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PABLO EN EL GRAN RÍO DE LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA

PABLO EN EL GRAN RÍO DE LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA

Dr. ROGER RICARDO LUIS,
Profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

"Me quedaré en España, compañero".
me dijiste con gesto enamorado.
Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero
en la hierba de España te has quedado.
Miguel Hernández

“… Me voy a España, a ser arrastrado por el gran río de la revolución. A ver un pueblo en lucha. A conocer héroes. A oír el trueno del cañón y sentir el viento de la metralla. A contemplar incendios y fusilamientos. A estar junto al gran remolino silencioso de la muerte…”

Así, con belleza telúrica, Pablo de la Torriente Brau proclamó la determinación que marcó el acto  más trascendental en su vida. Lo hacía parapetado desde la crónica, Me voy a España, lanzando un grito de guerra y esperanza.  Ahí está  el “Pablo periodista, narrador, agitador, combatiente”, como lo definió Juan Marinello en el prólogo de Peleando con los milicianos.

Era España el corazón del mundo para 1936. Entonces tenía 35 años y viajaba no sólo para reportar, escribir de la revolución que allí eclosionaba, sino también para aprender de ella pensando en Cuba.

La vía más expedita para llegar hasta el epicentro del conflicto fue la de agenciarse una corresponsalía. Reputación tenía para ello. Así, cuando tocó a las puertas de la revista New Masses, enseguida le abrieron y “que me pagarán diez pesos por crónica”. Esa publicación, vinculada al Partido Comunista de Estados Unidos, contó con las firmas de Ernest Hemingway, Upton Sinclair, John Dos Passos. La otra publicación fue El Machete, órgano del Partido Comunista de México, del cual era conocido colaborador.

Razones tuvo para marchar a la guerra. Sus cartas a compañeros de lucha y amigos son contentivas de lo extraordinariamente duro que le resultó la estancia en Estados Unidos y el escepticismo que lo embargaba respecto a las condiciones existentes en la isla para impulsar su anhelada revolución. De ello da fe la misiva remitida a Carlos Martínez, con fecha 28 de julio de 1936, donde expresó: “La revolución está en el punto muerto; está como esas ruedas de los camiones atascados, que giran en el aire inútilmente”. Párrafos más adelante subraya: “…ahora me consuelo con la revolución española. Nosotros hemos cometido una pifia al no irnos para allá hace algún tiempo”.

Poco después, en otra epístola donde hablaba de sus gestiones para ir a España, evidenciaría la importancia estratégica que le otorgaba a la decisión: “Allá, aparte de la gran experiencia a mi vista, creo firmemente que puedo hacer por la revolución cubana mucho, pues parece claro que la revolución española tiene en Cuba profundas repercusiones y se le podrá sacar lascas innúmeras, de lección, en beneficio de todo nuestro pueblo”.

La huella periodística de Pablo en ese paso fugaz y trepidante de apenas tres meses por el mapa bélico español fue tan contundente que ha quedado registrado entre los más  importantes y significativos testimonio de la epopeya.

Es importante destacar que la labor como corresponsal de guerra ha de verse orgánicamente vinculada al resto de su actividad política. Él tuvo conciencia del papel de la narración periodística en tanto discurso político, el periodismo fue su trinchera por excelencia por la sencilla razón de que fue su principal forma de comunicación como activista político, un acto que en él se daba natural dado su carisma, cultura  autodidacta, sentido del deber, patriotismo y la capacidad innata para decir.

El joven revolucionario comprendió como pocos en su tiempo el poder de lo simbólico como constructor de conciencia y que el discurso es resultante de un contexto que también puede ser modificado  desde el propio discurso. De ahí la importancia que le concedió al periodismo para la denuncia, para el cambio, y del periodismo como un tipo especial de propaganda como modelador de comportamientos.

Pablo estuvo persuadido de cuánto de cierto hay en la afirmación que hiciera  del general Clausewitz, de que  “… la guerra es la continuación de la política por otros medios”, y, en consecuencia, tomó de partido. Desde esa perspectiva  pudiera decirse que su relato periodístico encontró apoyatura en principios de la guerra psicológica, partiendo de un sincero y riguroso apego a la verdad. En consecuencia, legitimó  la acción de sus compañeros de armas a partir del  empleo hábil y justificado de la heroicidad objetivada en la historia de vida del combatiente, reforzó el ideal de la causa justa que defendían, contribuyó a cohesionarlos y les infundió confianza en la victoria; en fin, toda su labor estuvo direccionada a mantener siempre elevada la moral combativa de los suyos. Al descalificar al enemigo, no lo denostó y mucho menos arremetió con una retórica enajenada, sino demostrando a cada momento y de manera contundente e irrebatible la esencia del fascismo, del peligro que representaba para la humanidad y ejemplificó con los crímenes que cometió contra la población española indefensa.

Su trayectoria como combatiente por la transformación social puede seguirse y estudiarse desde su presencia en los periódicos y en su profusa producción epistolar cuya dimensión contextual rebasó lo íntimo y que, una vez publicada, devino valiosa compilación con evidentes rasgos del comentario periodístico de corte político, comunicación vigorosa por donde discurre el riguroso análisis del momento histórico.

Así, las crónicas de guerra de Peleando con los milicianos tienen su correlato en las cartas de esa etapa. La labor de propagandista político que con altos quilates realizó desde sus crónicas de guerra se ensambla con la valoración sustanciosa y crítica del contexto que hizo en las misivas enviadas a los compañeros de lucha. Ambas formas de comunicación quedaron orgánicamente enlazadas para darnos una visión holística no solo del escenario español, sino del europeo abocado a la segunda guerra mundial y de la Cuba post revolución del treinta.

A Raúl Roa le expresó en misiva con fecha 15 de enero de 1936:”Mis cartas son las actas oficiales de mi pensamiento. No tengo miedo nunca a escribir lo que pienso con vistas al presente y al futuro, porque mis pensamientos no tienen dos filos ni dos intenciones, le bastan con tener un solo filo bien poderoso y tajante el que le brinda la interna y firme convicción de mis actos. No me importa tampoco nada equivocarme en política, porque solo no se equivoca el que no labora, el que no lucha”.

De la Torriente tuvo certidumbre de la capacidad de influencia, de  (des)legitimación de la prensa y de ésta como vehículo de propaganda política desde una postura afiliada al criterio de Lenin, quien planteó: “(…) Necesitamos un periódico; sin él no será posible una labor de propaganda y agitación múltiple, basada en sólidos principios”.

Fue también un adelantado en su época al intuir el desplazamiento irreversible que comenzaba a darse con el espacio público más allá del lugar físico clásico para hacer política; en esa dirección, vislumbró que la naciente industria cultural, encabezadas entonces por la radio y la cine, ensanchaba a demarcaciones insospechadas el tradicional ámbito de la plaza y la tribuna y con ello las posibilidades para influir en la opinión pública.

Bastaría recordar cómo describió el papel del cine en su crónica We are from Madrid, cuando “cinco mil espectadores angustiados, frenéticos, gozosos, triunfantes, exaltados” cantaron La Internacional al ver reflejada la realidad de su Madrid en guerra en la pantalla con la película soviética Los marineros del Kronstadt que recordaba los días del Petrogrado de la revolución bolchevique.

Para el autor de Realengo 18, el periodismo fue consustancial a la labor política en tanto ejercicio de información, reflexión y persuasión. Lo aprendió de Martí, quien lo practicó desde esa comprensión a lo largo de toda su vida política. Fue portador también de un legado histórico que bien conocía; en buena lid fue continuador  excelso de la tradición del periodismo mambí. Él heredó de la prensa independentista su alineación con la causa justa, el compromiso con esa verdad, la prosa vigorosa que, en su caso, devino punto de inflexión en tanto forma narrativa.

