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EDITORIAL Y COLUMNA: APOLOGÍA DEL MATRIMONIO PERFECTO

EDITORIAL Y COLUMNA: APOLOGÍA DEL MATRIMONIO PERFECTO

Lic. EDUARDO MONTES DE OCA, 

Periodista de la Revista Bohemia.

Aún el más cosmopolita de los mortales, el menos provinciano, habrá de reconocerlo, si inteligente y honesto: el mundo es una aldea. Porque todos somos vecinos. Los unos de los otros, al alcance de las manos... o, mejor, del teléfono, el E-mail, el fax, las teleconferencias. Un planeta constituido en desmesurada aldea. Y los aldeanos, con tendencia a homogeneizarnos en una dizque cálida cobija llamada globalización.

Claro, esa ley de la homogeneidad (en el gusto por la hamburguesa repetida ad infinitum, en el llanto tumultuoso por la princesa traicionada y luego víctima fatal de publicitado accidente...) no se cumple cabalmente en todos los planos del inefable fenómeno que nombramos vida. ¡Qué contrastes descubrimos incluso sin tensar el poder de observación!

Rememoremos, sin el pecado de la prolijidad, que el 20 por ciento de los más ricos del orbe acapara el 86 por ciento de los gastos de consumo. Y que al haber del 20 por ciento de la humanidad van a parar el 45 por ciento de la carne y el pescado, el 74 por ciento de las líneas telefónicas, el 84 por ciento del papel, el 87 por ciento los vehículos...

Lógicamente, hay quien intentará ensalzar las presuntas bondades de lo que, con desapego al rigor teórico, hemos llamado ley de la homogeneidad. Y no es que menospreciemos logros de aprehensión generalizada tales como la impronta de griegos, babilonios, egipcios y romanos; de Francia y su arte "esteticista"; de Nueva York y su "ríspido" arte contemporáneo. No. Es que la ley del contraste, de la desigualdad, se impone a la  otra, la de la homogeneidad, en una globalización santificada por algunos, no tan santos precisamente.

Ello, no obstante el enorme condicionamiento intelectual  descrito de manera clara por Ignacio Ramonet: "La comunicación, los medios de comunicación de masas se ligan (...) para, cualquiera que sea su opinión, defender un esquema según el cual la solución neoliberal no sólo es única sino que es la mejor. La idea es hacernos creer que estamos en el mejor de los mundos y, aunque vayamos mal, probablemente en otros países se está peor, y si aplicásemos otra política sería aún peor".

Ese apoltronamiento en que "este es el mejor de los mundos" fue denunciado en su momento por el irreverentísimo Voltaire, quien lo hizo carne y espíritu en un personaje de la novela Cándido o el optimismo que solía mirar a su alrededor, y mucho más allá, con lentes color de rosa. Mas la historia se repite. Si antes drama, ahora farsa. La "gran" prensa acostumbra a  encarnar al doctor Pangloss para persuadirnos de lo mismo. Y en su "descargo" asentemos que para ella este mundo tiene que ser verdaderamente ideal, por la sencilla razón de que, en él, ha devenido gran dueña, multimillonaria. Una multimillonaria vergonzante, escudada en sofismas como la libertad de expresión y la objetividad absoluta.

Y, por favor, que no nos vengan con la libertad de expresión. Los grandes medios tienen hasta su propia guerra. O sea, se involucran con ansia irredimible y obsceno desparpajo en otra: la de misiles contra antiaéreas antediluvianas y armamento ligero. Las rapiñas imperialistas no solamente se despliegan en el plano militar, sino, paralelamente y con similar interés, en el  tapiz de la comunicación noticiosa.

¿Alguien consciente habrá olvidado la censura impuesta por los personeros de la Oficina Oval a unos reporteros privados del acceso directo a los centros neurálgicos del conflicto en Afganistán, el de Iraq, y hasta de referirse al monto de las víctimas civiles de las asimétricas arremetidas? ¿Dónde queda la cacareada autonomía de la prensa? ¿Adónde se fue la tradición de pensamiento representada por el filósofo y economista Stuart Mill (1806-1873), celoso propugnador de la libertad individual y los derechos civiles? Tradición de la que siempre se han enorgullecido particularmente los norteamericanos, quienes la han refrendado en la primera enmienda de la Constitución, la cual subraya la libre expresión de las ideas y, por tanto, la libertad de pensamiento.

