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CAMBIA LA TECNOLOGÍA: ¿CAMBIAMOS NOSOTROS?

CAMBIA LA TECNOLOGÍA: ¿CAMBIAMOS NOSOTROS?

Internet, como ninguna otra invención moderna, nos pone ante la terrible paradoja de nuestro tiempo: el desarrollo científico vuela, mientras la sociedad sigue viviendo su prehistoria humana. El gran reto de Internet no es tecnológico, sino político y filosófico. Una cuestión ética.

Lic. ROSA MIRIAM ELIZALDE,
Editora de Cubadebate.
Intervención en el Festival de la Prensa Escrita, 2002.

Internet despierta el estupor y la adoración, según la perspectiva desde la cual se mire, como lo hicieron en los sublimes años 60 la generación de Bob Dylan. «Acepto el caos, pero no estoy seguro de que el caos me acepte a mí», alerta una de sus canciones y esta frase, hija del asombro frente a un mundo que no se comprende —y que no nos comprende—, es una síntesis magnífica de la relación que se establece entre el ser humano y la red, la niña mimada de lo que se ha dado en llamar las nuevas tecnologías.
 
Demasiado se teoriza, sí, y hay quien se adelanta a la ciencia-ficción y nos dice que en cualquier momento la máquina nos apaga a nosotros, como ironiza Joseph Weizembaum, un sociólogo norteamericano experto en estas lides [1]. Alrededor de las nuevas tecnologías gravita una literatura de tipo milenarista que en lugar de brujas parlotea acerca de los chips, con la misma perspectiva cultural con la que hace 500 años se hablaba de hechicerías. Que tengamos en la boca permanentemente a Internet no significa que seamos modernos. Muchas veces, detrás de la manera en que se populariza esa herramienta todopoderosa en el ámbito de las comunicaciones y los negocios, lo que en realidad se está transmitiendo es un pensamiento conservador y refractario de esa nueva tecnología.
 
De hecho, la primera actitud de los profesionales de la prensa ante la digitalización —y no solo en Cuba— ha sido la de establecer una postura defensiva: tienen conciencia de una cierta marginación en un ámbito que, al principio, parecía exclusivo de especialistas de la computación y de adolescentes noctámbulos, sospechosos de ejercer la piratería informática. ¿Qué ha cambiado, en realidad? Mucho y nada.
 
Mucho, porque ha aparecido un canal que inaugura una modalidad comunicativa totalmente inédita: la interactividad. Se funden el  lector, el oyente, el televidente y, además, cada uno de ellos, en un mismo cuerpo, es también un ser «replicante». Es decir, la máquina permite que se complete todo el ciclo de la comunicación oral, escrita y visual a veces en fracciones de segundos. Por supuesto, se ha producido ante nuestras narices y en muy poco tiempo una verdadera revolución que amenaza con cambiar muchas cosas.

Pero poco ha cambiado, si lo miramos desde otro ámbito. Ernest Hemingway, por ejemplo, es un hombre de la Internet, a pesar de que murió en un año en que todavía nadie soñaba con ella. Cuando tiraba la máquina de escribir por la ventana del Toronto Star, porque un título se le resistía y vociferaba: «no quiero adjetivos, sino verbos; quiero hechos», nos estaba dictando la regla número uno del lenguaje en Internet, donde lo más importante no es la extensión, sino la profundidad, y donde el periodista tiene el mismo rol que en la era de Gütenberg: mediar entre el acontecimiento y otros seres humanos, entre la verdad y su espejo, entre la razón y la acción.
 
