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OPUS HABANA Y LA EXALTACIÓN DE LA BELLEZA

OPUS HABANA Y LA EXALTACIÓN DE LA BELLEZA

MSc. EMILIO BARRETO RAMÍREZ,
Profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Desde que el debate de la postmodernidad insufla todos los resquicios productores de sentido, es ciertamente insólito hallar en la prensa cultural una declaración de principios que reivindique la belleza con un carácter programático. En la sociedad postindustrial muchos valores culturales de la Modernidad agonizan; otros se diluyen. El marcaje cultural de la postmodernidad está constituido por la iniciativa de los mass-media en tiempos de las autopistas de la información. Y ese marcaje cultural es la estetización difusa que publicita el universo del audiovisual: los vídeo clip, los reality shows, las top models, los top shows, alguna que otra vez los vídeo arte, la carnavalización de la imagen incluso frente al marketing político...

En fin, asistimos al reinado de la comunicación mediática sobre la base del todo vale, el hedonismo y la desacralización a ultranza. Ejemplos sobran. Traeré dos a colación: el empleo de la silicona como recurso para un presupuesto teórico del ideal del cuerpo femenino y la decisión de familias y amistades de dirimir rencillas, encontronazos y desacuerdos frente a las cámaras de televisión. Ya casi nadie quiere hablar de la belleza, de lo que es bueno y de cuánto tiene de verdadera la humildad para el recto andar por la vida.

Sin embargo, en el volumen X, número 2, correspondiente al bimestre noviembre 2006-enero de 2007, la revista Opus Habana, órgano de la Oficina del Historiador de la Ciudad, hace pública la siguiente afirmación: “Además de la restitución de los valores dañados por el tiempo, la obra de la Oficina del Historiador contempla la necesidad de la belleza, en la certeza de que ella reinsertará a la comunidad ante una nueva dimensión del futuro, como parte de un pueblo que ha perfilado sus signos de identidad y que los reconoce”. El fragmento reproducido es una porción de un gran dossier colocado en la sección “Plan Maestro”. A esta publicación me referiré en las líneas que siguen, siempre con la mediación del fragmento del texto, con naturaleza de programa, citado en el primer párrafo.

La cita en cuestión nos ubica ante un interrogante que, una vez respondido, fundamentará, más allá del regodeo visual que el lector pueda experimentar ante las páginas renacentistas de Opus Habana, el perfil editorial de esta publicación. La pregunta es la siguiente: ¿por qué es necesario afirmar, categóricamente, que la Oficina del Historiador de la Ciudad contempla la necesidad de la belleza en el resultado de la obra que realiza?

Primeramente, es imprescindible definir y sublimar el concepto belleza al modo de los tratados filosóficos que, en acuerdo de rectitud con la Estética, vista como disciplina académica, históricamente han enaltecido la triangulación de las categorías fundamentales: lo bello, lo bueno y lo verdadero. Pienso en autores como Lessing, Baumgarten, Kant, Hegel, Krause, Urs Von Balthasar, Adorno, Horkheimer, Banfi, Marchan Fiz, Bayer, Lotman, Mukarovski, Moravski, Kagan… Para estos instantes de definición de la conciencia estética es preciso sublimar todo el esplendor de las disquisiciones sobre el buen gusto, la belleza y el asidero ético que, en mi opinión, debe corresponderse con el acto de formular el juicio estético a la manera de una convicción existencial que contemple el goce estético no como una cosa del azar, sino en armonía con las relaciones sociales esplendentes y abiertas al universo-mundo, o sea, como un acto lúdico para canalizar el disfrute de los juegos, los hábitos, el entorno.

Opus Habana reconoce y redimensiona la necesidad de la belleza en relación directa con lo bueno que constituye la enseñanza y la divulgación del buen gusto. Opino, además, que interpreta lo verdadero en las raíces identitarias de un pueblo que está consciente de ellas. Esas raíces –afirma bien la revista en lo que, considero, es la declaración de un principio ético-estético que conmina a estas dilucidaciones–, se han perfilado un poco más en cuanto a signos, a sistemas de representación. El rescate, transfigurado por el aliento de una política cultural anclada en el talante de la Modernidad, nos ha devuelto la genuina Plaza Vieja, la Iglesia de Paula en todo su alcance comunitario y capitalino, y, más recientemente, el Colegio Universitario San Jerónimo: summun de lo bello, lo bueno y lo verdadero. Pudiera –y quizás debiera– extenderme en la ejemplificación.

Acaso con ese referente –propongo–, debe hojearse cada edición de Opus Habana. En ella el lector apreciará la uniformidad de un estilo gráfico de elegancia, de realce, de glamour poético que se concreta en el inteligente empleo del color, en la experimentación tipográfica y en el uso nada abusivo de las ilustraciones. Al mismo tiempo, se dará cuenta de la delicia que con toda seguridad constituye para la totalidad del colectivo editorial la exquisita aventura ecléctica que entraña la intención de procurar la conjugación armoniosa entre los diferentes estilos prosódicos, cuyas fronteras, en no pocas ocasiones, son francamente borrosas. Ello es buena muestra del concepto de armonía que predicaban los pitagóricos debía regir al mundo.

En las páginas de Opus Habana se revela una pluralidad de estilos muy armónica por la comunión de intereses. Y la comunión de intereses es, a no dudar, una operación matemática exenta de toda laxitud, esto es, con resultado exacto. O sea, Opus Habana o es una comunión de intereses o sencillamente no es. La comunión de intereses es la fórmula matemática de organización que se hace tangible primero desde la visión y después desde la experiencia. La visión es conceptualización; la experiencia nos remite directamente a lo sensorial. Es, en resumidas cuentas, la fórmula misión-visión.

Aquí se juntan, se funden, se complementan, por una vertiente, la energía altruista y lírica de un cubano de buena voluntad y probada clase intelectual: el doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, director de la publicación, con la letra viva de Emilio Roig de Leuchsenring; por la otra, las ingeniosas taxonomías periodísticas sobre los ímpetus arqueológicos en el Centro Histórico, narrados con mucha amenidad por los redactores. El acompañamiento reporteril al rastreo arqueológico en la praxis, imagino se convierta siempre en un evento profesional preñado de plenitud y diversión, pues seguramente cada prioridad es pensada y decidida en la propia mesa de reuniones del Equipo Editorial.

De igual forma, con júbilo desbordante, celebro la agilidad, la eficiencia y la riqueza del periodismo cultural que practica el grupo de redactores de “Breviario”, sección de reseñas y comentarios: pieza periodística que se irradia por los ambientes artísticos, culturales y académicos para testimoniar la Belleza como convicción, como legitimación absoluta y perfecta de cuanto es menester para la magna obra que entraña el rescate del entorno, tarea –bien lo sabemos–, que busca colaborar en el encumbramiento de la vida y la geografía capitalina que es, para mayor importancia, el enclave en donde se soñó la nación cubana.

Bibliografía:

Estética. Enfoques actuales. Colectivo de autores. Editorial Félix Varela, La Habana, 2006.

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