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LABOR EDUCATIVA Y POLÍTICA DE FÉLIX VARELA

LABOR EDUCATIVA Y POLÍTICA DE FÉLIX VARELA

Lic. EMILIO ANTONIO BARRETO RAMÍREZ,
profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Propongo tres períodos para el estudio del legado educativo y político de Félix Varela, estos son, primero: el anterior a su vida, es decir, la Cuba del siglo XVII, segundo: los años de Varela como hombre de la docencia y de la gestación de la cultura cubana, o sea, hasta casi cumplido el primer cuarto del siglo XVIII, y, tercero: la etapa del exilio, o lo que es lo mismo, los años vividos en los Estados Unidos de América.

Primer período

En el siglo XVII se va produciendo un fenómeno de marcado interés que, a posteriori, se revelará como un instante esencial en la formación de la nación cubana: la emergencia de una clase terrateniente de criollos de esmerada educación, esto es, universitaria, que asciende a los rangos de la aristocracia en los sectores de la ganadería, la industria azucarera, y la industria cafetalera.

Esa burguesía, formada por hombres y mujeres que vieron la luz en Cuba, comenzó a ser llamada criolla. Criollo era el nacido en Cuba de padres españoles. El criollo tenía formación española, es decir, estudios a la usanza de la vieja Europa: un doctorado en la Universidad de Salamanca, o en la de Sevilla, ambas en España, o en la Universidad de San Gerónimo, en la villa de San Cristóbal de La Habana. Muy a pesar de esta formación de notable raigambre española y de los ascendientes peninsulares (así eran distinguidos los nacidos en España de los nacidos en Cuba), los criollos, cuyo punto de referencia ideológico ya venía siendo la asunción de las ideas liberales, tal vez comenzaban a soñar con una Cuba, aunque española, con una pujanza autóctona económica y cultural bien visible.

Así, en el ocaso del XVIII, surge el primer movimiento de pensadores cubanos. Ese grupo se movió con inteligencia sobre la vorágine de la economía esclavista y de la fastuosa quintaesencia de las “Lumieres”, o sea, el Siglo de las Luces. En concreto, me refiero a todo aquello que servía para la Ilustración Reformista Cubana.

Al decir del doctor Eduardo Torres-Cuevas, en Cuba, el Iluminismo se desplazó paralelo a la llamada “fundamentación racial y social”, empeño que fructificó en la elaboración de los primeros tratados de economía, filosofía, ciencias, educación y ética. Los primeros iluministas cubanos fueron el economista y político con madera de estadista Francisco de Arango y Parreño, el filósofo de ribetes teológicos José Agustín Caballero, el científico y humanista Tomás Romay y el no menos literato Manuel Tiburcio de Zequeira y Arango, entre otros. Todos ellos calibraron este movimiento que comenzó a fundar la Razón para la causa cubana.

No hizo falta tan siquiera media centuria para que estos iluministas criollos elevaran a la todavía isla de Cuba al nivel de la primera región productora mundial de azúcar y en la cosechadora del “mejor tabaco del mundo”. Las nociones de estos cubanos contribuyeron también en la eficacia de la exportación de maderas preciosas, así como de las mieles destinadas a la fabricación del ron cubano. Finalmente, la gestión de este grupo posibilitó la aparición del café cubano en el mercado mundial. El café cubano era procurado ya en otras latitudes por el aroma, el sabor y, por si fuera poco, por la facilidad que otorgaba su precio.

Del mismo modo, antes que salieran a la palestra las textileras catalanas, los cubanos que ya mencioné se ocuparon en instalar por todo el Caimán antillano la máquina de vapor, que fue el sello distintivo de la Revolución Industrial. Con idéntico altruismo hicieron traer a Cuba el ferrocarril, incluso antes de que la Metrópoli consiguiera hacerlo tanto en España como en las demás colonias de ultramar. Esa empresa fue sufragada con capital generado en Cuba.

