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GÉNEROS PERIODÍSTICOS: PARA ARROPAR SU HIBRIDEZ

GÉNEROS PERIODÍSTICOS: PARA ARROPAR SU HIBRIDEZ

El presente artículo aparece publicado también en: Rodríguez Betancourt, Miriam. 2004, Estudios sobre el mensaje periodístico, vol. 10, Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense, Madrid, pp. 319-328.

Dra. MIRIAM RODRÍGUEZ BETANCOURT,

Profesora Consultante de la Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana

A despecho de lo que el título de estas reflexiones pudiera dar a entender, ellas no se encaminan a expresar desacuerdo alguno en relación con la legitimidad y utilidad de la enseñanza de los géneros periodísticos.

Los géneros existen y son necesarios, más que necesarios imprescindibles; si no existieran habría que inventarlos. Como bien dice Mijail Batjin en relación con los géneros de habla, "si  tuviéramos que crearlos durante el proceso de habla y construir cada realización lingüística a voluntad, por primera vez, la comunicación sería casi imposible" (Sánchez 1998, p. 17).

Los géneros son útiles porque, en efecto, devienen normas para elaborar textos diferenciados; facilitar el entendimiento en las redacciones para organizar coherentemente el trabajo; hacer posible que el medio pueda cumplir lo que se denomina el juego limpio o pacto de lectura con los receptores: "los géneros forman parte de ese segundo lenguaje, no verbal, que envuelve a las palabras y trasmite al lector datos relevantes sobre lo que está leyendo" (Echeverría 1998, p. 10).

Tampoco se pretende impugnar  la validez de las taxonomías, corolario en definitiva de cualquier reflexión teórica, ni proponer, en cambio,  una sustitución de las existentes. De lo que se trata es, sencillamente, de adherirnos a quienes proponen no sólo un sistema de géneros más abierto sino una posición académica que abogue por mantener una constructiva crítica de ellos, lo que además de abrir cauce de legitimidad a las transgresiones creativas, significa, de hecho, asumirlos como categorías en desarrollo constante.

Los géneros tienen una naturaleza cultural, se crean, y como tal construcción, cambian, evolucionan. "Ningún género tiene garantizada la eternidad",  afirma el profesor José Francisco Sánchez (1998, p. 17).

Las vertiginosas transformaciones en la producción y circulación de productos comunicativos, derivadas de las tecnologías de la información y la comunicación, ponen una vez más al "rojo vivo" la polémica en torno a la continuidad, ruptura, obsolescencia o vigencia de los géneros periodísticos tal como los identificamos hoy.

La fusión y hasta confusión de métodos, estructuras y estilos procedentes de diversos ámbitos creadores que se manifiestan en las expresiones periodísticas contemporáneas, realidad "agravada" por la irrupción acelerada de las TIC -que las potencian y transforman- constituye la esperanza más rotunda de la pervivencia de los géneros; sólo habría que reparar brevemente en la influencia  que sobre ellos han ejercido antes la fotografía, los recursos sonoros y visuales y otros procedimientos y técnicas.

Es la mezcla, el entrecruzamiento, la aparición de las formas que llegan para imbricarse con otras y abrir nuevos caminos, con la consecuente declinación o desaparición súbita de las intrascendentes que se olvidan tan fácilmente como las tramas de los culebrones, rasgo característico de la escrituración periodística; "como si estuviéramos buscando permanentemente -acota Juan Cantavella- formas nuevas, originales y más productivas para comunicarnos con los lectores" (1999, p. 64)

Aún en los géneros clásicos, es decir, aquellos que se han mantenido de modo más o menos permanente entre las formas empíricas, se advierten cambios tanto en sus estructuras como en su devenir histórico.

La nota informativa o información, por ejemplo, al inicio se redactaba en primera persona y no era firmada por el reportero y la crónica acusó etapas de subestimación u olvido en muchos espacios periodísticos hasta que volvió por sus fueros en la década de los cuarenta.

