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LAS TICS Y EL REAJUSTE DE LA CULTURA TECNOLÓGICA

LAS TICS Y EL REAJUSTE DE LA CULTURA TECNOLÓGICA

Lic. EDDA DIZ GARCÉS,
Subdirectora del semanario Trabajadores.

La llegada de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) y su “buque insignia”, Internet, han hecho repensar muchas reglas, particularmente en el ambiente de la comunicación pública y sus paradigmas tradicionales.

No es esta una realidad exenta de controversias, alarmas y euforias, pero tanto la actitud tecnófila como la tecnófoba son erróneas y deterministas, pues  Internet (1),  ni constituye un remedio para todos los males ni representa un peligro para la civilización.

El inicio de la “lucha contra las máquinas" puede situarse entre mediados y finales del siglo XVIII en la Inglaterra sacudida por grandes inventos, descubrimientos e innovaciones que dan lugar a la Revolución Industrial.

Aunque estas acciones no eran simplemente un rechazo de los obreros contra el progreso técnico (2), sino contra aquello que amenazaba su estabilidad laboral, el “maquinismo” pudiera considerarse la primera manifestación de tecnofobia, una de las expresiones del determinismo tecnológico, concepto que se instaló con mucha fuerza en la ideología del sistema capitalista, a partir de las corrientes positivistas y utilitaristas que se originaron en los países más avanzados durante el siglo XIX, atribuyéndole un efecto omnímodo sobre el conjunto de la sociedad.

La perspectiva del determinismo tecnológico se caracteriza por considerar la relación entre tecnología (3) y sociedad como unidireccional, mientras que la evolución de la sociedad en sus aspectos económicos, políticos o culturales es consecuencia del desarrollo tecnológico (por lo que está determinada por él),  la tecnología sigue un curso particular de acuerdo con sus propias leyes.

Esa tendencia que se ha extendido hasta la actualidad y parece vivir su máximo esplendor en torno a las tecnologías de la información y la comunicación, ha suscitado importantes contribuciones teóricas desde la tradición marxista, conformando un pensamiento crítico sobre el papel de la tecnología en la sociedad.

Partiendo de una reflexión sobre el desarrollo técnico, los miembros de la Escuela de Frankfurt (4) comienzan a sentar las bases de ese pensamiento crítico sobre la técnica como sistema de dominación. Estos pensadores fundan la “Teoría Critica”, desde la cual no sólo interpretaron los problemas de la mercantilización de la cultura y el arte en su fase de reproducción técnica, industrial y comercial, sino que estaba orientada a un cambio radical de la sociedad.

Los frankfurtianos hacen una crítica a la razón instrumental, a la civilización técnica y a la cultura del sistema capitalista, que denominan “industria cultural”, concepto que exponen y desarrollan Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración (1947).

Los trabajos de estos autores vivieron una reactualización en los años sesenta a través de Herbert Marcuse. Su obra El Hombre  Unidimensional, escrita en 1964,  constituye una crítica a la cultura y la civilización burguesas, a una sociedad tecnológica considerada totalitaria, en la que las vidas de las personas son completamente determinadas y organizadas por los fines del consumo y la tecnología, sin posibilidad de oponerse.

A pesar de adoptar posiciones elitistas y de su visión pesimista sobre las fuerzas que el hombre posee para enfrentar los mecanismos de dominación, es indiscutible la huella que ha dejado la Teoría Crítica en los enfoques posteriores, y como ha argumentado Vidal (2006:52), hoy nos sirven para comprender muchos de los procesos vinculados al desarrollo de la industria cultural, al impacto social de las TICs, y al actual predominio del mercado (de la razón instrumental).

La escuela de Birmingham inaugura los estudios culturales ingleses en los años sesenta, que comenzaron y se desarrollaron en la crítica a ciertas formas de reduccionismo y economicismo, y contra el determinismo tecnológico.

Raymond Williams, uno de los padres fundadores de los Cultural Studies británicos, se enfrenta al determinismo económico del marxismo autoritario y también al determinismo tecnológico del funcionalismo. Él concibe la tecnología como una mediación práctica entre instituciones y sociedad, y abre un espacio a la reformulación de las relaciones entre tecnología y sociedad, que en la actualidad, y desde los años 60, se abordan mediante una perspectiva interdisciplinaria conocida como Estudios sobre Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS), de carácter crítico respecto a la tradicional imagen esencialista de la ciencia y la tecnología.

En los CTS es frecuente encontrar actitudes muy variadas hacia el marxismo, desde su aceptación hasta su rechazo o ignorancia. Una de las voces más autorizadas en Cuba en este campo, Jorge Núñez Jover (1999), nos recuerda que, sin embargo: “Muchos coinciden (…) en que dentro de sus estudios orientados a la elaboración de una teoría crítica del capitalismo, Marx comprendió claramente la relación de la ciencia y la tecnología con los procesos de acumulación y la influencia decisiva que los rasgos de la formación económico social capitalista ejercen sobre el desarrollo científico técnico. Con ello, Marx, y con él lo mejor de la tradición que le continúa, están indisolublemente vinculados al enfoque social de la ciencia y la tecnología”.