Conseguido tal grado de bonanza económica, así como los dividendos académicos y literarios que facilitaron en primer lugar los docentes del Real y Pontificio Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio y la Pontificia Universidad de San Gerónimo, así como los oradores, conferencistas y expositores que ascendían a las tribunas de la Sociedad Económica de Amigos del País, a la postre casi los mismos que se desempeñaban como columnistas del Papel Periódico de la Havana, fue que Francisco de Arango y Parreño, sin albergar el más mínimo índice de pudor –probablemente como consecuencia de la cierta desmesura que a ratos suele caracterizarnos a los cubanos–, declaró que su aspiración era lograr, con notable rapidez, una Cuba con el talante y el progreso de Inglaterra. Hasta aquí he narrado el sueño de la primera burguesía genuinamente cubana.

En 1797 José Agustín Caballero publicó lo que puede considerarse como la primera obra filosófica cubana. El título sorprende y cautiva: Filosofía electiva. Para nuestros historiadores y pensadores de la nacionalidad cubana, el tratado de José Agustín Caballero ha quedado como el punto de partida para la hermenéutica de alto vuelo en Cuba. José Agustín Caballero –no lo podemos pasar por alto– era presbítero, profesor de filosofía de San Carlos y San Ambrosio, y quién sabe si ello fue razón para que hoy nos llegue como el autor de propuestas incompletas, pues lo caracterizaban, según el doctor Torres-Cuevas, la sagacidad, la osadía de su cultura y al mismo tiempo el temor de la religión. Medardo Vitier, estudioso de la cúspide del pensamiento cubano, padre del escritor Cintio Vitier, definió a Caballero como “un pensador fronterizo”, o sea, un exegeta no totalmente abierto o aperturista en la amplitud de su obra.

"Es más conveniente al filósofo, incluso al cristiano –dice José Agustín Caballero citado por Max Henríquez Ureña–, seguir varias escuelas a voluntad, que elegir una sola a la cual adscribirse." Entonces, lo que puede calificarse como el procedimiento electivo propuesto por Caballero, se nos muestra más como una actitud, una conducta, que como un programa o un universo sistémico. Se trata, a derechas, de una remodelación en el discernimiento para quien no esté dispuesto a someter su pensamiento a la esclavitud de un sistema.

Transcurridas apenas dos décadas, Félix Varela, partiendo de la idea de la filosofía electiva, desarrolló todo un amplio universo sistémico que sirvió de base al pensamiento filosófico del XIX cubano, así como a las orientaciones que quedaron reservadas para el siglo que recientemente hemos clausurado.

Segundo período

Félix Varela nació en 1787 en la villa de San Cristóbal de La Habana en el seno de una familia con algunos recursos. Muy temprano entró a estudiar en el Seminario San Carlos y San Ambrosio, donde fue incorporado al Orden de los Presbíteros. Luego, se doctoró en filosofía y obtuvo, por oposición, la Cátedra de Filosofía del Seminario San Carlos y San Ambrosio. Desde allí fungió como preceptor o mentor de toda una hornada de grandes hombres del intelecto que más tarde desplegarían una enorme labor cultural a favor de la nacionalidad cubana. Estos hombres fueron: José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, José María Heredia y Domingo del Monte, entre otros.

En la obra de Varela se fragua la primera propuesta que podemos denominar coherente para el pensamiento de la cubanidad. Esas obras fueron Lecciones de Filosofía, Miscelánea filosófica, los ensayos periodísticos incluidos en El Habanero y los ensayos teofilosóficos conocidos como Cartas a Elpidio. Esos compendios delinearon el comienzo de una etapa y un modo diferente de pensar a Cuba. Pero, no es menos cierto, la noción vareliana parte, se nutre con avidez y finalmente bebe con fruición del concepto de la electividad formulado por José Agustín Caballero.

La electividad tiene un germen: la definición volteriana contenida en el Diccionario Filosófico. En el corpus creado por Félix Varela la filosofía electiva es “aquella que elige libremente sin atarse a un pensador o sistema alguno”, esto es, “sin estar sujeto a autoridades”. Varela se dedicó, en sus años como profesor de San Carlos y San Ambrosio, al enorme esfuerzo de zafar al pensamiento cubano, en primer lugar de la prisión de lo más arcaico de la escolástica, pero sin renunciar a las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, aunque concediéndole toda su confianza “a la Razón y a la experiencia”.

Después, el otro empeño de Varela consistió en una segunda liberación. Esta vez se trataba de no fomentar dependencia alguna a pensamientos de otras latitudes. El concepto que rige a la electividad es la libertad, “sin la cual no hay elección”. Esta acotación precisa resulta ineludible a la hora de conferirle un contenido nuevo y novedoso a la vieja esgrima verbal que hasta entonces perduraba en torno al sentido de la filosofía latinoamericana.