La "displicencia" respecto al manipulado caso de los cinco cubanos literalmente secuestrados en los Estados Unidos se torna prueba (una más) de la manera desinhibida con que la des-comunicación, más que comunicación, de la gran prensa obvia los pilares en que supuestamente se afinca. Porque ésta -digámoslo abiertamente- a la postre cierra filas con la clase política, y denuncia lo erróneo, lo inhumano, solo hasta tanto, o hasta donde, sus propios intereses no sean perjudicados. Es repulsivo saber que, mientras analistas de valía revelaban que la guerra contra Iraq mandaría a la baja los mercados del mundo y que, de extenderse, como se está extendiendo, causaría estragos incluso en la economía gringa -sector turístico, líneas aéreas, aseguradoras, inversionistas-, se constataba que se beneficiarían, y se benefician, junto con las petroleras, ¡las compañías de los medios de comunicación!

Pero ¡cuidado! Lenin nos lo enseñaba desde 1916, en célebre obra titulada Qué hacer. La propaganda capitalista acumula suficiente oficio como para pasar por objetiva, neutral, a los ojos de gente ávida por encontrar la brújula en un universo en que, paradójicamente, la información tiende a embridar el entendimiento, por desmesurada, y por descontextualizada.

Ese oficio de quienes se han lucido defendiendo el ya viejo régimen atonta al extremo de que una ancha franja de terrícolas se resiste a creer algo que los discípulos de Marx, los periodistas cubanos entre ellos, damos por hecho: objetividad y partidismo pueden ir de brazo todo el camino cuando el partidismo atañe a los grupos sociales premiados por la historia con un futuro cierto. E irán partidismo y objetividad también de brazo en el caso de la filosofía, la ideología, la política  de los mencionados grupos humanos.

Claro que esto resulta sospechoso... para gente acostumbrada al canto de sirenas de la neutralidad que difunden los medios de comunicación del capitalismo. Medios que se regodean, por ejemplo, en la separación, maquiavélica más que metafísica, de periodismo informativo y opinión. Como si la información fuera aséptica, "incontaminada" de una opinión que se decantaría por un partido u otro, por una u otra corriente de pensamiento, por distintos modo de ver la vida.

Y lo hacen bien. Y creo que, de cierto modo, nos superan en el cometido. Porque a menudo nosotros yacemos en la punta contraria de una madeja que habremos de desenredar de una vez por todas si queremos triunfar en la lucha ideológica luego de sonados sismos como el derrumbe del Muro de Berlín y el estrepitoso desbarranco de un ente de augusto nombre -¿recuerdan?-, el socialismo real.

En ese entrecruzar de aceros en el campo de las ideas a que me refiero, el género periodístico que nos convoca tiene una importancia señera. No vengo aquí a contar la historia del editorial. Menos, ante alguien como el conocido conocedor -y valga la cacofonía; pensemos que intenté una benéfica aliteración- que es Julio García Luis, de cuya obra Géneros de opinión me asisto para puntualizar algunos asuntos. "En la prensa socialista, los editoriales no se sustentan en un objetivo y un sentido ético abstractos, no responden a intereses económicos privados, no reflejan posiciones de grupos o minorías sociales dominantes (como en la otra). Se crea, de verdad, la posibilidad de que el editorial sea portador de un análisis más profundo e integral de la realidad, y que sus puntos de vista se correspondan con los objetivos de las grandes mayorías populares. El editorial asume una posición política e ideológica nítidamente definida", en contraste con la asumida allá en el otro sistema.

Pero ¿esa nitidez de estío tropical se reflejará allende los mares, en la opinión pública internacional? Partamos del supuesto de que no, para, incluso en el caso de que nos equivocásemos, bregar por sobrepujarnos a nosotros mismos. Planteándolo de otra guisa: ¿Cómo encauzar las evidentes verdades de nuestros editoriales en ese derrotero proceloso y competitivo de la información internacional, vía Internet, las ondas hertzianas, la TV, o la imprenta? ¿Cómo hacer más creíbles los argumentos?

Bueno, en sobresaliente término, obviamente escribiendo editoriales, de los que carece en la dosis adecuada esta prensa nuestra de cada día, como "caída del cielo", conforme al criterio de un destacado periodista y escritor uruguayo de izquierda, criterio que, en cotarros profesionales vernáculos, comparte más de uno. Y no entramos a discutir si basta con los editoriales de agitación política, movilizadores, que publica Granma, muchos de los cuales, por su importancia, son ampliamente reproducidos. Tampoco pondremos sobre la arena de la polémica la necesidad de un editorial que, en el estilo propio y con el perfil particular del órgano que lo dé a luz, se incorpore a la batalla de razonamientos a que nos convocan los tiempos actuales.