La presencia de Martí se advierte también en la obra narrativa de Pablo, martiano raigal.  Del aliento discursivo de Escenas norteamericanas del prócer está impregnada la narrativa periodística del joven que aprendió a leer en la Edad de oro, signo vital de su cubanidad, como él mismo preconizaba. Ambos se unen en el tiempo desde el quehacer e ímpetu revolucionarios y la maestría expresiva; ellos representan dos momentos históricos ensamblados en el devenir del proceso de liberación nacional cubano.

De la Torriente Brau es igualmente en el tiempo expresión de la militancia y línea expresiva  de John Reed, el peregrino de los grandes caminos a inicios del siglo XX. Reed pintaba sus narraciones y era capaz de poner a dialogar de igual a igual a  sus lectores con los héroes terrenales que iba a buscar al centro de la tempestad revolucionaria. Ahí están, por ejemplo, sus clásicos México insurgente y Diez días que conmovieron al mundo.

Cuando escribió Des avions por l´Espagne, registrando con su palabra cinematográfica la efervescencia parisina por la lucha que acontecía en la vecina España, ya Pablo tenía a su haber Cuentos de Batey y Presidio Modelo, narrativas  donde demostró afán de renovación y originalidad y que marcaron un antes y un después en la literatura cubana y dentro de ésta, como es natural, el periodismo. Es decir, a Barcelona llegó con la fibra y la garra del gran periodista que ya había labrado.

Su entrañable amigo Raúl Roa lo vio “directo y ágil, como un reportero moderno”. Ambrosio Fornet dijo que “(…) fue el primero en escribir con el ritmo de la respiración”. Carlos Rafael Rodríguez encuadró su estilo en el testimonio, forma expresiva que define como literatura directa que tiene el valor de la transcripción de lo real, no una literatura que se sobrepone a la realidad para enriquecerla, sino que surge de la realidad misma enriqueciéndola. Juan Marinello subrayó que “(…) para ser periodista cabal posee Pablo de la Torriente capacidades específicas y relevantes. Es un escritor natural de mucha sabiduría. Es distinto y llega a todos. Transmite lo que ve sin artificio ni revoque, pero siempre con acento propio y de modo nuevo”. Alejo Carpentier lo retrata cuando dice  que el periodista es un cronista de su tiempo.

Por demás, encasillar la producción de Pablo en este o aquel género periodístico, resulta un verdadero sacrilegio. Su periodismo fue como él que no admitía estancos ni encierros. Su naturaleza transgresora e irreverente también la hizo sentir en la manera de contar donde la fuerza huracanada del vanguardismo dejó su huella.  Una de las singularidades de su periodismo es que su mirada no es neutra, más bien inquisitiva, busca escrutar lo reportado en movimiento, en su contexto epocal.

Lo expuesto puede encuadrar en la percepción de Gabriel García Márquez quien sostiene que acudir a la crónica es necesario si lo que se quiere es dar cuenta de nuestra realidad compleja, las más de las veces difícil, dura, envuelta en paradojas y contrasentidos.

Él se hizo su propio traje a la medida a partir de un relato periodístico entendido desde la perspectiva de aquel tipo de discurso que cobija, da unidad y coherencia a acontecimientos verdaderos, actuales, de interés humano cuyo significado vital proviene de la experiencia de los protagonistas y que de la mano del autor y su correspondiente socialización se hace socialmente relevante y, por tanto, alcanza entidad significante. En el relato de Pablo pueden convivir diversos tipos de narrativas, de ahí su carácter transgresor al romper con las fronteras genéricas tradicionales del periodismo para dar la posibilidad de brindar horizontes más amplios del hecho reportado y propiciar así un mayor diapasón de referentes  y marcos interpretativos al lector.

Estudiosos de la obra pabliana, como Ana Cairo, coinciden en afirmar que su prosa está cargada de metáforas, símiles, imágenes sensoriales de todo tipo.

El periodismo  del autor de Realengo 18 hizo protagonista a los marginados de siempre, le otorgó la voz negada, acudió al testigo auténtico para desentrañar el entorno, dándole el verdadero sentido histórico a esa realidad otra y provocar con ello la toma de partido. Él, por tanto, no fue un espectador neutro, se involucra e implica con el propósito de encauzar la transformación social revolucionaria. Puede decirse entonces que en el periodismo pabliano habita el análisis social con la singularidad de que lo subjetivo de la historia contada se transforma en memoria colectiva contada desde un estilo donde predomina la hazaña imaginativa, el color.

Esa perspectiva se transparenta desde su condición de corresponsal de guerra, pero desde el relato épico que en su caso no es la transcripción ortopédica de la historia. Todo gran hecho necesita testigos a su nivel y Pablo lo es para el suceso español. De ahí que el autor de Presidio Modelo le dijera a Roa en carta fechada en Nueva York el 18 de agosto de 1936: “Mis ojos se han hecho para ver cosas extraordinarias y mi maquinita para escribirlas”.

La calidad de su testimonio nace de la profunda sustancia de lo vivido y sentido. Con él asistimos a la lectura de un relato a la intemperie poseedor de alma, corazón y vida  desde una imaginación desbordada aferrada sin falta a la realidad.

Palabra urgente, así puede definirse el estilo de Pablo de la Torriente Brau a la hora de reportar la guerra. Su crónica bélica está sensiblemente marcada por el estilo cinematográfico, arte que lo deslumbró y por el cual sentía profunda admiración, y, sobre todo, porque sólo de esta manera, como cámara viviente que capta, siente, oye, recorrió con el apremio  de las veinticuatro imágenes por segundo el drama del campo de batalla. En Francisco Galán, un general de la milicia española, proclamó: “Toda la guerra se ha hecho para que el cine de cuenta de ella”.

No hay rebuscamientos en el decir, redacta con oraciones sencillas, cortas, sustanciosas; va al directo sin descuidar el significado y excelencia de lo expresado con intención manifiesta. Maneja el adjetivo a ráfagas como disparos certeros que definen, exaltan, elogian, conmueven, retratan. Emplea el punto suspensivo para hacer cómplice al lector  en la interpretación de las ideas que expone, para otorgar dinamismo a la lectura, como el soldado que va a la ofensiva y no tiene tiempo para mirar atrás. Gusta del diálogo, la viñeta, de la historia testimonial compacta y participativa de manera que no quede ningún protagonista fuera del relato y pintar así el arco iris de héroes, la tropa, la acción colectiva. Como siempre, el humor, la ironía, la exageración, el sarcasmo, aderezan las historias otorgándoles una actitud lúdica desde certezas inteligentes y agudas. Y para no variar, Pablo es autor implícito sin rubor posible, narrador o actor de primera fila de sus textos.

Como hombre de fibra reporteril, en España también lo obsesionaba el transcurrir inexorable del reloj porque quería hacerse carne, hueso y existencia fecunda en aquella lucha, “Me sobran energías, pero me falta tiempo”, decía.

Su agenda de trabajo como corresponsal quedó bien definida antes de partir a España: “(…) “me acercaré a los líderes para saber lo que piensan. Iré a donde están peleando las milicias, en las montañas y desfiladeros, contra el ejército traidor. Hablaré con la “Pasionaria”, la jefa de las mujeres de corazón de acero. Iré hasta los barcos de la escuadra, mandados por marineros que han salvado la revolución con su lealtad y su valor, impidiendo el paso de los mercenarios de Marruecos. Presenciaré el fusilamiento de los jefes fascistas… Acaso estaré allá, cuando Mussolini y Hitler, no pudiéndose sostenerse más, se lancen a la guerra y vendrá entonces la batalla definitiva entre oprimido y opresores… ¡Y asistiré de todos modos, al gran triunfo de la revolución…”

De todo ello da fe Peleando con los milicianos.