La entrevista, escenario tradicionalmente reservado para el realce del entrevistado, cede espacios importantes de protagonismo al periodista en la denominada entrevista creativa, no sólo como conductor del diálogo sino como sujeto activo del discurso.

Incluso, uno de los géneros más reconocidos históricamente en las clasificaciones ortodoxas, el reportaje, es justamente ejemplo máximo de mixtura: "tiene (el reportaje) algo de noticia cuando produce revelaciones, de crónica cuando emprende   el relato de un fenómeno, de entrevista  cuando trasmite con amplitud opiniones de las fuentes  o fragmentos de diálogo con ellas" (Ulibarri 1994, p. 82)

Refiriéndose a una de las ediciones del Premio Latinoamericano de Periodismo "José Martí", al que concurren cada año en La Habana cientos de obras, el destacado periodista uruguayo Carlos Fazio ha hecho notar cómo "cada vez más periodistas manejan distintos géneros en forma simultánea para elaborar un trabajo" (1998) lo que en su opinión constituye un notable enriquecimiento. ¿De qué otra forma, sino acudiendo a la fragmentación, han podido los autores de reportajes narrativos trasladar "la complejidad fragmentada e integrante que tienen ante sí"? (Bottiglieri 2002, p. 9).

A tenor de lo anterior, cabe dudar que los géneros sean otra de las especies en extinción, y lo que parece más verdadero es que la crisis se opera en la teoría periodística de los géneros a causa de su "tozudo carácter prescriptivo" (Chillon 2002, p. 17) más que por el embate tecnológico, los "inventos" ilícitos o la incapacidad de los realizadores.

En cualquier caso, la teoría de los géneros debía pasar por la revisión y actualización de la Teoría del Periodismo, especialmente en lo que concierne a uno de sus contenidos medulares, esto es, a partir de considerar el Periodismo no como mero reflejo de la realidad, sino como método de interpretación y construcción simbólica de ella.

¿Periodismo o Literatura?

La homogeneización del lenguaje periodístico, el negarle registros más amplios en virtud de supuestos límites de comprensión y determinarle esquemáticamente los auditorios -ignorando de paso el papel activo del receptor- son aspectos que han influido considerablemente en las debilidades conceptuales de la teoría de los géneros periodísticos, una de cuyas expresiones más recurrentes se concentra en el famoso dictamen de rechazo emitido por profesores y editores recalcitrantes: "Eso no es Periodismo, es Literatura".

Tuvieron que transcurrir seis décadas del pasado siglo -y defino como momento clave el resurgimiento del Nuevo Periodismo- para que el reportaje y la novela fueran aceptados por tirios y troyanos como categorías intercambiables; para que se comprendiese que la conexión ficcional no obligaba a abjurar de la fidelidad a la base testimonial y documental verídicas; para que se les considerara, en fin, caras de la misma moneda que comparten similar rango. El mero hecho de dirigirse a lectores aparentemente distintos cuando no opuestos, acrecentó los criterios excluyentes, hasta que llegó a verse con claridad que tanto en sus estilos como en sus técnicas y lenguajes, ambos se servían de similares recursos para cumplir su fin último y definitorio: la comunicación, y que, sin dejar de informar, era posible que "en cada nota, en cada crónica, en cada reportaje, pudiera alentar una vibración estética" (Pereira 1987, p. 3).

En el área latinoamericana no era frecuente encontrar en manuales de redacción, definiciones de los géneros que aceptaran  su relación con la Literatura, excepción hecha del libro "Géneros Periodísticos", de Juan Gargurevich, en el que se les reconocía atributo creativo al llamárseles claramente, "formas periodístico-literarias" (Gargurevich 1989, p. XVII)

Añádase a la situación antes descrita el hecho de que durante muchos años la mayoría de los textos de Periodismo con los que se trabajó en América Latina, o eran traducciones de obras de autores norteamericanos o, si propios,  seguían con bastante fidelidad sus huellas. Sólo en los años setenta comenzó a cambiar el panorama; aparecieron Reyes Matta, Hernán Uribe, el ya citado Gargurevich y otros que intentaron, y en varios casos lograron, una aproximación más auténtica, culturalmente hablando, superando aquellos textos que en la doctrina de la objetividad y el respeto sacrosanto a la división entre hechos y comentarios descartaban la subjetividad del periodista, ignoraban la más mínima contaminación literaria y reducían el lenguaje periodístico a una función meramente especular y a una dimensión tan unívoca como imposible.

