenas se le dedique una información, y esa escala de jerarquía es asumida también por los receptores.

3- “Delimitar el espacio textual en el que ha de publicarse (suplemento, páginas especiales) y por lo tanto, en qué términos se relaciona con los textos de la misma página o del periódico todo.” En el caso de los medios audiovisuales se traduce en el tiempo de duración que ocupan determinadas informaciones culturales en un espacio informativo que de por sí ya es pequeño en función de que aún la cultura no es considerada como un área capaz de generar las denominas noticias “duras”, por lo que la presencia del periodismo cultural en un noticiero es muy reducida y en ocasiones puede llegar a ser omitida.

4- “Instaura reglas constitutivas de los textos, una tópica y una retórica, procesos de enunciación propios del periodismo especializado y de formas de modelización del sujeto receptor.”

5- “Deja traslucir un discurso histórico que muestra las directrices fundamentales de las ideologías sociales en pugna, en tanto voces ocultas tras un tipo de saber especializado, pero fuertemente reglado por la economía de mercado.”

La asunción de un concepto

Luego de haber hecho un recorrido por algunas concepciones básicas para emprender este estudio, asumimos que los conceptos que en torno al periodismo cultural se han esbozado en varios de los autores y estudios citados resultan insuficientes para la perspectiva que pretendemos asumir, pues olvidan cuestiones cardinales dentro del concepto de cultura.

La definición de Iván Tubau es sumamente ambigua al referirse al periodismo cultural como “la forma de conocer y difundir los productos culturales de una sociedad a través de los medios masivos de comunicación" (Tubau, 1982, en Villa, 2000).

Por su parte, el argentino Jorge Rivera, teniendo en cuenta el devenir histórico del periodismo cultural lo define como “una zona muy compleja y heterogénea de medios, géneros y productos que abordan con propósitos creativos, críticos, reproductivos o divulgatorios los terrenos de las bellas artes, las bellas letras, las corrientes del pensamiento, las ciencias sociales y humanas, la llamada cultura popular y muchos otros aspectos que tienen que ver con la producción, circulación y consumo de bienes simbólicos, sin importar su origen o destinación estamental.” [Rivera, 1995: 19]

Esta definición, aunque tiene en cuenta en gran medida el gran abanico de temas y preocupaciones del periodismo cultural, es demasiado amplia en cuanto a los soportes y medios en los cuales se va a expresar.

El análisis del periodismo cultural desde el punto de vista de su funcionalidad que realiza la profesora argentina Silvia Barei, aunque no expresa explícitamente un concepto de periodismo cultural, las funciones que le otorga a esta especialidad periodística dejan traslucir implícitamente una concepción bastante cerrada del periodismo cultural como la práctica encargada de la información, visibilidad y crítica de las producciones meramente artísticas. 

La presente investigación propone pensar el periodismo cultural como la práctica periodística especializada dedicada a la divulgación, información, y crítica de los productos culturales de una sociedad, tanto los referidos a las manifestaciones artísticas, incluidas las del registro culto y del popular, así como el desarrollo del pensamiento en torno a la cultura;  los procesos culturales, de formación de identidad, lo referido al patrimonio cultural tangible e intangible, y la lectura e interpretación de la realidad desde una perspectiva cultural.

Lo consideramos una práctica ya que una evaluación del periodismo cultural no debe referirse sólo al discurso periodístico, el resultado de un proceso, sino que también debe tenerse en cuenta los modos en que se construye, se lee y se interpreta la cultura en todo su abanico de posibilidades.

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