Jorge Ferrer, prologuista de la más reciente edición española de Peleando con los milicianos, compacta la presencia huracanada de Pablo en la España guerrera: “La actividad del cubano ―corresponsal y miliciano; miliciano y corresponsal― es de veras frenética. Lo vemos entrevistándose con el general Álvarez del Vallo, comiendo con Marañón y Menéndez Pidal, visitando a José María Chacón y Calvo ―eminente hispanista a la sazón secretario de la Legación de Cuba en España― o a Lino Novás Calvo. Lo sabemos acudiendo a la sede de la Alianza Intelectual Antifascista, donde le conoce el poeta Miguel Hernández, hablándole al enemigo parapetado al otro lado de la estrecha línea del frente ― ¡Que hable el cubano!, pedían desde el otro lado―, asistiendo a bombardeos en la Sierra, en Barajas, escuchando el tableteo de los cañones a las afueras de Madrid ― “¡Si oyeras cómo truena el cañoneo! Parece que están sacudiendo todas las alfombras de Madrid”―, desentrañando la compleja maraña de fuerzas que formaban el bando republicano, admirando los discursos de Indalecio Prieto, “de corte leniniano por completo”, planeando escribir todo un libro sobre El Campesino y sus hombres que pensaba titular La leche de Buitrago, organizando actividades culturales festivas “para levantar el ánimo a los hombres”…”

“Marxista de firme convicción”, como lo define Marinello, lo primero que resalta en la narrativa épica de Pablo sobre la guerra en España es el internacionalismo. Él tomó como punto de partida el precepto martiano de Patria es humanidad y transita hacia la perspectiva  de la lucha clasista  a nivel internacional. En su relato quedan nítidamente expresados virtudes  y valores éticos como amistad, solidaridad, dignidad, honor, deber, amor, sacrificio en el acto viril de luchar contra el agresor.

En el parapeto,  impercedera crónica de guerra, la polémica con el enemigo relacionada con los ideales del internacionalismo deviene modélica. En ella el comisario político Pablo responde viril a los fascistas: "Con ustedes está la canalla del mundo... A nosotros nos mandan luchadores de la libertad y nos apoya el proletariado del mundo entero... Nosotros, los hispanoamericanos, hemos venido aquí y allá reunimos dinero para la causa del pueblo español, porque estamos contra la España que ustedes quieren prolongar, la vieja España de la explotación de nuestros pueblos, contra la que fue nuestra madrasta y ahora será nuestra hermana mayor, por ser la primera en obtener la libertad..." 

Da testimonio de la ayuda solidaria que llegó a España de diferentes partes del mundo en Polizontes del Magallanes, con los jóvenes mexicanos que atravesaron el Atlántico para  hacerse parte de la epopeya. También lo retrata al describir la corriente de simpatía y solidaridad de los parisinos por la República española a sabiendas que en la tierra vecina se decidía el destino de la Francia antifascista, tal como lo expone en Barcelona bajo el signo de la revolución.

Lo heroico discurre como hilo conductor de sus historias una veces soterrado, otras visible y luminoso: “…Casos de caer quince hombres en fila ante una ametralladora hasta que el número dieciséis en la fila bloquea el fuego y toma la pieza”, así relata en Barcelona bajo el signo de la revolución.  Para Pablo, la heroicidad es “el sacrificio, el valor, el desinterés y la constancia. ¡Y sólo se otorga con la victoria o con la muerte!” . También lo identifica como atributo en el acto colectivo: “El pueblo fue al asalto con escopeta de caza, con hachas, con tubos… Fue inverosímil… Pero ocurrió… Fue la suerte de España.”
El corresponsal de guerra también dibuja con palabras a los héroes, otorgándoles un halo trascendental. Así lo hace en Des avions por l´Espagne, con Dolores Ibárruri: “La Pasionaria famosa, que en un mitin monstruoso en el Velodrome d´Hiver arrebató al  público. Su nombre, su majestad patética, su enrome fuerza moral, su palidez de cansancio, en contraste con su ropa negra, los mechones blancos sobre su cara aún joven, ejercieron una singular fascinación sobre los parisienses que la aclamaron delirantemente”.

La mirada escrutadora  e intencionada del corresponsal de guerra encontró en los jóvenes combatientes españoles una fuente de alegría y heroísmo. Lo describe en Barcelona bajo el signo de la revolución: “Los milicianos son tan jóvenes y tan entusiasta que más parecen estudiantes de vacaciones que hombres que regresan o que van al frente de combate”. También en Campesino y sus hombres: “Son una tropa joven, ardiente, anhelosa siempre de que den los lugares difíciles para demostrar lo que hacen los hombres que tomaron la leche de Buitrago. Son de todas partes de España. Campesino, el comandante, se ríe de sus oficiales porque casi ninguno tiene “pelo de barbas”. Cuando caen heridos, se dan ellos mismos el alta de hospital en contra de la opinión del médico para terminar sus curas en el botiquín del batallón”.

El gigante cubano quiere dejar constancia de la irrupción volcánica de lo heroico que descubrió y admiró en cada trinchera española a la que llegó. Con apenas un epíteto, frase, oración, da fe de vida, registra para el presente y el porvenir a los hombres y mujeres hasta ese momento anónimos. Así habla del Comisario Blindado; de Marina, la muchacha de la ametralladora; del  soldado torero; del maestro combatiente; de Luna, la jefa de pelotón; del Comandante político; de los siete hombres que fueron en medio de la noche a rescatar a tres camaradas heridos que habían quedado en campo enemigo. Trata, en suma, desde el elogio como estímulo, de amasar el heroísmo colectivo.

Para Pablo la actitud ejemplar debe ser motivo de acción educativa. En Francisco Galán, un general de las milicias españolas, al héroe lo proyecta como paradigma de lo que debe ser un jefe militar revolucionario: “(…) Paco Galán, general de milicias a un tiempo militar y político, a la vez estratega y comisario, organizador y táctico, creador de soldados y director de combate.”

El sentido clasista, el optimismo y capacidad transformadora de quienes luchan por la República es savia que corre por la propuesta discursiva pabliana. Lo transparenta en Un alcalde  de la revolución, con el de Buitrago de Lozoya, Víctor Rodrígo: “Yo he sido campesino, pastor, ganadero, carnicero. De todo. La primera carrera que me dieron fue laborar. Y España es rica, España tiene aceite, uvas, naranjas, arroz; tiene ganados numerosos, minas. España tiene de todo, Por muy mal, por muy mal que quedemos, en cuatro años, si nos dejan, la reconstruiremos. Y estará mejor que nunca. Porque hasta ahora España ha sido pobre, porque ha sido para unos cuantos nada más. La energía acumulada en la guerra, el pueblo la aplicará en la paz”.

Lo ético también queda categóricamente asentado como derrotero inevitable del bando desde donde se defiende la causa justa. En el parapeto da fe de ello:

“-  (…) Tenemos que vengar la muerte de Lolita. Como vengan hoy al  parapeto a dejar la prensa, nos lo cargamos”.

- No teniente, no puede ser eso – le atajó muy seriamente un miliciano.

-¿Qué? ¿Lo vamos a dejar llegar? ¿Acaso ellos han respetado nunca los parlamentos? ¿Acaso en Madrid y Barcelona, en Oviedo, y en todas partes, no han usado los parlamentos para ametrallarnos cuando nos acercamos?

-Pues por eso mismo, teniente, porque nosotros no podemos ser como ellos –replicó el miliciano”.

La concepción ético-moral que preconiza el comisario-periodista de la guerra tiene por centro al combatiente. Así queda plasmado en la entrevista que realizó a Francisco Galán, jefe de tropas voluntarias, quien subraya: “La guerra la ganan los hombres y no las armas”. Para Pablo la eticidad pasa inexorablemente por la verdad como factor de concientización y movilización de las fuerzas revolucionarias. Lo pone de relieve en la entrevista  que realiza a José Díaz, secretario general del Partido Comunista de España, cuando el líder enfatiza: “(…) Decir la verdad porque solo con el conocimiento de ella se puede vencer”.