Entonces se expandió una constante: la filosofía latinoamericana era una filosofía ecléctica. Ciertamente, lo que radica en la esencia de esta cuestión es el aspecto creativo o no de la filosofía ecléctica. De Varela a la fecha, sin que sea necesario adentrarnos en el campo de las estocadas semánticas producidas en torno a la filosofía ecléctica, podemos dar cuenta de que el concepto ecléctico se ha visto arropado por diversas connotaciones. Inicialmente, con la penetración de las nociones del filósofo francés Víctor Cousin en Latinoamérica, se consideró pertinente –diría más bien prudente y beneficiosa– la destreza del término que restaba creatividad al pensamiento.

Cuando Varela, aún a pesar del contraste entre el origen griego y latino del término ecléctico y del término electivo, se asumió lo de ecléctico en el sentido de lo electivo, a contrapelo del contenido que Víctor Cousin le dio al término en cuestión. Por eso, el doctor Torres-Cuevas ha sustentado en diversos trabajos que la filosofía cubana había visto la luz y sostenido ese elemento esencial, es decir, “nació como filosofía electiva y no ecléctica, en tanto su base y aspiración es la libertad de pensamiento y la elección inteligente determinada por una realidad diferente.

Y esa libertad solo resulta posible en el constante correlato entre la realidad autóctona, el discurso expresivo descargando y recargando los conceptos a partir de las necesidades cognoscitivas del lenguaje con su referente (significado-significante) y del estrecho intercambio y entrecruzamiento entre las propuestas universales con esa realidad autóctona” (Torres-Cuevas, 1999).

Finalmente, la filosofía electiva fundó la base teórica y filosófica para la conformación de los contenidos de lo que se ha dado en llamar la Filosofía de la Liberación Cubana. Por su amplitud y temas-problemas que dilucidó, sobre todo en el espectro de la metafilosofía, fungió, en el mismo espacio y tiempo, como la liberación del pensamiento y el pensamiento de la liberación.

Varela busca y aprehende en la ideología francesa de Destutt de Tracy para seleccionar los ingredientes que le facilitaran una codificación teórica, acaso mucho más que filosófica, para darle un giro a su realidad a partir del conocimiento de ésta. Léase con mucho cuidado el Elenco de 1816 y se focalizará la molécula principal de la electividad.

Otro estudioso del XIX cubano, Roberto Agramonte, definió de la siguiente manera el objetivo de Félix Varela: “crear una sophía cubana que sea tan sophía como lo fue la griega para los griegos”. Tanto la ideología, como la reflexión acerca de la producción de las ideas, partiendo de una realidad dibujada por lo sensorial, facilitan el acceso al estudio de los sistemas de pensamiento que permiten proyectar líneas de enlace entre esa realidad y la creación de la conciencia. Por eso Varela decidió abandonar el sendero de la metafísica.

“Los filósofos hablan de una substancia; ellos dicen más lo que piensan que lo que saben” -consiguió atisbar Varela (Torres-Cuevas, 1999). El señalamiento viene dado por la búsqueda y la creación de un método racional y experimental de conocimiento de la realidad. En el método está la ciencia y sobre la ciencia se levanta la conciencia. Y esta sentencia es del doctor Torres-Cuevas. ¿A qué conciencia se refiere? A la existente en la realidad cubana. Visible únicamente si se estudia. ¿Y para qué se estudia? Pues por dos razones; la primera: para ser transformada; la segunda: para, desde un sitio seguro, favorable, del conocimiento a obtener, lograr un aporte, más bien modesto, para el conocimiento universal. Hay además otro sentido: dejar bien establecida la no contradicción entre la Razón y la Fe, esto es, “la Fe para las cosas de Dios; la Razón y la experiencia para el mundo natural y social”.

Así llegó Varela a la idea de que la ciencia era necesaria para entender a Cuba y la conciencia para modelarla libre e independiente y para que la sociedad cubana fuese justa y protagonizada por actores sociales hechos a la manera de los hombres iguales. Estos conceptos, como es lógico, no son inexpugnables e infalibles, pero constituyen un paradigma, o el paradigma: Varela ideó, soñó la sociedad del deber ser.