Lo que quiero decirles es, sencillamente, que estamos ante una disyuntiva similar a la que vivieron nuestros antepasados cuando apareció la rueda, la imprenta, la máquina de vapor o el avión... Estamos ante el dilema de la relación, a veces incestuosa, del hombre y la máquina, de quién domina a quién, pero sobre todo, ante el dilema de la creatividad y de la información.  ¿Para qué nos sirve? ¿Cómo la usamos? ¿Basta con tener una página en Internet? ¿Internet es solo Web? ¿Quién nos asegura que podamos tener un diálogo con otros? ¿Conocemos el universo de nuestros potenciales receptores? ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que significa la palabra red? ¿Son computadoras que se enlazan para felicidad de las arcas de la Microsoft, o son seres humanos que intentan darse la mano con otros, que buscan voces y experiencias humanas?
 
El ser humano es lo único que verdaderamente importa, e incluyo en esta consideración a los fabricantes del soporte tecnológico que miran el futuro al ritmo de sus ganancias. El ser humano importa, porque la Internet no es una cosa gigantesca y anárquica, como mucha gente imagina. No es un diálogo de algoritmos. Ni una mera base de datos de contenidos, por más extraordinaria que sea.

Internet son millones y millones de nichos verticales que se suman debajo de ese sombrero, y que pueden hablar entre sí, que dialogan cotidianamente, de manera individual o por grupos. Internet es la primera gran herramienta igualitarista que permite que una empresa grande (una multinacional) pueda parecer pequeña, en tanto que una minúscula semeja a un gigante, y que un medio local se convierte en global, y viceversa. La Internet hay que verla como lo que es: un canal para construir comunidades —de personas en torno a intereses— y de serles útiles; una herramienta que es fruto de un contexto competitivo y que en un 80 por ciento se dirige, no al corazón del ser humano, sino a su víscera más rentable: el bolsillo.
 
Por eso, este canal se transforma a una velocidad vertiginosa —cada 18 meses aparece un producto nuevo— y hace rato dejó de ser solo computadoras conectadas entre sí y mensajería electrónica, para instalarse en casi cualquier objeto que facilite el servicio a una comunidad: un teléfono celular, una terminal de aeropuerto, el quirófano de un hospital, un lapicero... Estamos a las puertas de una Internet sin cables ni fibras: todo a través de ondas hertzianas. Se estima que en el 2004 los usuarios en el mundo de la tecnología de datos inalámbrica sumen 13 000 millones, frente a los 170 millones que la utilizaban en el año 2000.  Pero «la forma de las cosas que vendrán» —parodiando el título de un libro de Eliseo Diego—, no es algo que se decide en un laboratorio, sino en la práctica de la comunicación. Lo deciden las personas. Lo decide el usuario. 

EL USUARIO

Empleo con total responsabilidad la palabra usuario —el sacrosanto target de los analistas de la red—, porque no se trata de un receptor cualquiera, sino de alguien que además de recibir un mensaje y replicarlo, lo usa. Las empresas del mundo digital saben muy bien que Internet, como medio de comunicación, no se guía por la lógica de la radiodifusión para las masas. En el mundo de la Net, los mismos usuarios pueden difundir y son ellos quienes estimulan la aparición de la información que quieren.

Por eso, las empresas de la economía y de la comunicación que han descubierto el gran filón de Internet, antes de gastar un centavo en tecnologías, contratan a expertos en marketing para que estudien el terreno: piensan todo el tiempo, obsesivamente, en la relación con los clientes, y solo se aventuran en productos y servicios que satisfagan necesidades del usuario de Internet, que no es cualquier usuario —el 61 por ciento cuenta con tarjetas de crédito.  El razonamiento es simple: quien puede pagar, manda.
 
Tras esta lógica aparece el concepto de «personalización de masas»: un público masivo, para un producto no masivo, sino personalizado. Esto es muy importante para nosotros, porque estamos habituados a hablarles a todos por igual, a multitudes, sin diferenciar el lenguaje para unos y otros. Ahora mismo está ocurriendo algo sin precedentes: las empresas del mundo digital abordan a las «masas», a la población, de un modo nuevo: se responde a las demandas de información específicas de cada usuario en particular. Es un modelo que tienden por definición a eliminar los referentes comunes, a individualizar, a dirigir el mensaje por perfiles: demográficos, profesionales, culturales, económicos.