Guerra y muerte, sin afeites, articulan un binomio en la épica española narrada por el internacionalista boricuacubano desde múltiple aristas. En unos casos como compromiso y mandato supremo: “Aquí no venimos a morir, sino a matar. Solo venimos a morir cuando vamos al ataque, cuando vamos a cambiar la vida por un objetivo. La vida que traemos al parapeto no es nuestra. Ya la hemos dado al Partido Comunista. Es de la revolución. Y un muerto no es solo un compañero que cae. Es un rifle menos  para matar fascista”, pone en boca del teniente Ruiz en el vibrante diálogo que sostiene el oficial con sus subordinados En el parapeto.

En ese mismo relato dibujó la muerte desde la metáfora con el fin de subrayar lo heroico y conminar al combate. Aparece al narrar el episodio de la miliciana de 17 años de edad, Lolita Márquez, la aprendiz de modista, quien cae bajo fuego enemigo al cruzar de una trinchera a otra. Pablo le confirió un dramatismo especial a la descripción que hace  cuando rescatan el cuerpo de la muchacha, ya inerme, en el campo de batalla: “(…) llevaba el lívido color de la muerte que se parece al de un canario enfermo”.

En el relato de referencia, el miedo, ese fantasma que ronda a los combatientes en la guerra, fue también abordado con sencillez y honestidad, humor y añoranza desde su propia experiencia: “Me acosté a cielo abierto porque no había espacio en las pocas chabolas que aún habían hecho. Había una clara luna remota, de menguante. Y las estrellas, mis viejas amigas del cielo del Presidio. Tanto tiempo sin verlas. De pronto me entró la duda. ¿Era  Casiopea la constelación que brillaba en mi cabeza? El cuerpo me temblaba por el frío, como si fuera un flan. ¿Tendré yo miedo –pensé- que no me acuerdo bien de lo que sé? Me acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros, de mis árboles de Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor, en la guerra, cuando uno tiene un recuerdo es porque se siente miedo. Pero no estaba convencido”.

Pablo no concibió la epopeya española y sus  coordenadas heroicas sin la imprescindible participación de la mujer. Lo recogió en Cuatro mujeres en el frente, pero también en otras de sus crónicas. Una de las más elocuentes referencias es la que hace de Julia, La Miliciana, en  Campesino y sus hombres. De ella reconoció su arrojo: “(…) que se mete por donde ningún hombre se mete. Alta y fuerte, una vez llevó a espaldas, bajo fuego enemigo, a un herido desde la avanzadilla hasta el botiquín de la retaguardia. En la trinchera donde ella esté, los hombres se sienten obligados a ser más hombres para ser igual a ella”.

Como propagandista político se apropia visionariamente de la labor  educativa del jefe militar revolucionario para socializarla y pensando, tal vez, en aplicarla en Cuba cuando llegara el momento. El diálogo que sostuvo con Paco Galán, por quien profesara especial admiración, muestra ese interés. El comandante de milicianos le manifestó al periodista: “No mando nunca y razono sobre la conveniencia de hacer las cosas. Además, le he dado  el justo valor al miliciano. He tratado que tenga participación en todo. Nunca le he ocultado nada y le planteo la realidad de la situación, por grave que sea, ofreciéndole, claro está, todas las coyunturas positivas que puedan tener. Pero sobre todo he tratado que la columna sea un vivero de combatientes serenos y expertos, en el que cada uno tiene fe en los demás. Por eso hemos rechazado toda clase de ataques y cada día es más alta la moral de estas tropas”.

Pablo fue capaz de pintar óleos con las palabras e ir más adentro de sus héroes admirados. Así retrató a Valentín González: “Joven, con su barba negrísima, sus dientes que relucen, sus brillantes ojos, su gorro ruso, su capote negro, su desenfado insultante, su cara morena, su lenguaje sincero, violento, burlón, su cuerpo un poco grueso y su satisfacción de ser él mismo, y no nadie más, parecido a un mismo tiempo a un moro o un cosaco. Campesino es hoy un héroe popular de la Revolución española”.

Catorce crónicas revelan el periplo de Pablo. Barcelona, Madrid y Buitrago de Lozoya marcan el mapa bélico del internacionalista antillano. En ese último sitio compartió con la tropa de Paco Galán para finalmente incorporarse a la Brigada de Choque de Valentín González, El Campesino, donde fue nombrado Comisario Político.

Al respecto, De la Torriente Brau  escribió a Roa en carta con fecha 15 de noviembre: “(…) acaso sea un error desde el punto de vista periodístico, puesto que tengo que permanecer alejado de Madrid más tiempo del que debiera, pero, para justificarme plenamente, comprenderás que en estos momentos había que abandonar toda posición que no fuera la más estrictamente revolucionaria”.

De su labor en la primera línea de combate dijo Jorge M. Reverte “(…) que era escritor y periodista, y además un luchador de primera, (...) que no rehuía nunca la primera línea de fuego, a pesar de destacar mucho físicamente, pues tenía 1m 85 cm de estatura, y era muy valiente."

En el número uno de Al Ataque, Antonio Aparicio escribió: "(...) vino Torriente a España para enviar desde aquí sus trabajos literarios sobre la guerra civil española. Pero, ya en España, no se limitó a esa labor. Su temperamento de luchador juvenil y apasionado le exigía un trabajo más duro dónde emplear la energía y tesón de su juventud combativa (...) Los soldados (...) vieron más de una vez a Torriente fijo en su puesto durante los momentos más encarnizados de la pelea, ayudando con su ejemplo a resistir el empuje enemigo. Eran los días dramáticos en que el peligro sobre Madrid aumentaba por instantes (...) Era el comisario que necesitaban los luchadores para conservar sus puestos sin vacilar, sin dejarse ganar por titubeos (....)”.

A Valentín González dedicó el combatiente internacionalista cubano una de sus más viriles crónicas, la última que envió desde el campo de batalla: “Este es Campesino. Un hombre de novela. (…) sus hombres lo admiran y quieren. El enemigo lo odia. Los cobardes le huyen. Los valientes, todos, quieren ser como él”. Tal era la valoración hacia su jefe. Entre ambos hubo una sentida corriente de simpatía, de camaradería. Se dijo que El Campesino, a riesgo de su vida, fue quien rescató el cadáver del subordinado y lo condecoró póstumamente con el grado de Capitán, tras reconocer su ejemplo y su valor. El legendario jefe militar dijo muchos años después que la pluma de Pablo hacía mayores estragos que toda una batería de artillería, pero que estuvo siempre ansioso, desde que llegó a España, de cambiar esa pluma maravillosa por el fusil.

En la tropa de Valentín, el Comisario Político estrechó vínculos con Miguel Hernández: “(…) Un muchacho considerado como uno de los mejores poetas de españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores. Lo nombré jefe del Departamento de Cultura, estuvimos trabajando en los planes para publicar el periódico de la brigada y la creación de uno de los periódicos murales”, cuenta en carta fechada en Alcalá de Henares el 28 de noviembre de 1936.

Juan Ramón Jiménez expresó póstumamente de Pablo, “(…) ningún hombre, ni uno solo, que sea del lado y de la cara que fuese, y sea el que fuere, su acuse de destino, se atreverá a dudar ni a sonreír pública ni íntimamente de la fe, la esperanza, la caridad, el noble heroísmo de otro hombre palpitantemente joven y poeta, que deja una hirviente paz y su patria viva para morir con el corazón en la mano, por el mundo que sueña, en otra. (…) Esta vez, la otra patria ha sido España, el héroe, un cubano: Pablo de la Torriente. Yo, como español del mundo que él soñaba, me inclino ante el ejemplo generoso de su muerte”.