Esto fue lo que los varelianos llamaron el Plan Ideológico. En ello trabajaron y produjeron los más significativos filósofos, científicos, literatos y docentes cubanos de la primera mitad del XIX. Me refiero a José Antonio Saco, a Felipe Poey, a José de la Luz y Caballero, a Domingo del Monte, quizá otros más. En el meollo de este afán, la definición más precisa es de la autoría de José de la Luz y Caballero, donde la conjugación del verbo ser constituye un enroque magistral: "todo es en mí fue, en mi patria será".

Tercer período

He realizado esta explanación para carenar en el periodismo de Varela: en mi opinión el summun del legado político del pensador cubano. El periodismo realizado por Félix Varela primero a través de El Habanero, una publicación cubana, realizada fuera de Cuba, desde el exilio de Varela en New York, y más tarde en la compilación de ensayos intitulada Cartas a Elipidio, son el resultado de la electividad.

De El Habanero ponderaré en estas líneas la presencia de dos ensayos periodísticos de factura exquisita, en lo que a estilística se refiere, y de pensamiento de cubanía acendrada. Estos ensayos son: "Bombas habaneras" y "Máscaras políticas", ambos ejemplos los traigo a colación para señalar en ellos el logro de una síntesis codificadora desde la filosofía electiva, que es la liberación del pensamiento y el pensamiento de la liberación, hasta la relación entre ciencia y conciencia, y que halla su culmen en la frase de José de la Luz y Caballero que he citado hace solamente unos breves instantes.

La síntesis codificadora que acabo de enunciar como salidas de las páginas de El Habanero, estimo ha quedado muy bien explicitada a partir de los empeños en el ensayismo histórico de Enrique Gay-Calbó y Emilio Roig de Leuchsenring. Este binomio ocasional consiguió nuclear en tres puntos esenciales lo que puede considerarse el programa emancipador de Félix Varela para Cuba.

Primeramente, Varela consideraba que la entonces isla de Cuba no podía esperar de la Metrópoli indulgencia alguna en cuestiones relacionadas con cualquier variante de autonomía. La razón: la corona española no podía ofrecer ni conceder a ultramar aquello que no podía instaurar en su propia casa del Mediterráneo ibérico. La negativa española no era del carácter de un iluminismo escaso, sino de voluntad precaria, de estilo político amorfo, muy a la zaga del talante negociador que ya evidenciaban la Francia posterior a 1789 y la Inglaterra inmersa en las modernidades de la Revolución Industrial.

En segundo término, dada la ceguera política de la realeza española, Varela formuló la certeza que comenzaba e enrumbar su propio pensamiento hacia la liberación nacional según la propia gestión de los cubanos en la Isla. Ipso facto apareció el tercer aporte del periodismo de Félix Varela según el dueto intelectual Gay Calbó-Emilio Roig: los esfuerzos nacionales por la emancipación o, más bien, la independencia cubana de España, no debía esperar por la consumación de los proyectos libertadores que estaban teniendo lugar en Suramérica; más bien, en todo caso, la gesta independentista debería tener como protagonistas, o como únicos actores, a los cubanos en un derroche de esfuerzo propio.

El pensamiento emancipador de Félix Varela se concreta a partir de la liberación del pensamiento, pero no precisamente en el tratado filosófico sino en el periodismo que movía los resortes patrióticos a partir de los sucesos de la inmediatez. La humildad editorial de El Habanero aglutina la sumatoria educacional de Félix Varela; precisamente en estas páginas y en las de Cartas a Elpidio se puede hallar el corpus que llevó a José Martí a llamarlo el patriota entero que nos enseñó primero en pensar, es decir, en el arte del discernimiento.

Bibliografía:

Gay-Calbó, Enrique, Roig de Leuchsenring, Emilio: "Tres conceptos básicos en la ideología política de Varela". En: Comunicación y sociedad cubana. Selección de Lecturas. Colectivo de autores. Editorial Félix Varela, La Habana, 2005.

Henríquez Ureña, Max: Panorama histórico de la literatura cubana.

Torres-Cuevas, Eduardo: "El sueño de lo posible". En: Utopía y experiencia en la idea americana. Ediciones Imagen Contemporánea. Casa de Altos Estudios "Don Fernando Ortiz", La Habana, 1999.

 

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