Durante largo tiempo, además, escudándose en supuestos canónicos inamovibles, muchos ignoraron las modificaciones operadas en la capacidad receptora de los destinatarios.

Hoy en día, una de las tendencias del periodismo es la práctica del denominado periodismo ciudadano o cívico desde dos vertientes: la primera relacionada con el tratamiento de temas cercanos al ciudadano con los cuales éste se pueda identificar, y la segunda con la participación de la comunidad a  través de espacios otorgados por los medios que permitan escuchar la voz del público cerrándose así el ciclo comunicativo.

Encuestas, cartas del lector, correo electrónico, entre otras vías, convierten al receptor en elemento dinámico del proceso y le permiten ejercer influencia decisiva en la creación de mensajes.

Todavía hoy es precario -y no sólo en esta región- el panorama crítico respecto al Periodismo,  sobre todo en la temática de lenguajes y géneros, lo que  parece deberse, según algunos autores, a la separación tajante entre saberes teóricos y saberes aplicados. (Los saberes aplicados, huelga decirlo, los de la enseñanza del hacer periodístico, es decir, de los géneros periodísticos, llevan la peor parte).

Los géneros: qué estudiar

Resulta indispensable abandonar el abordaje tradicional de los textos periodísticos y  asumir también la perspectiva de la teoría del discurso cuyas investigaciones revelan características estructurales de la sociedad y no sólo pertinencias lingüísticas.

El análisis del discurso ha enriquecido el saber sobre los procesos empíricos de la comprensión y la interpretación, apunta Van Dyck, y esos hallazgos donde más pueden observarse es, precisamente, "en los procesos de producción, en las estructuras y en la recepción de los mensajes de los medios masivos" (Van Dyck 1997, p. 173).

En definitiva, como se ha dicho, estudiar los géneros, su origen y evolución, sus procedimientos, su tipología y sus perspectivas significa estudiar el Periodismo que se hace en los medios.

No es una cuestión formal que se resuelve en seguir la disciplina de unas normas determinadas; como dice Luisa Santamaría, estudiar los géneros "es comprender  la función de un texto, de un medio de información" (Santamaría 1994, p. 45).

Y aún debía añadirse una ventaja más; aprender bien los géneros, conocer sus funciones y elaborarlos en consecuencia, viabiliza el camino mejor  para "romperlos" y encontrar la voz propia, porque siendo estos la gramática del lenguaje periodístico deviene, por tanto, la base del estilo propio.

Hay que enseñar los géneros, de acuerdo totalmente; son ellos "las aptitudes más vigorosas e impactantes del elaborador de contenidos" (Calvimontes 1983, p. 10).  Pero si admitimos pertinente la parcelación de géneros por razones de orden metodológico, igualmente adecuado nos parece la sistemática conceptualización al interior de ellos para revelar y revelarnos en una dimensión más profunda su potencialidad,  que no puede reducirse a una relación  de reglas acabadas, deterministas, surgidas de un recetario que certifica el producto como válido aun en situaciones y contextos diferentes.

La clasificación de los géneros periodísticos es hoy día muy amplia, tanto por géneros como por sub-géneros, pero, en general, en cualquier tipología al uso, más allá de las diferencias clasificatorias, se parte del esquema hechos-opinión según lo cual en el  área factual no cabría la interpretación, la opinión del periodista, como si fuera posible reducir la información a un mero acto de trasmisión neutra carente de intencionalidad.