En Majadahonda, el capitán Pablo de la Torriente Brau echó caminar definitivamente por la historia como hombre del mundo y para todos los tiempos. (2013)

(Publicado en Pablo de la Torriente Brau. Pasión de contar. Editorial Pablo de la Torriente Brau. La Habana. 2015.)


 

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EN BUSCA DEL FINAL DESCONOCIDO DE AVENTURAS DE PABLO

EN BUSCA DEL FINAL DESCONOCIDO DE AVENTURAS DE  PABLO

MSc. RANDY SABORIT MORA,
periodista de la Agencia Prensa Latina,
profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

A Pablo del Torrente Bravo lo conocí un día de insomnio literario. Un día de esos en los que uno no se aburre de devorar tinta impresa en nombre de la dieta cultural. El siempre despierto reloj movía sus manecillas pasada la una de la madrugada. Y en un pestañazo -¡ZAS!- tuve a Pablo frente a mí. Hombre melenudo y atlético que caminaba en short y camiseta por la calle Perseverancia entre Heroísmo y Co…raje. ¿El lugar exacto? Sé que no era de La Mancha, pero sinceramente, no puedo acordarme.

No podía creer que el Pablo de Aventuras del Soldado Desconocido Cubano  estuviera delante de mí. Yo loco porque él me confesara lo que seguía a la última frase de esa novela: lo que significa… Quería saber qué significaba aquel mutilado final, sin embargo frente a él, los nervios me traicionaban cobardemente.

Este preámbulo no viene a cuento, pero ya está hecho y no me gusta empezar tarea alguna dos veces (1). Me GRITABA Pablo desde la acera de enfrente, mientras me invitaba a tomar asiento en el contén. Allí, bajo el frío de la noche, transcurrió esta conversación  que alcanzó algunos grados Celsius.

De seguro siempre habrá algún escéptico que ponga en tela de juicio mi diálogo con Pablo aquella noche. Y créanme, hasta yo mismo  lo dudaba, pero la Pablística teoría de la aparición espiritual me resultó convincente: el que ha sido vivo antes de estar muerto, ese sale de todas maneras; y el que ha estado muerto antes de morir ese no sale de ningún modo ni a nadie. (2) ¿Alguien discrepa en que Pablo tuviera la enorme y vital virtud de ser exagerado, excesivo, hiperbólico? (3)

Si ni los argumentos de Pablo ni los míos logran convencerlo, está usted en el más soberano derecho de abandonar la lectura, aunque le recuerdo que estoy en el legítimo deber de seguir escribiendo.

Bien, como decíamos ayer…, estábamos sentados sobre el contén de la acera. Tenía el reto periodístico de romper el hielo en aquella  noche congelada. Y lo rompí. Comencé por el principio: el prólogo. Le comenté que me  había parecido genialmente original que lo hubiera escrito con el aliento de sus propios teclazos; un prefacio que es necesario leer para navegar con brújula por las páginas del libro porque…

-¡Sí, el prólogo!- Pablo impidió a tiempo que mis elogios cayeran con esa fuerza menos sobre su novela. El prólogo lo iba a escribir  mi amigo Don Juan Marinello- el maestro incomparable e indiscutible de los prólogos (4), pero imagínate tenía en turno catorce tomos de versos, ocho novelas, siete ensayos, un estudio de geología, dos tratados de uranografía, la tesis de un histólogo, un diccionario de botánica y dos folletos sobre derecho penal… (5) -Por eso se me ocurrió la magnífica idea de redactarlo yo mismo.

Un “cambiemos el tema” me salió del alma. Entonces, le comuniqué que había resultado Vanguardia Nacional por su abnegado trabajo  como escritor de una novela en la que se emplea con maestría la intertextualidad, la doble narración, y armonía de lo real y lo fantástico  en la diégesis…

-¡¿ WHAAAAAT? ¡- me escupi-gritó asombrado.

-Que la crítica considera a Aventuras del Soldado Desconocido Cubano -aclaré más pausado- como uno de los mejores exponentes de la narrativa cubana de vanguardia. Que la tendencia humorística de esa novela constituyó un antecedente de obras universales como Decadencia y Caída del Mundo, de Hill Cuppy o Apócrifos del checo Karel Capeck. Que Aventuras… supera por sus aportes literarios a los narradores cubanos de la década del 30, y que…

-Muchas gracias, pero no siga que va a sacarme el rojo que llevo dentro, me interrumpió apenado. Hombres osados ha tenido la literatura: hay quien ha escrito con minúscula después de punto (…) hay quien ha empleado los signos suspensivos con lo marcial elegancia de regimientos que desfilan… o con la terrible inclemencia de los disparos de una ametralladora… … … y hasta ha habido escritores de vanguardia literaria propietarios de almacenes de tasajo (6), que no es mi caso; lo del tasajo, digo.

-Tu novela -expresé-, es un refrescante batido paródico hecho con frutas de ironía, sátira y choteo cubano. Es muy digerible la transformación humorística del discurso oficial. El lector ríe y reflexiona hasta  donde la cultura se lo permite. ¿Cómo lograste algo así?

-Yo no hice nada, todo fue posible gracias a la imaginación y cultura de Hiliodomiro del Sol. Recuerdo que lo de Napoleón se le ocurrió después de haber visto una película de Greta Garbo, que por aquellos años –1935 exactamente- estrenaban en Nueva York. ¡Había que ver el parecido entre la Garbo y el Napo! ¡Siempre enigmático, silencioso y empeñado siempre en poner cara de inteligente , o de individuo a quien le aprietan los zapatos. (7)

Napoleón tiene muy mala fama en el círculo de los de grandes héroes de la Historia. Te voy a contar lo que se comenta, según el testimonio de Hiliodomiro: Alejandro dice que quiso imitarlo y fracasó en su conquista de Egipto en donde lo  mejor  que hizo fue el discurso de las Pirámides; Aníbal  asegura que su campaña de Italia (…) fue una mala copia de la suya; César asegura cínicamente que lo único que le interesa de Napoleón son sus cuerpos de hermosos y gigantescos granaderos de la Guardia Imperial; Carlos XII de Suecia dice que sus triunfos fueron debidos a que no tuvo contrarios de categoría, sino una partida de “aguantagolpes”. (8)

-La heroicidad –acoté- es un tema recurrente en el libro. Hiliodomiro habla de aquellos héroes con un lenguaje contemporáneo, e incluso con alusiones a categorías marxistas. ¿Hiliodomiro  era un hombre de izquierda?

Pues claro. Nunca lo precisé en la obra porque lo estaba dejando para el final. Pero sí, Hiliodomiro era un hombre de izquierda por convicción natural: su brazo derecho lo había perdido en Ceja del Negro cuando la Guerra del 95. Era todo un héroe de Izquierda. Además, estudió con pelos y señales El Capital, por eso me confesó ideas como estas: La heroicidad, como casi todos los oficios, está en crisis.  Hay “exceso de producción”. Yo, por  muy héroe  que sea, no me ciega la pasión. Los héroes- casi todos, desde luego, porque hay sus excepciones– son como las tiples (…) Tienen furor de publicidad y no se resignan a que otro salga en los periódicos. (9)

-Pablo, si me lo permites, te leo un fragmento de lo que ha escrito una crítica de Literatura sobre tu novela: “La estructura lingüística de Aventuras… se basa en la oralidad a partir de su condición dialógica. En general, el léxico y la sintaxis remiten al español oral de Cuba, reforzado por expresiones coloquiales como “chico”, “no te creas”, “no te ocupes”, “figúrate”, y otras. Ello es importante (…)  (porque) garantiza el punto de vista popular de las proposiciones  semánticas de la novela (y) remite a lo cubano que se ha aludido en el “Prólogo” y en el título; además contribuye al carácter antiépico de los relatos de Hiliodomiro y proyectivamente de la obra.” (10)

-¡No me digas que mi inconclusa novela tiene todo eso ¡Escribí solo lo que mi amigo Hilio me dictó. Por lo demás, él no ha dejado de ser cubano, por muy soldado desconocido que sea, y no puede, por tanto, dejar de tirar a relajo, un poco su alta posición. Y esta es la mejor prueba de la fidelidad de mi interpretación: el que Hiliodomiro, soldado desconocido, no sea otra cosa, en el fondo, que un tipo de relajo. Ni más, ni menos, que cualquiera de nuestras grandes figuras.  (11)

-El hablar a lo cubano de Hiliodomiro le saca las cosquillas a cualquiera.  Aún recuerdo el paralelo entre el matadero y la guerra mundial.