Las empresas encaran a la Internet como si fuera clientocéntrica, como un mercado de mercados personales —el mercado de cada uno. Por supuesto, sacándole todo el partido posible a lo que ha sido la regla de oro de la publicidad: la síntesis gráfica. La razón es muy sencilla: en Internet el tiempo vale dinero. La gente mira —le bastan siete segundos—, y si lo que ve no es digno de atención, le quedan todavía 800 millones de páginas por explorar. ¿Adónde emigrará? Allí adonde sienta que le hablan mirándole directamente a los ojos.
 
Por eso, la frase más conocida en la red —atribuida a Picasso— es «Yo no busco, encuentro». El encuentro es, por así decirlo, anterior a la búsqueda: no hay más que conectarse a la Internet y cualquier «home» o portada que incorpore por defecto el navegador ya nos ofrece infinidad de «bits» de información que, muy posiblemente, no nos interesen en absoluto… ¿Qué decide? La creatividad, que en Internet supone un distanciamiento de la manera en que hasta ahora hemos concebido la comunicación. En vez de decirnos constantemente «tenemos una verdad que todo el mundo está esperando», respondámonos una pregunta muy sencilla: ¿qué podemos hacer para satisfacer una necesidad, para ofrecer una solución a un grupo concreto y para ayudar a reducir esa intoxicación por sobredosis de información que es el mayor enemigo del navegante de la red?
 
Visibilidad no es solo presencia en las arañas digitales de la Red, como a veces se piensa. Visibilidad es responder otra pregunta clave: ¿Por qué nos seleccionarían a nosotros entre 800 millones de páginas registradas en los buscadores? ¿Por qué nos leerían a nosotros entre seis billones de caracteres de texto? (Para tener una idea de lo que esta cifra significa, baste decir que la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, con sus 856 kilómetros de estanterías posee 20 billones de caracteres.)
 
El obstáculo técnico cada vez será menor, aunque en nuestra cotidianidad —muchas veces lidiando con la Robotron— esto nos parezca un delirio futurista. Buscar información, filtrarla, contrastarla, editarla y publicarla de acuerdo con su relevancia, oportunidad e interés, era hasta ayer una facultad única de nuestra profesión. Ya esto no permanece en el terreno exclusivo de los comunicadores. Cualquiera puede hacerlo y en la práctica cada día las herramientas se adaptan más y mejor a las exigencias de los usuarios de la Internet, cualesquiera que estos sean. Se pueden encontrar en la red espacios para que una persona diseñe sin costo alguno su página personal, hasta plataformas de Content Manager System (Manager de Administración Remota), a precios millonarios, que pueden personalizarse e incorporar todas las novedades de la red. Y que funcionan con la simplicidad y la eficacia de una diligente secretaria. [2]
 
Uno de los mayores atractivos de Internet es su capacidad para asimilar casi cualquier proyecto de comunicación y diálogo, y esto obliga a un permanente cambio, a la superación inmediata. La novedad cuenta. Las nuevas ideas deciden. Según un estudio reciente realizado por el Departamento de Investigación Económica de Estados Unidos, el ritmo de aparición de nuevas ideas en la Humanidad ha crecido de forma excepcional en los últimos cinco años. Hace 25 mil años, eran necesarias varias décadas para que surgiese y se aplicase una sola idea que fuese capaz de hacer progresar a la humanidad, mientras que en el siglo XIX, con el comienzo de la Revolución industrial, el progreso se aceleró notablemente hasta la media de 3 840 ideas innovadoras al año. La media de ideas en lo que va de siglo XXI fue de unas 110  000 al año, básicamente asociadas a las llamadas nuevas tecnologías.
 