Si bien es deseable mantener niveles de gradación opinática en las áreas de la transmisión noticiosa, la delimitación per se entraña un esquema tan peligroso como el que, al parecer, se pretendiera evitar.

Recordaba en ese sentido la Dra. Pastora Moreno al intervenir en ICOM 2002, que "la puesta en práctica  del axioma ‘los hechos son sagrados y las opiniones libres', rara vez se materializa en una práctica profesional más o menos continuada"  (Moreno 2002).

A la llevada y traída doctrina de la objetividad se adecuó la tesis de que al Periodismo le corresponde un lenguaje estandar, justificándose tal supuesto, sobre todo, en condicionamientos económicos de la industria mediática dados de una vez y para siempre.

Así las cosas, se ha pretendido que la denominación de lenguaje periodístico abarque todo el entramado de modos expresivos, de géneros e incluso de medios, cuando en verdad, y con reservas ciertamente, pudiera admitirse un lenguaje más estandarizado u homogéneo sólo para la información noticiosa y sólo para algunos tipos de ella.

Atribuir a la información de actualidad, sin otros deslindes,  la "cualidad" de objetividad intrínseca resulta cuando menos, caprichoso. Al respecto, escribe Rosario  León,  de la Universidad de Sevilla: "La información de actualidad por sí sola aporta muchas veces un conocimiento superficial de la información contextualizada  que, según los cánones, no es información en sentido puro, estricto, pero sirve sin duda para esa función interpretativa" (León 1995, p. 82). Por su parte, Gomis sentencia que los géneros son "fórmulas para la interpretación" (Sánchez y López 1998, p. 26).

De igual modo, bajo el frágil ropaje de lenguaje periodístico, se pretende abarcar también, sin distingos, los lenguajes del periodismo radiofónico, audiovisual y de la prensa escrita.  Como anota el venezolano Luis Angulo Ruiz, el paisaje lingüístico del Periodismo es variado y complejo por lo que "no es posible encasillar un fenómeno de esta índole en una expresión singular" (Angulo 1989, p. 46).

Muchas veces, desde las aulas, caemos en la tentación de conducir a los estudiantes a  que,  pertrechados de dictámenes normativos, salgan en busca de la realidad para, en ellos y con ellos, comprimirla, ajustarla a tales nociones. El camino puede ser  y debe ser radicalmente distinto: que la realidad imponga los géneros y que el lenguaje, para captarla en toda su grandeza y complejidad, sea un auténtico reto: sólo así sería posible ratificar si las prescripciones fueron válidas o no.

Teoría, práctica, renovación

Desde el ámbito de la enseñanza,  me permito algunas proposiciones, ya que no parece prudente aventurar respuestas rotundas en materia tan polémica y, paradójicamente, poco estudiada de modo científico.

Creo que la enseñanza de los géneros debe reforzar, en primer lugar, la capacidad crítica y autocrítica del estudiante. Es importante que los estudiantes reconozcan la presencia e influencia de las rutinas productivas y las ideologías profesionales en la construcción de los relatos periodísticos y, en la medida de lo posible, reflexionen sobre las posibilidades de cambio con  el adecuado empleo y dominio de ellos.

Más que aprender a hacer, los estudiantes de Periodismo tienen que aprender a ser, permítaseme el involuntario juego de palabras. Lo que quiero decir se remite a sustituir el aprendizaje mimético por el aprendizaje verdadero, a privilegiar que los estudiantes escuchen su propia voz, descubran sus propias capacidades de lectura y aprehensión de la realidad, busquen los porqués, aprendan más que acierten.

Propiciar y estimular los cuestionamientos inteligentes de todo tipo de concepto prehecho, predeterminado, en relación con los géneros, el lenguaje y el estilo periodístico, para así contribuir, sin duda, a su constante y enriquecedora renovación. Porque, no lo podemos olvidar, son las innovaciones, las rupturas creativas, las que han elevado la categoría del  lenguaje periodístico, las que marcan hitos, a pesar del silencio o del descontento de la crítica y de la propia academia.