-Sí, esa es una de las confesiones más relevantes y creativas de Hiliodomiro. ¡Qué gracia tenía para pintar con palabras determinadas situaciones! También recuerdo aquella analogía en la que expresaba: ¿Tú conoces la leyenda de algún  buey héroe, que se haya rebelado en el matadero? Pues eso fue lo que pasó. Como la Guerra Mundial no fue más que un matadero en donde el heroísmo revistió una forma negativa, una forma que nunca ha tenido: la resignación, la paciencia, la resistencia a sufrir, a rebelarse, es que podemos decir que en ella no hubo héroes… Tú sabes perfectamente, que el héroe ha sido siempre un impulsivo, un rebelde. (12)

-¿Sabías que el hecho de que Hiliodomiro funja como narrador-testigo y evaluador de los acontecimientos,  que se desarrollan en la historia ha dejado al campo a Dante, Cervantes y a Shakespeare?

-Era de esperar, modestia y aparte. Mi novela no se parece a ninguna de las obras universalmente famosas. Recuerdo que una noche  el Raulo Roa, Mongo Miyar y yo durante una tertulia literaria en el Castillo del Príncipe nos habíamos dado gusto diciendo que el Dante, a quien no hemos leído, era un pesado; que Cervantes era muy inferior a Don Quijote, desde luego, que Shakespeare en definitiva sólo resultaba un matón insoportable… (13)

-Al leer Aventuras…uno siente como si sus cuartillas susurraran un canto artístico a la vida con los pies en la realidad. ¿Qué es para Pablo la vida, la realidad y el arte?

-¡La realidad es solo un sueño pobre, y la vida, si la vida es algo que  quiera valer la pena, es de veras el huracán de sueños de los primeros años impetuosos, locos, vehementes y desaforados! (14) Por otra parte,  el arte no es más que la manifestación de la vida y  el artista, por tanto, no puede ser otra cosa que un intérprete de esta. Por ello (…) no puede haber artista honrado, si no penetra con valor la vida y a ella le arranca los temas de sus obras. (15)

-¿Es por ese particular sentido de ver la vida y el arte que decides marchar al frente español para concluir las páginas de Aventuras…?

Su cabeza dibujó en el aire un  modesto “sí“.

Como la conversación había ido tomando temperatura me animé a preguntarle sobre  lo qué seguía al último  lo que significa  de su novela. Dicho esto… caí de sueño sobre la página 1 022 del Diccionario de la Literatura Cubana. El Pablo retratado en esa cuartilla no vestía igual que el que había hablado conmigo hacía un instante. Este lucía de cuello y corbata, aunque en su mirada se descubría la pícara sonrisa de quien disfruta su vida resumida en columnas informativas en la página vecina. En minutos pasé la vista por aquellas palabras de síntesis biográfica. Leyendo y leyendo sentí como si un vivo que no ha muerto me recomendara leer Cartas y Crónicas desde España.

Pablo “me la ponía difícil” pasada la una de la madrugada. Debía leer Cartas y Crónicas…, el libro  que esperaba su turno en el armario. Tuve ante mí la huella impresa de los teclazos del corresponsal de New Masses y El Machete. Siguiendo línea a línea al retratista de la guerra tropecé con algunas claves que me facilitaron la comprensión de Aventuras...,. Compruébelo usted mismo.

La deuda de los fascistas españoles con Alemania e Italia está  creciendo  de una manera alarmante. Puede llegar a ser tan grande que no haya otra solución que la guerra internacional para cobrarla (16). (Carta del 17 de noviembre de 1936).

Meses antes había escrito en el Prólogo de su novela: Y si alguien alega que es muy tarde para salirse ahora con un libro de la gran guerra, que esto no sea obstáculo, porque la próxima gran guerra está al caerse de la mata, como vulgarmente se dice… “(17) Tres años más tarde la guerra mundial caería como manzana de Newton sobre la Tierra.

Otro párrafo llamó mi atención: Sobre Madrid lanzaron, con un paracaídas, una caja que contenía el cuerpo horriblemente descuartizado de un aviador que cayó en sus filas. Nada comparable con el horror a esto. Ni las tribus de antopófagos hacen esto, pues no hay en ellas el exhibicionismo de la barbarie. (18) (Carta del 17 de noviembre de 1936).

El fragmento anterior concuerda con este de Aventuras…: Uno cayó desde un avión con paracaídas. Con ametralladoras de mano y careta. Animales más extraordinarios jamás se han visto sobre la tierra. Hasta el hombre de Neardhenthal, al contemplarnos, pegó un aullido de pavor y huyó hacia su caverna, soltando el descomunal garrote… (19)

Es impresionante cómo coinciden el Pablo de Aventuras…y el de las Cartas y Crónicas desde España. ¡Oooobvioooo es el miiiismooo¡ Sentí que alguien me gritaba desde alguna parte.

Después de leer estas reveladoras coincidencias novela inconclusa pudiera continuar así: lo que significa que… Pablo exhausto de dar teclazos en su achacosa máquina de escribir se aburrió del frío de New York, y partió en busca del calor de la Guerra Española. Fue dispuesto a dejar su vida colgada en cualquier combate, en nombre de la justicia futura. Pablo tenía la esperanza de hacer el cuento. Creía que, al menos cojo, regresaría.

A decir verdad, Pablo dejó abierto el final de Aventuras… en el más Acá para que cada lector imaginara el suyo. Fue un cierre democrático del periodista y ser humano Pablo. También se dice que apenas puso un pie en el más Allá  buscó una máquina de escribir para terminar su “coña terrible”, como el mismo la calificara en carta a  Raúl Roa del 4 de agosto de 1936 desde New York. Se dice que con una jarra de buen vino español encendió su imaginación y tecleó desaforado el último capítulo de su novela inmortal.

Hace años que Pablo está en un teléfono público del más Allá intentando comunicarse con nosotros, los del más Acá, para darnos la noticia de que su Aventuras del Soldado Desconocido Cubano ya tiene un santo final como Dios manda. Pero las líneas permanecen congestionadas (sí, en el más Allá también).
 
Notas:

(1) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria, en Reivindicaciones de Emilio Salgari,  La Habana, Editorial Pablo, 2000, p.113.

(2) Ibídem, p.45.

(3) Ibídem, p.113.

(4) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria, en Prólogo a Versos míos de la libreta tuya,  La Habana, Editorial Pablo, 2000, p.121.

(5) Íbidem, p.121.

(6) Ibídem, p.120.

(7) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria, La Habana, Editorial Pablo, 2000, p.121.

(8) Ibídem, p. 94.

(9) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y  otras páginas,  La Habana, Editorial Pablo, 2000, p.94.

(10) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria,  La Habana, Editorial Pablo, 2000, p. 27.

(11) Ibídem, pp 47-48.
 
(12) Ibídem, p.61.

(13) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria, en Reivindicaciones de Emilio Salgari,  La Habana, Editorial Pablo, 2000, p.113.

(14) Ibídem, p.114

(15) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria, en  Al Congreso de Artistas…,  La Habana, Editorial Pablo, 2000, p.113.