Sentada, y aceptada, la premisa de que resulta harto necesaria la existencia de los editoriales, o de mayor cantidad de editoriales, porque ralean en nuestros medios, sigamos en la cuerda de pensamiento establecida en estos renglones. ¿Cómo hacer más plausibles, creíbles, los editoriales que deberían anidar con más asiduidad en los medios cubanos? ¿Separando, metafísica, maquiavélica, estrictamente información y opinión? Creo que esto sería vitanda falacia en el caso de aquellos para quienes objetividad y partidismo son anverso y reverso de una misma pieza numismática. Para los periodistas cubanos, sí.

Como las posibilidades de insuflar mayor plausibilidad, credibilidad, a lo que escribimos concitarían fuerzas nutridas y gregarias, y se realizarían paulatinamente, sólo me atrevo a anotar que podríamos estar obviando una fructífera hermandad, un insustituible par dialéctico. La pareja de editorial y columna bien podría constituirse en el eslabón hallado. Porque, a todas luces, estamos careciendo de algo más que del editorial en la medida que precisamos.

Admitámoslo: estamos desfasados. Mientras en el mundo la columna se ha convertido en eso mismo: columna. Columna sobre la que descansa la poderosa arquitectura de un diario, en papel o digital, una revista o cualquier otro medio, la prensa cubana -con honrosas excepciones, tales el diario Juventud Rebelde, en el ámbito nacional- se permite el lujo de prescindir de esa vaca sagrada del periodismo que es, y que debe ser, el columnista.

Como la primera ropa oreada debe ser la de casa, y como no deseo que se me acuse de francotirador, o hipercrítico ayuno de visión sobre las faltas propias, tomaré de pábulo para el análisis, de "material de estudio", a mi querida Bohemia, que, por cierto, no se ha hecho del premio de la opinión en ninguna de las ediciones del Festival Nacional de la Prensa, a pesar de ser la publicación periodística de interés general que más de este género desborda, quizás por haber abandonado la saludable práctica de la columna como generalmente se concibe -un espacio personalizado y de habitual aparición.

Tronábamos en el último Festival de la nonagenaria revista. Hasta inquiríamos: ¿Será que aquí la igualdad se ha trocado en su triste remedo, incluso su negación, o sea en el igualitarismo? ¿Tendremos miedo del despegue de alguna que otra individualidad, como si en el subsconciente de este colectivo se pretendiera para cada uno la mezclilla azul que uniformaba a los chinos de la Revolución Cultural?...

Blasfemia política y profesional o no, el hecho a que se refiere permanece incólume. Insistamos en la interrogante: ¿Dónde están los columnistas de Bohemia? Ese gran filósofo que es Perogrullo no dudaría un segundo: Bohemia se ha quedado sin columnistas. (Con su habitual crítica de televisión, Sahily Tabares vendría a ser la golondrina solita en grima, puede que deseosa de que se le unan otras, para hacer verano.) Quizás Perogrullo tense la memoria y evoque algunos de los últimos mohicanos: Mario Kuchilán Sol, quien fustigaba los males de la república burguesa asido de un lenguaje de subido color, donde el neologismo y la arrimazón barroca se codeaban para trasuntar una recia personalidad artística... Fulvio Fuentes, quien, para desnudar al Tío Sam, se servía de proverbiales ironía y cultura.... Luis Sexto, quien se crispaba, en defensa de la Revolución cuando más de uno -quizás furibundo o despistado admirador de la Perestroika- lo tachaba de utopista, de ultraizquierdista miope, sin tomar en cuenta que, con ese su lenguaje señorial, incisivo, era tan abogado de la Revolución como fiscal de los errores de los revolucionarios.

Me distraigo. ¿Dónde están los columnistas? ¿Ya no contamos con nadie capaz de bogar con suerte lo mismo en el piélago de la crónica que en el del comentario? ¿Nadie es capaz del estilo personalísimo que exige la columna? No lo creo. De sobra sabemos que Bohemia dispone de toda una caballería, y no de simples infantes. Y no es que genios de la pluma se hayan confabulado para concurrir a sus predios. No. Es que el relativamente amplio espacio editorial y la frecuencia -salimos cuando los sucesos ya no son noticia, lo que impele a buscar ángulos novedosos y pulir renglones- obligarían a aventajarse a sí mismo al más adocenado redactor, si los hubiera, por supuesto.