La preocupación por los efectos de la tecnología en la vida social no es nueva. Desde tiempos muy antiguos aparece ante cada innovación o invento, y ha conducido en nuestra época a los estudios de “impacto” social de la tecnología, que en muchos casos resaltan la confrontación tecnología-cultura y entienden que la primera transforma, debilita y puede llegar a ocasionar graves daños a la cultura humana. Uno de los exponentes de este enfoque es Neil Postman (citado en Aibar, 2008:10), para quien en el mundo contemporáneo se produce la sumisión de todas las formas de vida cultural  a la soberanía de la técnica y la tecnología.

Por otro lado, en los orígenes de la reflexión sociológica en torno a la tecnología, el teórico William Ogburn  difundió la noción de “retraso cultural”, que plantea que los valores, los hábitos, las creencias y las estructuras sociales a menudo se transforman a un ritmo considerablemente más lento que las innovaciones tecnológicas materiales que las sustentan o provocan, lo que conduce a pensar, según Aibar (op.cit.:10), que la cultura es un obstáculo para el desarrollo tecnológico, ofreciéndole resistencia.

Esta visión fatalista sobre el “desajuste” entre el cambio tecnológico y el cambio cultural no la compartimos, pues es preciso comprender que los cambios en la representación de la realidad naturalmente requieren un lento proceso de toma de conciencia, en tanto entran en juego el habitus y la hegemonía, pero estos no son inamovibles. Podemos hablar de resistencia al cambio (5), pero no de obstáculo.

Tanto los autores marxistas como los estructuralistas advierten la diferencia de ritmo que existe entre el cambio de las estructuras sociales y la modificación de la concepción del mundo, y esto ocurre, a nuestro juicio, por la resistencia que ejerce la cultura dominante frente al nuevo desafío, pero esto es un proceso, y como tal transcurre en un tiempo determinado, que no puede ser breve, pues se trata de transformar una estructura mental, un sistema de disposiciones duraderas.

Asumimos el enfoque de Núñez Jover (1999) de que la tecnología, más que como un resultado, único e inexorable, debe ser vista como un proceso social, una práctica, que integra factores psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales; siempre influido por valores e intereses, y le añadiríamos el componente científico.

No caben dudas de que ante el nuevo paradigma tecnológico (6), el trabajador intelectual requiere de otra mentalidad. Para ello, el cambio, sea más o menos lento, debe producirse y legitimarse en el propio proceso de producción y apropiación de las tecnologías de la comunicación y la información.

Como explica Pimentel (2004:175), las transformaciones que la Revolución Científico Técnica ocasiona en el sistema de construcción y funcionamiento de la actividad científico-técnica-productiva revolucionan las bases existenciales de la individualidad humana y exigen una nueva conducta y actitud.

La racionalidad de la tecnología en la sociedad

La tecnología, según Pacey (citado en Núñez Jover, 1999: 61), tiene tres dimensiones:

-Técnica: conocimientos, capacidades, destrezas técnicas, instrumentos, herramientas, y maquinarias, recursos humanos y materiales, materias primas, productos obtenidos, desechos y residuos. Esta dimensión se asocia al significado más restringido, pero también más habitual, de la tecnología.

-Organizativa: política administrativa y gestión, aspectos de mercado, economía e industria; agentes sociales; empresarios, sindicatos, cuestiones relacionadas con la actividad profesional productiva, la distribución de productos, usuarios y consumidores, entre otras.

-Ideológico-cultural: finalidades y objetivos, sistemas de valores y códigos éticos; creencia en el progreso, etcétera.

Una cuarta dimensión, añadida a posteriori, es la experiencia personal, que subyace entre las otras.

En toda práctica tecnológica interactúan tres elementos fundamentales: el cultural (valores, tradiciones, códigos éticos, creencias, etc.); el organizacional (actividad económica, usuarios, consumidores), y el técnico (conocimiento, destreza, técnica, recursos, etc.). Para lograr la asimilación de una tecnología es necesario conjugar estos elementos.

Las mediaciones tecnológicas no representan meros instrumentos sino que redefinen los modos de significación. Como sostiene Martín-Barbero (2002:33), el lugar de la cultura en la sociedad cambia “cuando la mediación tecnológica de la comunicación deja de ser puramente instrumental para espesarse, densificarse y convertirse en estructural, pues la tecnología remite hoy no a nuevas máquinas o aparatos sino a nuevos modos de percepción y de lenguaje, a nuevas sensibilidades y escrituras”.

Si alguna duda cabe, basta remitirse al libro Teoría de la Comunicación, de Serrano (2007), para confirmar que la comunicación no sólo requiere de instrumentos (tecnologías), sino del uso eficiente de estos (por Ego y su cultura), como mediadores/mediados del proceso de producción de información.