(16) Pablo d e la Torriente Brau,  Cartas y  Crónicas desde España, La Habana, Centro Cultural Pablo, 2005, p.94.

(17) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria,  La Habana, Editorial Pablo, 2000, p. 48.

(18) Pablo d e la Torriente Brau,  Cartas y  Crónicas desde España, La Habana, Centro Cultural Pablo, 2005, p.94.

(19) Pablo de la Torriente Brau, Aventuras del Soldado Desconocido Cubano y Crítica Artística y Literaria, La Habana, Editorial Pablo, 2000, p.98.

 

 

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PABLO DE LA TORRIENTE BRAU: EL SECRETO PROFUNDO DE LA EMOCIÓN

PABLO DE LA TORRIENTE BRAU: EL SECRETO PROFUNDO DE LA EMOCIÓN

El destacado periodista y revolucionario dejó incomparables crónicas-retratos de protagonistas de la Revolución del 30 en la Isla.

Lic. JESÚS ARENCIBIA LORENZO, 
Profesor de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La culpa fue de su abuelo Don Salvador, quien lo enseñó a leer en las páginas de La Edad de Oro. O quizá de su hermana Zoe, que a fuerza de competencias lo obligó a aprenderse fragmentos de La Ilíada de memoria. La culpa, pensándolo mejor, fue de Salgari, que le llenó la cabeza de tigres, armas, selvas. Pero, bueno, qué importa la culpa si la enfermedad era incurable. Sí, porque Pablo de la Torriente Brau, el periodista, era un hombre incurablemente enfermo de emoción heroica.

Cuando apenas levantaba unos sueños del suelo, creía más a los libros de aventuras que a su padre, vibraba revisando la historia cubana y latinoamericana y se deslumbraba ante la belleza homérica de los héroes vivos. Vivos como él, que era héroe por salir a defender los derechos de un perro, por desenmascarar a los botelleros de nuestra República en un examen de Gramática o porque se sabía endeudado con cada mérito y continuador de cada hazaña.

¿Cómo no haberse afiebrado con las historias de los grandes hombres si sus ojos se hicieron «para ver las cosas extraordinarias» y su maquinita «para contarlas»?. (1)

¿Acaso existió algo más maravilloso que el torbellino revolucionario de los años 30 en Cuba; aquel collage aciclonado de juventudes y tiros, traiciones y esperanzas, tánganas y frustraciones...? Pablo sabía que el pueblo, la revolución y la historia necesitaban del temblor concentrado en los rostros de sus héroes. Y del racimo de luchadores seleccionó y recreó. Contó para que todos supieran «quién era quién cuando nadie era nadie».

Pero los héroes de Pablo no tenían nada de panteón ni de coronas; nada de solemnidades inquebrantables o tribunas de hierro. Eran héroes irreverentes. Desde la insolencia y el arrojo, tiernos y bellos como muchachos enamorados. Terribles por el ímpetu y la angustia. Soñadores. Luchadores. Hombres. Eso sí —porque él no creía en imparcialidad, objetividad y todos esos cuentos de hadas— dentro de su imperfección sus héroes eran de leyenda, que es «la única historia de los héroes verdaderos».

TREJO: LA ÚLTIMA SONRISA DEL PRIMER MÁRTIR                          

Septiembre de 1930. Víspera del día 30.

«Aquí hace falta una víctima», bromeó Rafael Trejo en la reunión preparatoria final. (2) Horas después, reventaría la primera arteria de la Revolución. En la sangre de aquel día, Pablo de la Torriente Brau y, sarcásticamente, el propio Trejo.

Años después, desde las páginas de Ahora, el héroe sobreviviente recordaba al que no llegó. La ultima sonrisa de Rafael Trejo se titulaba el trabajo, y desde su inicio, el periodista nos auguraba «algo a la par grato, doloroso, inefable y triste»; el «más trascendental» de sus recuerdos.

«La loma de la Universidad – cuenta en imagen exacta – amaneció manchada de azul. Eran patrullas de la policía». Poco a poco el entorno se fue llenado de manifiestos, voces, registros, confusión... «Avisaron que había que irse para el parque Eloy Alfaro», y a partir de aquí el relato se torna más agitado: «Los estudiantes se arremolinaron (...) y los ¡Muera Machado! fueron como una coral desenfrenada y avanzante».

En el turbión Pablo reparte puñetazos, siente gritos, forcejea, adelanta, se estremece y... luego del «estampido de un disparo», cae herido. Después – analiza –, al ver a Trejo llegar a Emergencia se da cuenta de que «aquel disparo que había oído podía ser para otro».

Mas no sobreviene el clímax de la historia sino cuando él escritor comienza a evocar la sentencia terrible de los médicos, que él escuchó en el «vaivén de oleaje» del subconsciente: «“...A ese otro muchacho si no hay quien lo salve. Se muere de todas maneras”».  

Después, cuando los ponen en camas contiguas, y a Pablo comienza a vomitar, Trejo sonríe para darle aliento. Sonríe y ya casi se lo llevan para operarlo. Sonríe y Pablo sabe que quizá no lo vuelva a ver. Sonríe – dice con amargura el periodista amigo –, él que se moría irremediablemente.

¡HASTA DESPUÉS DE MUERTO...!, JULIO ANTONIO

En el sentido estrictamente literario, Pablo no fue un poeta. Según la investigadora Diana Abad, «más bien por excepción transita los caminos de la poesía». Una de esas excepciones que llevó a este hombre a componer versos fue la vida de Julio Antonio Mella. La composición, que a ratos quiere salirse del molde, termina sin embargo con un «pareado profético», como ha dicho el propio cronista: «Tu obra a su tiempo será cierta: la puerta del futuro ya está abierta».

Y a hacer cierta la obra de Julio Antonio están encaminados no pocos de los esfuerzos del gigante Torriente. En Cuba y en el exilio, muchas veces lo evoca. En varias ocasiones solicita datos de él para su proyecto de libro Mella (biografía de una juventud), pero tal vez nunca lo transmitió con más fuerza que cuando escribió su crónica Hasta después de muerto...

El trabajo fue publicado en Línea el 18 de septiembre de 1933, en ocasión del velorio y entierro de las cenizas de Mella. Parte de una frase de Saint-Just «el joven terrible, compañero de Robespierre»: «Para el revolucionario no hay más descanso que el de la tumba».

¡Ah!, pero esa frase estaba incompleta. «Un joven de América, tan impetuoso, tan inflexible y terrible como Saint-Just, le añadió un estrambote de acero: “Hasta después de muertos somos útiles: nuestros cuerpos servirán de trincheras...”».

Definido el aliento que sostendrá su palabra, explica Pablo que cuando «Línea salga a la calle, los restos de aquel joven (...) habrán paseado por las calles habaneras o estarán a punto de hacerlo». Para eso es este artículo, para acompañar en guerra el regreso del héroe.

De aquí en adelante, se refiere Pablo como al galope y valiéndose de la reiteración a las virtudes de Julio Antonio. «Aquel que supo ser precursor, (...) aquel que supo insultar (...) al babeante monstruo senil de Machado»... A renglón seguido, se adelanta a la emoción de las «muchedumbres inmensas» cuando reciban al «arquetipo de atleta de la revolución». Imagina «la fogarada inextinguible de entusiasmo» que habrá en el corazón de los jóvenes. Todos desafiantes, todos enérgicos para abrazar a «nuestro Saint-Just».

Y descendiendo en la curva emocional, ya cuando nuestras pupilas están cargadas para el estrépito, el cronista informa del monumento que le construirán al mártir, para rematar de inmediato en un cierre crepitante. Así, culmina con el título, aplicándole a Mella su mismo concepto de lucha: «Julio Antonio Mella: “hasta después de muerto”».