De obligado estudio en cualquier curso de  Redacción y  Lenguaje   son -debían ser- las obras periodísticas de Eduardo Galeano, García Márquez, Muñoz Molina, Horacio Verbitsky, Maruja Torres, Miguel Bonaso, Kapuscinsky, Alberto Moravia y Oriana Fallaci entre tantos y tantos otros que,  con el legado de sus producciones, han aliviado la orfandad crítica que padece la enseñanza con calidad de los haceres profesionales.

La enseñanza rigurosa de los géneros, junto con el espacio abierto a la investigación, la experimentación, la invención y la creatividad. Como recomienda Angulo Ruiz: "al lado de un aprendizaje de unas técnicas para elaborar textos de acuerdo con los géneros, debería haber la discusión de los géneros mismos" (Angulo 1989, p. 55).

Re-evaluar  la teoría de los géneros periodísticos que parte de  las funciones asignadas a los tres grandes macrogéneros: informativo, interpretativo y de opinión, y preguntarse si esa clasificación no dicta compartimientos estancos y refuerzan la creencia en la utópica objetividad periodística.

Articular la enseñanza de los géneros con el resto de las materias relacionadas con la Comunicación y con la formación general humanística, desde una perspectiva multidisciplinaria que privilegie y halle su concreción en el ejercicio periodístico, en el hacer,  porque es en ese terreno donde conceptualizaciones , teorías y metodologías se validan, cobran utilidad y vida.

Re-pensar, asimismo, el sistema de habilidades que sería más aconsejable diseñar para entrenar a los estudiantes, preferentemente en talleres dedicados a la exposición de ideas y discusión de proyectos creativos más que en el ejercicio, generalmente lento y aburrido, de elaborar trabajos, bajo techo docente, con el fin de desarrollar destrezas redaccionales.

Pero saber escribir, dominar técnicas y habilidades para trasmitir y analizar acontecimientos de la Historia  que se gesta todos los días, con toda la importancia profesional que ello reviste, no constituye el quid del problema.

La enseñanza del hacer tiene que colocar en su justo lugar la profesión periodística como una actividad intelectual, elemento conceptual clave tanto para la Teoría del Periodismo como para la Teoría de los Géneros.

De modo excelente lo ha expresado Albert Chillon: "La comunicación periodística en cualesquiera medios, soportes, géneros o estilos (...) debe ser considerada como una mediación cultural de elevada complejidad conceptual, expresiva y técnica" (Chillon 1999, p.  431).

Desde la academia, en resumen,   estar siempre dispuestos a admitir  la hibridez cuando ella logre articular aportes recíprocos, modos y técnicas que sirvan a los géneros para testimoniar e interpretar la realidad -o fragmentos de ella- con el mayor grado de autenticidad y belleza.

Conclusiones:

1. Los géneros periodísticos son útiles para los medios, los periodistas, los receptores, los profesores y los estudiantes de Periodismo porque operan como modelos, contribuyen a la organización de los materiales y responden a las expectativas del público.

2. No existen géneros químicamente puros: el entrecruzamiento de formas y estilos, necesarios para testimoniar e interpretar el mundo que nos rodea, fomenta su hibridez.

3. Las modernas transformaciones tecnológicas en la producción y transmisión periodística aceleran la evolución de los géneros tradicionales y posibilitan la aparición de otros que corresponden al nuevo ámbito comunicacional.

4. El lenguaje periodístico tiene amplios registros. Públicos, medios, temáticas, perfiles editoriales y realizadores determinan diferentes estilos y lenguajes.

5. La clasificación tradicional de géneros que aún prevalece, contribuye a reforzar el mito de la objetividad periodística.

6. El Periodismo y la Literatura intercambian recursos expresivos en sus respectivos modos de aproximarse a la realidad.

7. La enseñanza de los géneros debe estimular la creatividad basada en el rigor y la experimentación.

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