Todo el mundo apuesta a que Internet ayude a incrementar estas estadísticas a un ritmo vertiginoso. El tiempo cuenta y el éxito aquí nunca llega tras la improvisación o el azar. La Red es lógica, método y esfuerzo, aunque desde afuera pueda parecernos anárquica y una invitación al caos cantado por Bob Dylan.  En el océano del mundo virtual, al anarquista nadie lo ve, como no se distingue una ola de otra en un mar encrespado. Prácticamente en todos los foros internacionales relacionados con la Red, se ratifica el concepto de que la comunicación es un hecho histórico y cultural, que puede ser construido. Si usted no lo intenta, no se preocupe: otros lo harán. Cada día se registran en Internet 10 000 nuevos sitios.
 
El caso Google es paradigmático, un clásico de la importancia de llevar a la práctica conceptos y no dejarse deslumbrar (o amilanar)  por la técnica. Dos estudiantes de la Universidad de Standford, Segey Brin (23 años) y Larry Page (24) crearon un sistema de búsqueda casi perfecto, después de estudiar las virtudes y los defectos de todos los buscadores que existían en la red en 1997. Le llamaron Google, por la palabra que en inglés significa «10 elevado a 100». La primera gran diferencia con respecto a los demás buscadores estaba en el diseño: una pequeña ventana, con una gran economía de recursos y ninguna publicidad. En poco menos de un año, el proyecto  terminó convertido en el buscador número uno de la red, con más de 25 000 000 de páginas registradas y ganancias millonarias. Detrás de Google solo hubo una máquina convencional y dos talentosos estudiantes. Hoy tiene una plantilla de ocho personas.
 
NADA HUMANO ME ES AJENO
 
La información solo nos hace más sabios y más sensatos si nos acerca a los humanos. Pero con la posibilidad de acceder a todos los documentos que necesitamos, aumenta el riesgo de la deshumanización. Y de la ignorancia. La clave de la cultura ya no reside en la experiencia y el saber, sino en la aptitud para buscar la información a través de los múltiples canales y yacimientos que ofrece Internet.
 
Se puede ignorar el mundo, no saber en qué universo social, económico y político se vive, y disponer de toda la información posible. La comunicación deja así de ser una forma de comunión. «¿Cómo no lamentar el fin de la comunicación real, directa, de persona a persona?» —se dolía José Saramago. Pronto sentiremos nostalgia de la antigua biblioteca; salir de casa, hacer el trayecto, entrar, saludar, sentarse, pedir un libro, tenerlo entre las manos, sentir el trabajo del impresor, del encuadernador, percibir las huellas de los lectores precedentes, sus manos, palpar los signos de una humanidad que ha paseado su vida por ellas, de generación en generación.» [3] Y en otro memorable ensayo advertía: «No nos olvidemos nunca los escritores —y los periodistas, claro—que sobre el papel en blanco se puede hasta llorar. Pero nunca sobre la pantalla de una computadora.»
 
Internet, como ninguna otra invención moderna, nos pone ante la terrible paradoja de nuestros tiempos: el desarrollo científico vuela, mientras la sociedad sigue viviendo su prehistoria humana. El gran reto de Internet no es tecnológico, sino político y filosófico. Una cuestión ética.
 
Siempre habrá fanáticos del entusiasmo que nos dirán que alcanzamos la ribera de la comunicación total. Mentira. Solo el 10 por ciento de los pobladores del planeta tiene acceso a la computadora [4]. Siempre habrá apocalípticos, pesimistas profesionales, que mirarán la Internet como un engendro diabólico. Démosle su justo lugar a la Red: No es ni una cosa ni la otra. Eso sí, Internet es una esperanza. Internet es en estos momentos la vía más expedita para entablar puentes con las redes sociales que han tejido su propio entramado en la telaraña electrónica, y para catapultar nuestra verdad por encima de los muros de silencio que ha impuesto el pensamiento imperial a todo aquello que se le resista.
 