RUBÉN: EL LIRISMO DE UNA LLAMA

Quien hubiera visto a Rubén Martínez Villena jugando pelota con Pablo en la azotea del bufete de Fernando Ortiz; quien lo hubiera oído hablar de temas literarios y deportivos con aquel muchacho, jamás hubiera imaginado de dónde sacaba tiempo para esas pequeñas cosas. Al menos Pablo se admiraba sobremanera al recordarlo, sobre todo, después de conocer el volcán revolucionario que llevaba adelante aquel ser menudo.

No, no existe otra explicación que la sugerida por Pablo en carta a Raúl Roa: «Era un hombre generoso (...) sentía la necesidad de estimular». Por eso enamoraba. Por eso arrancó de la pluma febril de Torriente una página como El magnetismo personal de Rubén.

Magnetismo, atracción, conquista. Esas son las palabras de esta crónica escrita al día siguiente de la muerte del héroe. Por tanto, Pablo no se dispone a hacer un recuento biográfico. Nada de enumeraciones de hechos. Él solo hablará, y así lo deja sentado desde las primeras líneas, de la «órbita de influencia» villeniana, tan abrazadora que «infinidad de compañeros que ni siquiera sabían su edad, su historia», «hablaban de él con la certeza de quien nos es familiar».

Narra el periodista sus primeros encuentros, «el entusiasmo lírico de Rubén por las cosas bellas del mundo», su amabilidad sin límites... Hasta confesar que «la atracción política» lo dominó.

¿Qué tenía Rubén, que en él se da el magnífico contraste, muy bien recreado por Pablo, entre la pequeñez física y el gigantismo moral? «¿Quién, como él, con su pequeña voz rota por la enfermedad, supo hacerla llegar más lejos...?» ¿Con qué fuerzas logró, según cuenta el periodista en otro artículo, desorbitar con su palabra férrea y sus ojos de llamas al propio Machado y sus ayudantes?

Solo el propio Pablo, dando quizá la mejor definición de sí mismo, aquilató los impulsos del imán Villena: «Tenía Rubén el secreto profundo de la emoción».

LA VIRILIDAD EN AGONÍA: GABRIEL BARCELÓ

En carta a José Antonio Fernández de Castro, confesaba Pablo «...puedo asegurar que lo mejor y más noble de toda mi vida es haber sido amigo, haber merecido el cariño fraternal de dos hombres tales como Rubén y como Gabriel Barceló». Ya había pasado más de un año de la muerte de Gabriel, pero en Pablo seguía crujiendo aquel fulgor de su paso, y de su muerte, cuyo desgarrador transcurrir contó en las páginas del periódico Ahora.

Precisamente, Muerte de Gabriel Barceló titulaba el trabajo, y en él delineaba con pulso dramático toda la agonía del hombre. ¿Quién se llevó a Gabriel? ¿Qué mano cerró su cauce? «La tuberculosis, esa repugnante aliada de las clases explotadoras». La tuberculosis, sobre la que Pablo lanza, en el inicio de su crónica, toda la rabia de la impotencia. La misma enfermedad que extinguió al poeta de la pupila insomne y ahora, «como una atroz burla» venía a alojarse en la «mente sin nubes» de Barceló.

Pero no es de la enfermedad en sí, de lo que más cuenta Pablo, sino del irónico contraste entre el suplicio casi eterno y la vida sísmica que le había antecedido. En imágenes aceleradas escuchamos cada estertor de aquel que «hizo de su presencia en Cuba un arma de agitación»; sentimos «la virilidad inaudita» estremeciéndose entre hipos y gemidos.

Alrededor de la cama, todos sus amigos, entre ellos el periodista, pensando cómo «en el afán agónico de Gabriel Barceló se quejaba toda la clase obrera». Se moría el joven precursor que junto al propio Torriente, en el Presidio Modelo tradujo Manual de materialismo histórico de Bujarin. El romántico muchacho que dejó sus huellas en «una ciudad tan inhospitalaria; tan cruel» como Nueva York, para que Pablo, un año después, se las enviara en tiernas palabras a la madre sufrida.

GUITERAS Y APONTE: HOMBRES DE LA REVOLUCIÓN

Quiso el azar del combate reunir en su última hora al «más completo hombre de acción» de los años 30 cubanos y a quien «como nadie, encarnó la juventud antiimperialista y combativa de la América». Antonio Guiteras y Carlos Aponte. Uno cubano, el otro de Venezuela, ambos alucinados por la independencia.

Pablo, que se encontraba en el exilio aquel 8 de mayo de 1935, no obstante la pesadumbre del momento, evalúa certeramente lo que los hechos demostrarían después. «La situación en Cuba es abrumadora. (...) Desde el punto de vista político, el desastre retarda la revolución hasta fecha indefinida».

Carlos y Antonio, codo con codo hasta el último sueño, «buenos para morir juntos, sobre el suelo suave y dulce, dramático y sangriento de Cuba». Así los recuerda el periodista a un año de su muerte. Pero la crónica va más allá de la catástrofe de El Morrillo. Va más allá de Guiteras y Aponte. Es, desde la vida de dos protagonistas, el ensayo más conmovedor sobre los héroes de aquel pedazo de Historia. La visión más acabada, en la óptica Torriente Brau, sobre La Revolución y sus hombres.

Ellos fueron sencillamente humanos, y así los evoca el cronista. «...Y ni me interesa, ni creo en el “hombre perfecto”. Para eso, para encontrar eso que se llama “el hombre perfecto” basta con ir a ver una película del cine norteamericano». Los bravos de verdad, como el político emprendedor de los Cien Días post Machadato y el peleador sin tregua junto a Augusto César Sandino, tuvieron, al decir de Pablo, «excesos imprudentes y errores graves».

Aponte «no concibió otra cosa que la línea recta». Y se refiere el escritor a los «hombres del Norte» que mató en Nicaragua; a lo «demasiado insolente y clara» que fue su palabra; a lo terrible de su embestida, que se sintetiza en cuatro o cinco trazos violentos. «Fue un turbión. Fue un hombre de la revolución. No tuvo nada de perfecto».

En cuanto a Guiteras, rememora que supo sortear obstáculos «como quien sale vivo de una emboscada». Le atribuye pifias porque «hizo confianza en quien no lo merecía, y llamó su amigo a quien sería traidor y supuso talento en algún cretino». Pero «tenía el secreto de la fe en la victoria final (...) era como un imán de hombres... Tampoco tuvo nada de perfecto».

Carlos y Antonio. Tenían que morir, porque el imperialismo «siempre da en la diana. Nunca pierde un tiro». Pero en lo común de sus legendarias vidas, se hicieron gigantes de una obra monstruosamente bella: la revolución. A esa espiral, como personaje vivo y actuante, dedica Pablo parte notable de su crónica. Define, contornea, esculpe en el aire la silueta apasionante del torbellino. «La revolución no es el sueño de un poeta solitario, sino la canción imponente y sombría de la muchedumbre en marcha».

Notas:

(1) Pablo de la Torriente Brau, citado por Casaus, Víctor (compilador y prologuista): El Periodista Pablo, Letras Cubanas, La Habana, 1989. Salvo en caso que se indique lo contrario, todas las citas pertenecen a trabajos periodísticos o literarios y cartas de Pablo.   

(2) Raúl Roa: La revolución del 30 se fue a bolina, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1969. p.145. 

BIBLIOGRAFÍA:

Abad, Diana: “Un soneto de Pablo a Julio Antonio Mella”, en: Revista Santiago No 23. Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, septiembre de 1976.

Casaus, Víctor (Compilador y prologuista): El periodista Pablo. Letras Cubanas, La Habana, 1989.

Roa, Raúl: La Revolución del 30 se fue a bolina. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1969.

Torriente Brau, Pablo de la: Cartas Cruzadas. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1990.

-------------------: Cuentos de Batey. Ediciones Nuevo Mundo, La Habana.

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