¿Escriben igual la docta Elsa Claro; la aguda Maggie Marín; el desenfadado Toni Pradas; la Caridad Carrobello de oficio más sólido que una columna del Partenón -y volvemos a la columna-; el hondo Ariel Terrero ; la lírica Azucena Placencia; o Néstor Núñez, el de la mente pronta, el magín insomne? Ni soñarlo. Cada uno es bien diferente, y diferenciable. Porque tras ellos, y de otros cuya relación haría interminable esta nota, hay lo que muchos tratadistas denominan estilo. Estilo como muestra fehaciente de sí mismo. Estilo como una de las hipóstasis, o apariciones, de la personalidad. Y para ser columnista -ustedes lo saben mejor que yo-  hay que tener estilo. Por consiguiente, ejercer un periodismo llamado literario, el cual, a juicio de un profesor cubano, juicio que comparto, radica mayormente en narrar y no relatar.

En Bohemia, casi siempre se narra. Carlos Piñeiro, el avezado subdirector editorial, no se cansa de proclamarlo. Él puede mostrarnos trozos de textos como copiados de excelentes novelas.

Entonces, hay periodismo literario; entonces, hay estilo, más bien estilos; entonces, hay columnistas. Y ¿dónde están esos columnistas?, me repito. ¿Murieron con Kuchilán y Fulvio? ¿Se marcharon de Bohemia con Luis Sexto? Que no, caramba. Están por aquí, o por allá. Porque Bohemia, considero, es uno de los lugares que han trascendido el manual de técnica periodística de Benítez.

Excelente libro, sí, para leerlo desde una perspectiva dialéctica, pues fue fruto de una concepción válida pero no totalizadora del buen periodismo. Quien atisbe en derredor hallará que, hoy día, la información de diario, de revista, no podrá ser la misma que la de agencia, tan anglosajona ella; y que la crónica, el artículo, el comentario, el reportaje, se han entreverado, se han trenzado de una antes inimaginable manera, al punto  de que ya no se pergeñan con fronteras tan discernibles como antaño. Porque las fronteras de los géneros se difuminan. Los géneros se hibridan, o "bastardean".

Cambian, al compás de la vida. En Cuba, quizás cambien hasta... al compás del son. En Bohemia hay estilos personales, distintos. Por ende, hay columnistas. Y ¿dónde están los columnistas?, me obsesiono. No están como la Ma Teodora, cortando leña. ¿Estarán maniatados por unas normas como venidas de la comba celeste, normas proclives a coartar la libertad de estilo? Quizás un poco. Porque le zumba que uno escriba algo como -y esto es un ejemplo hipotético- "la humanidad tiene la culpa; mientras ríe, bebe, se solaza en el amor, los niños están muriendo allá en Faluya, etc"; le zumba, decía, que alguien se escandalice: "¿La humanidad? ¿Tú tienes la culpa? ¿Yo tengo la culpa?"; y que ese alguien ordene: "No, hermanito; pon ahí que "parte de la humanidad tiene la culpa". Sí, le zumba que ese alguien se escandalice habiendo comprendido -porque nadie es bobo- que lo de la humanidad toda es una hipérbole, exageración propia de un estilo, y de todas maneras se entregue a la censura más trivial, irrisoria.

Triste. ¿Censurar ese tipo de cosas relacionadas más bien con el estilo en nombre de qué? ¿De la decencia? ¿De la corrección política? ¿Del paternalismo? Los medios de prensa dando papilla en lugar de alimentos sólidos para que ese pueblo "ignaro e infantil" no se indigeste. Porque quien piense que al pueblo hay que dar todo masticadito entiende que el pueblo es ignorante, y se considera superior a él. Y adocenará con eso de "escribe sencillo, lo más sencillo", como si no fuera este uno de los pueblos más instruidos.

Y como si en Bohemia la diversidad no hubiera propiciado el desembarco de plumas de vuelo y de adjetivos inusitados, de preeminentes columnistas, tales un Roa que, por cierto, escribía "huesa" y no "osamenta" o "esqueleto", o "huesos"; o un Marinello que no se obligaba a explicar si se refería a una conversación "peripatética". Sacad por el contexto, respetados lectores de Bohemia, podría ser la contestación de esos insignes. Insignes como el Mañach de bruñido lenguaje desde los años 20 ó 30, en medio de tantos y tantos iletrados.