Para ello es preciso acudir a la propuesta de ese propio autor, de instaurar una única racionalidad que ponga de acuerdo “la explotación de la máquina y la difusión de las luces”. En este contexto, el ajuste entre tecnología y cultura aparece como una variedad de mediación.

“Desde la Modernidad, nuestra cultura evita la aplicación de un ajuste que subordine la tecnología a la cultura, o la cultura a la tecnología. Actúa sobre el soporte humano para reducir la disonancia” (Serrano, 2008:66), lo cual implica reajustes en los comportamientos, las actitudes y las ideas de los individuos involucrados en la situación disonante, o sea, es necesario reajustar su cultura tecnológica, definida esta como “los rasgos que identifican las formas de hacer, pensar y crear de un pueblo, de un grupo o de un individuo, así como la que se despliega y desarrolla en el quehacer de la práctica tecnológica de los hombres, acompañada de hábitos, experiencias, actitudes y valores, que contribuyen a la extensión de las capacidades humanas en función del bienestar y desarrollo de la sociedad y del suyo propio”.

Notas:

(1)  La irrupción de Internet se produjo entre 1993-94, cuando una red que hasta entonces se había dedicado a la investigación académica se convirtió en red de redes abierta a todo el mundo, sin embargo, sus orígenes se hallan en la física y la política de defensa. Funcionó por primera vez en 1968/9, con el indispensable sostén financiero del Gobierno a través del ARPA, la Administración de Investigación de Proyectos Avanzados del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Al comienzo, se trataba de una red limitada (ARPANET) que compartía información entre universidades “de alta tecnología” y otras instituciones de investigación, y dada la naturaleza de esa información era esencial que la red pudiera sobrevivir a la eliminación o destrucción de cualquiera de los ordenadores que formaban parte de ella e incluso a la destrucción nuclear de todas las “infraestructuras” de las comunicaciones. Ese era el punto de vista del Pentágono. El de las universidades era que la Red ofreciera “libre acceso” a los usuarios académicos e investigadores, y que los comunicantes fueran precisamente ellos. (Briggs y Burke, 2006:344)

(2) Marx, en El Capital, sostuvo que el obrero confundía el objeto de su lucha, desviándola hacia los medios materiales de producción en vez de dirigirla contra su forma social de explotación.

(3) Por tecnología se entiende un conjunto de conocimientos de base científica que permiten describir, explicar, diseñar y aplicar soluciones técnicas a problemas prácticos de forma sistemática y racional (Quintanilla, 1998)

(4) Denominación del grupo de filósofos alemanes integrantes del Instituto para la Investigación Social de Frankfurt, fundado en 1923.

(5) El psicosociólogo norteamericano de origen alemán, Kurt Lewin, uno de los mayores estudiosos de los procesos de resistencia al cambio, encontró tres causas comunes:  Interés propio, o sea, las razones personales que afectan o alimentan el deseo de cambio, entre ellas la motivación, la costumbre a desarrollar un proceso definido de trabajo y la capacitación; Cultura organizacional, entendido como la fuerza fundamental que guía la conducta de los trabajadores que, a veces, se sienten amenazados ante cambios radicales en la manera de hacer las cosas en determinadas actividades, y Percepción de las metas y estrategias de la organización, por ejemplo, los miembros de un equipo no entienden que se necesita una meta nueva (un cambio), porque no cuentan con la información que manejan sus directivos.

(6) Las áreas de ese paradigma son la biotecnología, los nuevos materiales, la nueva base energética y las ramas de la electrónica, computación y telecomunicaciones que generan un enorme avance en las tecnologías de la información.

Referencias bibliográficas (en orden de aparición):

Vidal (2006:52), Vidal Valdés, José Ramón: MEDIOS Y PÚBLICOS: un laberinto de    relaciones y mediaciones. Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2006.

Núñez Jover, Jorge: “La ciencia y la tecnología como procesos sociales”. En Tecnología y Sociedad (VV.AA). Editorial Félix Varela, La Habana, 1999.

Aibar, Eduardo: “Las culturas de Internet: la configuración sociotécnica de la red de redes”. En Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y Sociedad-   CTS, julio, año/vol.4, número 011, 2008. REDES. Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior, Buenos Aires, Argentina. pps.9-21.

Pimentel Ramos, Laubel: “Hombre-técnica: Revolución y cambio social”. En Problemas sociales de la ciencia y la tecnología (VV.AA). Editorial Félix Varela, La Habana 2004. pp.169-182.

Martín-Barbero, Jesús: OFICIO DE CARTÓGRAFO. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura. Fondo de Cultura Económica, Santiago, Chile, 2002.

Martín Serrano, Manuel: Teoría de la Comunicación. La comunicación, la vida y la sociedad. Editorial Mc Graw Hill, España, 2007.

---------------------------: La mediación social. Ediciones Akal. Madrid, 1977/2008.

 

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