Y esto es posible, además, por otro elemento del cual no hemos hablado: en la Red no cabe la censura. Se puede vigilar, pero no se puede impedir que alguien navegue por donde quiera en Internet desde un país cualquiera y mande mensajes electrónicos o los deje en páginas Web. No hay manera de impedir que se publique lo que quiera por Internet, salvo que se corten todas las comunicaciones con el exterior. Pero, incluso si se recurre a una medida tan drástica, sería insuficiente con la telefonía móvil, que permite la navegación desde los celulares con una tecnología, la WAP, que se ha desarrollado en muy poco tiempo a un ritmo mucho más acelerado que el llamado protocolo IP (la forma de comunicación básica de la red).
 
Finalmente, aparece Cuba en el horizonte de la posibilidad de una Internet  solidaria.  Su proyecto tiene mucho más que aportarle a la Red, que lo que nosotros mismos hemos sabido ofrecerle. Quiero repetir algo que ya dije en este mismo lugar, cuando inauguramos el sitio Antiterroristas.cu: contrariamente a lo que afirman los ingenuos (todos lo somos alguna vez), no basta decir la verdad. La verdad sirve muy poco en el trato con las personas si no es verosímil, y tal vez debiera ser esa su cualidad principal. La verdad es apenas la mitad del camino, la otra mitad es la credibilidad.  En el caso de Internet, donde las reglas para la comunicación no difieren esencialmente de los medios tradicionales, la credibilidad pasa por la aplicación de esas normas en el contexto de la interactividad. Hay que tener muy claro que se puede estar en la Red y existir solo para quienes diseñan y administran la página Web.
 
Antiterroristas.cu y el periódico Vanguardia, de Villa Clara, con su manager de administración creado por estudiantes de la Universidad de Las Villas, prueban que este país puede dialogar, tecnológicamente hablando, con lo más avanzado que se produce hoy para navegar cómodamente en Internet. El Quipus News de los Chasqui es un trasatlántico, un insumergible, y hay talento suficiente en nuestras universidades para hacernos de una flota poderosa y resistente, tan buena o mejor que la que cualquier transnacional pueda proponernos. Conviviendo con la edad de piedra de la comunicación, el futuro de Internet, desde el punto de vista técnico, ya está entre nosotros. El reto sigue siendo el mismo que con la máquina de escribir y la pluma de ganso: comunicar.
 
No es el trasatlántico lo que hace falta, son los navegantes. El desafío está en la marinería y en los timoneles de los barcos. El desafío está en conocer el mar y adivinar sus tormentas, en comunicarnos con esa Torre de Babel que es el mundo y descubrir y enlazar nuevas islas, en rescatar al náufrago y mover, si es preciso, nuestra propia tierra para hacerla navegar mar adentro. El desafío somos nosotros.
 
Citas:

1. Joseph Weizembaum en «Usos y Abusos de la Internet».

2. El problema fundamental no es ni será el acceso a la tecnología digital. Para que se tenga una idea de cómo van las cosas, un estudio de la Universidad de Stanford da cuenta que para llegar a los 50 millones de usuarios, la radio demoró 38 años; la televisión, 14, e Internet, solo 4 años.

3. José Saramago: ¿Para qué sirve la comunicación?

4. DATOS ESTADÍSTICOS DE USUARIOS DE INTERNET EN EL MUNDO:

--Población Mundial: 6 267 262 700

--Usuarios Internet (Dic/2000): 360 942 100

--Usuarios de Internet (15 de julio del 2002): 590 103 094

--Crecimiento de Dic/2000 a Jul/2002: 63.5 %

--Los usuarios pasan un promedio de 10.4 horas en línea semanalmente

--El 76 por ciento accede a Internet desde su casa

--El 13 por ciento se conecta con dispositivos inalámbricos

--La edad promedio del usuario es de 27 años

--El 67 por ciento tiene entre 18 y 34 años, y son mayoritariamente estudiantes y profesionales

--El 78 por ciento pertenece al género masculino

--El 61 por ciento dispone de tarjetas de crédito


 

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