Abogar por la homogenización de los estilos sería como abogar por elcercenamiento de estilos... Pero caigo en el circunloquio, yo que me declaro amigo de los atajos en los viajes y del golpe recto a la cara en el boxeo. Me dispenso una anécdota personal, ya que estoy charlando desde la experiencia más que desde una bibliografía. Tengo una sección -¡caramba, por poco me jacto de ser columnista!- en uno de los más importantes diarios digitales alternativos en Español, Insurgente, nacido de la revista Cádiz Rebelde. Una nota del director y del jefe de redacción nos comunicaba, con otras palabras: En las informaciones, nosotros corregimos como el que más; pero afinad la puntería en la opinión, que apenas tocamos, pues vosotros sois los responsables.

Esto es lo que se debería preceptuar: la responsabilidad de la columna. Si hay confianza. Y ya que estoy pidiendo, pido más, aunque me quemen. Pido que la columna no se restrinja a temas políticos -de suyo, tan encorsetados. Pido que la columna trate de lo humano y lo divino -posible vida extraterrestre; farándula; crónica de remembranzas; costumbrismo a pulso; economía; problemas de resonancias filosóficas, antropológicas, historiográficas, literarias, artísticas, científicas...-, porque "quien sabe sólo de medicina, ni de medicina sabe", dijo un gran hombre; y "quien escribe sólo de política, ni de política escribe", parodio yo, un advenedizo.

Compañeros, esto que apunté sobre la publicación que me cobija, Bohemia, podría repetirlo al respecto de la mayoría de nuestras publicaciones, donde la columna significa desiderátum, que no concreción. Estamos perdiendo un arma de proverbial influencia.

Porque de eso se trata: de influir. Todos hemos escuchado que el New York Times de fin de semana posee el mismo volumen de información que la suma de lecturas de un hombre culto del siglo... XVI o XVII. No comprendo muy bien cómo se mide eso, pero me complazco en reproducir una conclusión científica. Bueno, en un mundo en el que la información amenaza con asfixiarnos con sus miríadas de tentáculos, se ha comprobado, encuestas mediante, que los lectores prefieren recurrir al columnista, figura prodigiosa que ordena en la barahúnda de la información, condensa ésta y la ofrece en el más particular de los estilos. Desafortunadamente, es así. Y subrayo: "desafortunadamente", porque resulta peligrosa esa fe en alguien. A mi mente viene el espectro de la influencia perniciosa de los intelectuales orgánicos de la globalización neoliberal, de la contrarrevolución universal, provistos de las artes y las armas del columnismo. Vade retro, Satán... pero ¡alto ahí! No caigamos en ingenuidades. No osemos eludir la pelea, ni desdeñar sus armas.

Hagámonos de columnistas. De gente que, con su experiencia; su tendencia renacentista en el sentido de espigar en disímiles temas; su propensión a la búsqueda de relaciones, esencias, rasgos distintivos de la realidad; su deseo de servir, y ¡su estilo!, diferenciable y recio, armónico o agudo, frondoso o podado de exuberancias; su estilo único, irrepetible; su estilo con mayúsculas, contribuya en el lector al ascenso espiritual, en política, ideología, ética, conocimientos, así como al ascenso propio, del homo escribiente -y el término será del quechua, porque del latín no es-, por intermedio de la investigación, el esfuerzo, vertidos en unas páginas hirsutas o aterciopeladas, en las que una foto nos mire de hito en hito y nos reafirme en la percepción de que ese columnista es nuestro amigo...

Si en una ocasión me pregunté dónde están los columnistas de Bohemia, a estas alturas puedo responderme que ya están. La dirección ha tomado cuenta del reclamo, así como el de los editoriales. Ahora esa misma pregunta, ¿dónde están los columnistas, los editorialistas?, se dirige hacia buena parte de las publicaciones cubanas, con la convicción de que el editorial y la columna se erigen, juntos, en uno de los más apreciados arietes con que derruir los muros de la fortaleza medieval que es el descreimiento en la opinión pública internacional. La aparición de este par contribuiría a que el ciudadano común, el hombre que algún filósofo denominó unidimensional, aquel que escucha el canto de sirenas de la mass media (Falsimedia, la han bautizado), se diga allá, donde debemos conseguir mayor crédito: "Mira para eso: hay columnas y editoriales; al menos los columnistas dirán lo que piensan, pues el editorial refleja el punto de vista de la publicación".

Y ¿dónde están los columnistas y editorialistas de este país? Están, sí que están. Sólo que esperan aldabonazos más vigorosos que estas palabras para apropiarse de las páginas de nuestras publicaciones. ¿Qué dónde están? Esperando despertar de la hibernación para sumarse al festín de un periodismo que vendrá, algún día, indefectiblemente. Al menos, ese es mi credo. Y que venga el debate.

            

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